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La inhumanidad colombiana

Por Carlos Piñeros

Imagen okfrases.com

Como el hombre, el perro y el pájaro, la sociedad también sufre enfermedades, y se las debe de examinar, diagnosticar y tratar, si se las quiere sanar.

“El paseo de la muerte”, como la sabiduría popular llama a la madre que va de hospital en hospital con su hija enferma en brazos sin que nadie se la atienda hasta que muere, no se repite porque los médicos hayan pactado incumplir el juramento Hipocrático, sino porque el empresario “prestador del servicio” prioriza sus ingresos más que la salud, así la ley le diga que no actúe de ese modo.

La indiferencia frente a la actividad política tampoco surge por floración espontánea. Desviar la mirada y acelerar el paso cuando tropezados con el sorpresivo atraco al vecino no nace de nuestra naturaleza, lo hacemos por contagio irreflexivo de escenas precedentes, por deformación educativa, por hábito de dudosa supervivencia. Nada tendría de raro que así como hoy vinieron por el vecino y no hice nada por defenderlo, mañana vengan por mí y todos miren al techo.

Nadie va a denunciar qué –como lo ordena la ley—si en gratificación lo van a embrollar. De qué sirve que la Constitución establezca que la paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento, si la gente ni siquiera sale a votar cuando, en histórica excepción, se la convoca para superar un conflicto armado de 54 años. Está habituada a que los ríos de tinta van por un cauce y “la vida”, por otro. Una dicotomía difícil de entender, novelesca, pero real.

Es normal que el hijo del pueblo que por primera vez visita un país desarrollado, y se maravilla con la modernidad y comodidad de su transporte, con el orden arquitectónico de sus calles, parques y edificaciones y con sus símbolos históricos y religiosos y sus esculturas públicas y sus fuentes luminosas, es normal, digo, que ese hijo del pueblo piense inmediatamente con el deseo: ¿cuándo podrá gozar mi nación de tanto portento, cuándo le llegará esto, cuándo tendrá conciencia de que la belleza, como la felicidad, son objetivos de todos y, como bienes comunes, todos debiéramos buscarlos o construirlos?

No pasa mucho tiempo para que ese ocasional visitante se sienta asaltado por otra pregunta: si muchos de los hijos de los dirigentes de su pueblo por generaciones han nacido y se han educado en esos países desarrollados, ¿por qué no han hecho algo para llevar esas maravillas a la tierra de sus ancestros, de sus familias?

El mal ejemplo pulula. La sanación requiere ir al origen de la enfermedad. Al niño sedentario no se lo educa para que participe en la toma de decisiones políticas que han de afectar a la comunidad. Crece en medio de un mundo de gente sola, en el que el individuo debe abrirse paso a codazos, con suerte auxiliado por una mano familiar o caritativa. Cuando se acerca a la política encuentra un nido de víboras, nada que ver con el bien común.

No lo sabe, pero su comportamiento es heredado: los españoles no vinieron a descubrirnos, a valorar nuestra cultura, a cultivarla y darla a conocer a la humanidad: ¡no la descubrieron, la aniquilaron!

Tampoco vinieron a colonizar: no trasplantaron aquí valores de su cultura, sistemas de producción, comercialización y administración, excepto el idioma y la religión (para someter), unos animales y semillas y unas construcciones para protegerse del clima.

¿Cómo se explica que mientras proclamaban el amor a Dios saquearan las riquezas, se apropiaran de las tierras, violaran a las indias y esclavizaran a los indígenas y a los negros? Una ética de dos o tres misioneros abusada por la escoria social de 50, 100 o 200 aventureros en cada misión.

Eran incapaces para el trabajo. Se enriquecían con los bienes y el sudor ajenos, bajo el poder atropellador, sangriento y mortal de sus caballos, la espalada, la pólvora y los perros mata-indígenas y negros. De ahí viene  enriquecerse con el menor esfuerzo, la explotación y la extorsión. Traían bisutería, abalorios de poca monta para canjearlos por oro. Su ambición real era el oro,  a cualquier costo.

Por quejas de uno que otro clérigo, la metrópoli ordenaba respetar al nativo, pero el ejecutor burlaba la orden. –de ahí, el persistente esguince a la ley. Y la conquista… ¿a sangre y fuego?

