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La ñapa del himno

Por Rubén Darío Barrientos G., Diario El Mundo, Medellín

Imagen ytimg.com

Sístole S.A., es una agencia de Felipe Santos, hermano del presidente de la república. Sin ningún pudor, celebró un contrato con la gubernamental oficina del Alto Comisionado para la paz por la suma de $ 968 millones, con una vigencia de 75 días (fue en 2014). A su vez, otra agencia, J. Walter Thompson y con la misma entidad, no se quedó atrás y suscribió otro contrato por la friolera de $ 1.080 millones, con una vigencia de 75 días (también en 2014). Estos angelitos, que se inventaron el objeto de “estrategias para la paz” en los antedichos contratos, son los mismos que propusieron adicionar una estrofa de la paz para el himno nacional, a guisa de ser la duodécima. ¡Cómo nos ha salido de barateli el carrusel de la paz, carajo! Pero las agencias se lavan las manos diciendo que plantean simplemente ideas para una convocatoria nacional, que puedan deparar una estrofa adicional para el himno (ñapa).

Olvidan estas dos empresas, que los himnos patrios no se pueden reformar de vacanería. El nuestro (República de Colombia), con letra de Rafael Núñez, se compuso para celebrar la independencia de Cartagena. Aunque se presentó por primera vez el 11 de noviembre de 1887, lo oficializó la Ley 33 del 18 de octubre de 1920 y su versión actual fue prohijada mediante el Decreto 1963 del 4 de julio de 1946. Algunos han querido pasar a la posteridad, con ganas de lanzarle pellizcos o de hacerle modificaciones. Por ejemplo, en 1997 un ciudadano presentó una demanda de inconstitucionalidad (?) contra diez de las once estrofas, dizque porque albergaban una apología a la violencia y a la discriminación religiosa y avivaban la lucha de clases. Como era de esperarse, se declaró la exequibilidad, poniéndole fin a esa estupidez.

En el año 2009, Pablo Emilio Ramírez, de la Academia de Historia de Norte de Santander, sugirió incluir el nombre del general Francisco de Paula Santander. Su idea fracasó. El senador Carlos Barriga, otrora de la comisión segunda del Senado, lanzó una propuesta el 30 de abril de 1991: cambiar los últimos versos de la sexta estrofa. Todo fue archivado por petición del Ministerio de la Cultura. Más recientemente –en noviembre de 2012–, el senador José Iván Clavijo radicó un proyecto de ley para corregir y modificar también la sexta estrofa del himno, pero para sus últimas tres líneas. También sucumbió la iniciativa de este legislador. De contera, no hace mucho, el himno de las Farc sonó en el acto congresional de los veinticinco años de la constitución política de 1991 (plenaria del Senado). En la pantalla, apareció el escudo de las Farc y hasta hubo videoconferencia desde La Habana. Pero el presidente del Congreso, Luis Fernando Velasco, dijo que no había sido en el evento del Congreso sino en el de una Ong, que se realizaba en uno de los salones centrales. Disculpas baratas, en medio de la tormenta de una crítica feroz.

A nivel local, Sergio Fajardo celebró los doscientos años de independencia de Antioquia, cambiando la marcialidad del himno antioqueño por vallenato y hip-hop. El Reverbero de Juan Paz expresó (10 de noviembre de 2015), que “era una versión lenta y pesada, que parecía más bien una ronda infantil”. Luis Pérez, aburrido con esa impostura, prometió retornar a la música celestial que nos legó Gonzalo Vidal. Cosquillear los himnos, cuando han sido todo un dechado de virtudes (como el colombiano y el antioqueño), son negocios pésimos para quienes se atreven a proponer cambios o adiciones. Peor, en el caso de Sístole y J. Walter Thompson, beneficiarios de mermelada que exhiben la dialéctica de “favor con favor se paga”. Es toda una falta de oficio y un despropósito, en nombre de una paz que dizque todo lo puede. ¡No me remienden el himno nacional!

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