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La partitura final del tocayo del poeta de la Feria

Por Orlando Cadavid Correa, ocadavidcorrea@gmail.com

Cincuenta y cuatro años después de la muerte trágica del poeta Guillermo González Ospina, el autor del inmortal cántico a la Feria de Manizales, ocurrida durante un fuerte sismo, el 30 de julio de 1962, en una céntrica calle de la ciudad, acaba de fallecer en Medellín su tocayo Guillermo González Arenas, el músico y compositor por antonomasia.

Guillermo Gonzalez Ospina Foto eje21.com.co

Guillermo Gonzalez Ospina
Foto eje21.com.co

Mientras al bardo de Anserma lo mató a las 3.30 de la tarde de aquel aciago día, a sus 49 años cuando acababa de salir de la Librería “Atalaya”, de don Jorge Escobar Betancur (calle 20 entre carreras 22 y 23) un enorme trozo de una pared que se desprendió de lo alto de un edificio, al trompeta manizaleño se lo llevó a los 92 años una temible enfermedad que tiene nicho propio entre los signos del zodiaco.

Así como el Altísimo le dio licencia al poeta para rimarle en hermosos versos a su Manizales del alma y en preciosos salmos a las bellas Luz Marina Zuluaga, Miss Universo-1958, y Julieta Jaramillo, reina de la Feria de 1957, el fundador y director de la famosa orquesta Italian Jazz le dedicó dos temas a su terruñito amado: “Manizales en feria”, pasodoble que llevó al disco con la voz de Omar Ramírez, (el mismo de “Carmentea”), y el pasillo fiestero “Viva la feria” que aún suena en la antañona radio caldense en los festejos de enero.

Formado en la escuela musical de su padre –el maestro don Francisco González, a quien le compuso el pasillo “Papá Pacho”— el discípulo compendió que debía buscar un porvenir más ancho y promisorio y eligió a Medellín, la meca de la radio, la discografía y los escenarios en los que mandaban las agrupaciones de Lucho Bermúdez, Edmundo Arias, los hermanos Martelo y la Orquesta Sonolux, con las que entraría en franca competición su Italian Jazz, en cuya formación titular figuraban los hermanos Lerzundi, oriundos de la llamada “Bota de Garibaldi”, y esta fue la razón de ese nombre.

Al maestro Guillermo siempre le agradó que lo confundieran con su paisano, el poeta González Ospina, pero se apresuraba a hacer la salvedad, ante los auditorios, para que quedara en claro que lo suyo no era la rima poética sino la música tropical. Claro que además de consumado ejecutante de la trompeta, también tocaba diversos instrumentos de cuerda, gracias a las enseñanzas paternas, como la guitarra, la bandola, y el tiple; fue arreglista de algunas disqueras y director artístico de Sonolux.

Buen compositor, entre sus obras se destacan “El muerto vivo” (…no estaba muerto, estaba de parranda…), que fue grabada por el cubano Rolando La Serie, y el catalán Joan Manuel Serrat, entre otros, y “Juan Onofre” (¿dónde están los pajaritos?… en aquel árbol están…), porro que según nos cuenta el investigador musical Hernán Gómez M. estuvo guardado en los anaqueles de Sonolux por espacio de 30 años, hasta cuando a alguien se le ocurrió la idea de “desempolvarlo”, y grabarlo en la voz del cordobés Noel Petro, convirtiéndose de inmediato en un rotundo éxito para la disquera y para la Italian. Un tema adicional: “Ah, como no explican”, en el que se puede apreciar a nuestro máximo humorista, también desaparecido, Guillermo Zuluaga Azuero, “Montecristo”, en diversas modalidades de su prodigiosa voz.

El sábado 16 de abril, día de su deceso, rodeaban su lecho de muerte, en su casa del Barrio Boston, de Medellín, su esposa, doña Nora Obando, y sus hijos Francisco (el pintor), Ruby, Leonardo y Sebastián, el menor de la camada. Faltó Germán. Estuvo ausente por hallarse en Canadá, donde reside. La familia estaba preparada para lo peor, dijo Pacho, el del pincel y el lienzo.

La apostilla: Una madrugada de Feria unos borrachitos muy querendones sacaron en hombros de la caseta Italian Jazz, que año tras año funcionaba en los patios del Instituto Universitario de Caldas, al maestro Guillermo, al confundirlo con su homónimo ansermeño autor del famoso pasodoble, cuyos restos ya reposaban en la tranquilidad de su sepulcro, en el Cementerio de San Esteban. Ese amanecer el músico manizaleño parecía un torero triunfador, por obra y gracia del “tocayato”.
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