Tampoco la independencia fue tal, a pesar de que hubo unos patriotas que se sacrificaron por ella. Al final de cuentas los hijos y nietos y bisnietos de los españoles impusieron las mañas heredadas por sangre e impostura.

Aún hoy el finquero corre la cerca para quitarle terreno al vecino, o lo fuerza bajo amenaza a venderle, o en últimas lo desplaza o lo manda matar. Si puede vender gato por liebre, no pierde oportunidad de hacerlo. Le ofrece y le “garantiza por ley” respetar sus derechos y en la práctica los ignora.

¿Qué va a salir el pueblo a votar si sabe que es un engaño? Quién se a meter a defender qué si lo desaparecen. ¿Cómo no se va a “educar” el niño rico en el exterior para venir a explotar al lugareño si eso lo lleva en sus genes? (O la familia se lo inculca ¡para que no sea pendejo!).

Estamos obligados a aprender a desaprender para recapitular la historia, porque, profundizándola, constatamos que nuestros conquistadores y fundadores no eran las grandes personas que pretendieron vendernos en los estudios primarios. Y necesitamos conocer nuestro origen, para saber por qué somos lo que somos, y qué debemos cambiar.

Barajar y dar de nuevo implicará precavernos frente a las trampas y las segundas intenciones, rescatar la buena fe como valor insustituible de convivencia: retomar la senda pacífica, laboriosa y solidaria de nuestros aborígenes de climas sanos, recuperar lo poco recuperable de las misiones españolas, volver a la educación como base del progreso colectivo y trazar meta comunes, por el bien común.

Educación para ser persona libre y autónoma. Que no se vea limitada a ser una ficha, un número más, para el trabajo. Que sepa que su misión es ser y hacer lo mejor de su vida. Que debe contribuir a construir esa sociedad para que ella respete y haga respetar esos derechos.

Esa es la paz verdadera: el desarrollo y el bienestar generales. Su construcción puede tomarse siglos. Con la tecnología puede acelerarse., Pero será imposible si no cambiamos el pensamiento, si no alejamos la codicia (foco de corrupción) y apreciados la solidaridad.

Todos necesitamos poder para ser cabalmente humanos. De ese poder se ha apropiado la educación restringida, la moderna esclavitud del trabajo, el ocio de los vicios, las ambiciones tramposas, con el daño colateral de la dispersión, el estrés, la depresión.

El excepcional esfuerzo el presidente Santos por acabar el conflicto armado es, quizás, el paso inicial para retomar el olvidado camino histórico y sanador de identificar metas comunes que por fin nos unan en el empeño de aprovechar nuestros valores autóctonos para construir la sociedad digna que merecemos ser.

¿Por qué la mano de obra colombiana es bien valorada en el extranjero mientras aquí la despreciamos como pasto silvestre? El pueblo pujante debe limpiar los lastes de su historia para no ser eternamente interior a sus miopes dirigentes.

Que la delincuencia se acaba con más policías y más cárceles, ¡paja! Y menos si los policías y los guardianes son mal pagos. La mayor seguridad de la sociedad depende de que la gran mayoría de la población esté ocupada: estudiando, trabajando, investigando, creando. Para eso existe la política y la planeación, para programar y formar los técnicos y profesionales que en cantidad y calidad demandan los mercados interno y externo vistos como salidas al progreso. Eso está inventado, pero no se aplica porque, en ausencia de presiones patrióticas por indiferencia e ignorancia del pueblo, lastres que usan los dirigentes para gobernar para ellos –con la guía cínica de Maquiavelo–, nadie les pide cuentas. Y. para colmo, ¡los reeligen!

En el fondo del alma colombiana subyace un rescoldo de solidaridad que aflora en las emergencias –Armero, Mocoa– para aliviar las tragedias naturales. Entonces todos retoman una paz hermanada.

Sanar las heridas de la historia y compartir la civilización sin egoísmo pasa por recuperar ese rescoldo que ilumine el discurrir permanente de la vida, en vez de aparecer como ocasional auxilio en la tragedia contingente. Y eso exige la permanencia del hombre consciente, no como golondrina sino como espíritu colectivo.-

 

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