Al instante

La justicia fructifica en paz

Por Jorge Elíecer Castellanos

Imagen wordpress.com

A las puertas de una decisión electoral histórica para el futuro de los colombianos que tendrá lugar el primer domingo del mes de octubre venidero, le hace bien a la discusión del tema, informarnos sobre los asuntos propios de la justicia y de la paz, en la mayor consideración de los principios judeocristianos que han informado el desarrollo sociopolítico y económico de Asia Menor, todo el continente europeo y el hemisferio occidental.

En primer término, huelga dejar claro que la consecuencia de la justicia es la paz y que la justicia precede necesariamente a la paz, como valores universales trascendentes para la sociedad.

Imagen dw.com

Imagen dw.com

Debe ponerse en práctica la construcción de la paz con verdadera, pronta y cumplida justicia. Sin este propósito concreto, materializado, hecho realidad, es imposible consolidar el esquivo bien de la paz.

Ahora bien, se hace indispensable que la justicia en su plenitud interactúe válidamente y se reconozca íntimamente con la paz, porque a partir de este contacto las cosas van cambiando, la maldad va cediendo y la paz comienza a dar los toques necesarios para gestar su reinado.

Acudimos a la ciencia jurídica de las milenarias sagradas escrituras para clarificar los valores que representan y distinguen tanto a la justicia como bien primario y a la paz como consecuencia de la justicia.

Conviene resaltar que en el idioma hebreo el vocablo que denota paz es shalom y en el griego es eirene. En sendas lenguas, sin duda, la paz es tener bienestar en toda su plenitud y ejercicio.

Justamente, el saludo de los israelitas es un deseo de bienestar pleno por el prójimo: “la paz sea contigo” o “paz a esta casa”. Enfaticemos que el bien de la paz consiste en procurar el bienestar para los demás, su salud, su liberación de todo tipo de opresión y de injusticias, preliminarmente así considerado.

Se estima universalmente que las fraternales relaciones caracterizadas por altos insumos de concordia son bienvenidas relaciones de paz, que igualmente se expresan por el respeto por la vida de los demás y, además, en lo posible, por la asistencia en sus necesidades.

Remotamente, inclusive en las ejemplarizantes historias de los textos sagrados, las relaciones de paz eran llevadas a la suscripción de un pacto, el cual, por su naturaleza, condición y prestancia, tenía la marca de la inviolabilidad.

Así las cosas, quien quebrantara el pacto con un acto de injusticia era castigado hasta con su muerte.

Se deja en claro que el mismo pueblo de Israel fue sometido a castigo y al yugo extranjero por haber violado el Pacto que hizo con Dios. Esta violación efectivamente consistió en oprimir, matar y enajenar el derecho de los pobres y desvalidos, privándoles de la paz que el Altísimo les había prometido.

En muchos pasajes se da cuenta que los profetas y enviados del Omnipotente van en contra del pueblo de Israel y también de Judá demandando la práctica de la justicia, el derecho y la paz.

Es saludable distinguir que el hecho de que no exista guerra no es garantía que de que exista paz pues precisamente es el bienestar integral que debe obtener el ser humano todo aquello que en su conjunto proviene a ser garantía de paz.
Desde luego que este bienestar se manifiesta, entre otros interesantes aspectos, en la práctica de la justicia, en el derecho a la tierra, a la vivienda, al trabajo, a los alimentos, a la salud, a la seguridad personal y de la comunidad. Sólo así podremos decir que hay paz (Is. 32:17; Lev. 26:3-13).

En los cánones de los 66 libros del libro por excelencia, claramente se liga a la justicia con la paz, de manera íntima. La relación entre ambos bienes se rige por la ley de causa y efecto.

Para lograr la paz es necesario practicar la justicia, sin la cual no se podría lograr la primera. Por otro lado, hay una advertencia: quien obra el mal no tendrá paz.
El profeta Isaías (48:22) afirmó que: “No hay paz para los malvados”.

Los malvados pueden ser aquellos que cometen injusticias contra los desvalidos y los pobres, y que constantemente están maquinando cómo robar la herencia al huérfano y a la viuda y como hurtar hasta los menesterosos.

Respaldo a la gestión presidencial por lograr el acuerdo de paz para Colombia. Foto pbs.twimg.com

Respaldo a la gestión presidencial por lograr el acuerdo de paz para Colombia.
Foto pbs.twimg.com

Partimos de nuestra obligación de obrar bien y hacer justicia. Precisemos algunos pronunciamientos de la legislación judaica en torno a ambas temáticas.

El apóstol Pablo nos exhorta a practicar la paz: “si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres” (Ro. 12:18).

Es claro que la felicidad de ser llamado hijo de Dios sólo la tendrán aquellos que trabajen por la paz (Mt. 5:9). Dios en Jesús (Jn. 14:27) nos ha entregado la paz para que la hagamos realidad en este mundo, para que trabajemos por ella, para luchar por su logro. El mismo Jesús, mientras duró su ministerio en este mundo, luchó por la realización de la paz para todos los necesitados.

Expresión campesina Foto todanoticia.com

Expresión campesina
Foto todanoticia.com

Las ilustraciones de los marcos sagrados en estudio también aluden a una falsa paz, pues puede confundirse el sentido y contenido de la paz. La advertencia consiste en que no vaya a ser que se crea que hay paz donde realmente no la hay.

Indiscutiblemente, que puede hablarse de paz, ocultando una situación de injusticia o encubriendo finalidades personalistas que no tienen nada que ver con el amor al prójimo. La ejemplificación escritural refiere que Joram, rey de Israel, cree tener paz y la exige (2 R. 9:22-26). De otra parte, los falsos profetas junto con algunos sacerdotes, sostenían la existencia de la paz, ocultando una situación de opresión. Estos falsos profetas pretendían hablar en nombre de Dios. Siempre auguraban victoria, bienestar y paz para la realeza y para todos aquellos que vivían cometiendo injusticias (Jer. 23:16-17; 4:10; 6:14; 14:23; 23:17; 28:8-9; Mi. 3:5).

El Nuevo Testamento correlativamente esboza la temática de la falsa paz. Por cierto, los contemporáneos de Jesús de Nazaret estaban esperando al Mesías pacificador de quien habló el profeta Isaías (Is. 6:16-17), particularmente la pundonorosa clase dirigente de los judíos (sacerdotes, doctores de la ley, fariseos, escribas, etc.), quienes confiaban en que el Mesías estaría de parte de ellos y les daría la paz. Paz, que para tales, consistiría en recuperar el poder sobre el reino de Judá, liberándose así del Imperio Romano. Pero, al igual que los falsos profetas y sacerdotes, estos dirigentes encubrían sus injusticias manteniendo al pueblo en opresión (Lc. 11:37-42). Obligaban injustamente al pueblo al pago de impuestos, a cumplir leyes que ni siquiera ellos mismos cumplían (Mt. 23:4,15), a negar ayuda (Mr. 7:11-13), inclusive hasta prohibir hacer el bien, como en diferentes ocasiones le reclamaron al mismo Maestro Jesús (Mt. 12:9-14).

Imagen jovenesindigenas.org

Imagen jovenesindigenas.org

Esta paz es falsa porque su fruto no es la justicia verdadera, en su real dimensión (Mt. 23:23; Mt. 5:20). Precisamente es a estos falsificadores de la paz a quienes Jesús les dice: “¿Pensáis que he venido para dar paz a la tierra? Os digo: No, sino disensión” (Lc. 12:51).

Asimismo, Jesús cuando se está despidiendo de sus discípulos, les advierte a no seguir la falsa paz (Jn. 14:27). ¿Cuál paz deja Jesús? La misma anunciada en el Antiguo Testamento por los profetas. Es la paz fruto de la justicia, es la realización del bienestar y felicidad del pobre, es la satisfacción del justo, es la paz del Reino de los Cielos. Jesús nos dejó una paz real, empezó a hacerla realidad trayendo salud, libertad y justicia a los pobres, a los cautivos, a los oprimidos (Lc. 4:16:21).

Teniendo claridad sobre el efecto de la justicia que deriva en paz, en paz podremos acudir a las urnas para definir el devenir colombiano a partir del 2 de octubre próximo.

Email this to someoneTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInShare on FacebookPrint this page