Si, por el contrario, se refiere a esta palabra como algo positivo, como un punto de partida, o como el fin de algo que debía terminar, uno coincide con esos especialistas en el sentido de las palabras, que son los diccionarios. Allí encontré: “crisis: momento en el que se produce un cambio muy marcado”.

La definición, sin embargo, no despeja todas las dudas: el cambio puede ser bueno o malo; hay quienes se alarman ante la posibilidad de un cambio porque en su sentir “como vamos, vamos bien”. ¿Para qué cambiar? Crisis, para estos, es una situación indeseable porque cambiar es arrojarse en brazos de lo incierto.

No coinciden con ese pensamiento los que ven en el cambio una necesidad del ser humano, que siente que toda realidad debe ser cambiada porque siempre puede ser mejorada.

Esto explica que todas las realidades vivan en crisis, incluidas profesiones como la del periodismo, que todos los días está cambiando o necesita cambiar, por tanto debe mantenerse en crisis. Para esta profesión es una peor situación la de no crisis, es decir, la del periodismo satisfecho, que cree estarlo haciendo bien y de modo inmejorable.

No, los periodistas no lo estamos haciendo bien, y sea bienvenido ese momento en que debe producirse un cambio muy marcado, o sea la crisis.

No lo estamos haciendo bien en materia de independencia o, más claro, de no dependencia.

Dependemos de la pauta, del patrocinio, de los favores de algún poderoso. Y cuando hablamos de libertad de prensa, no entendemos “ruptura de dependencias”, sino que nos dejen informar y decir lo que nos dé la gana; que es otra dependencia, la del capricho personal, del estado de ánimo del momento y, en definitiva, de nuestro ego, que entre periodistas es un ego grande.

¿Qué pasaría si un día la prensa decidiera romper la dependencia de la publicidad, o de los patrocinios y decidiera vivir del único dinero limpio que es el de los suscriptores?

Cuando uno les pregunta a los que están intentando esta revolución de la estructura financiera de los medios, la respuesta es contundente: por primera vez se están sintiendo libres; la crisis, ese momento de cambio muy marcado, les ha llegado de la mano de la ruptura de una dependencia y se les ha convertido en oportunidad.

Pero los cambios no vienen solos, llegan en cascada. Si usted decide que su medio debe vivir de las suscripciones o de servicios adicionales de comunicación, le revienta en las manos otra crisis: la de los contenidos de su información, que deben ser mejorados. Los suscriptores no renovarán sus suscripciones por altruismo, exigen algo a cambio: una información de tal calidad que no se la quieran perder ningún día.

La crisis entonces se convierte en un reto de calidad, y esto vuelve nuestra atención hacia un tema exigente: ¿Cómo mejorar la calidad de lo que estamos ofreciendo a los lectores?

La pregunta incluye una afirmación molesta: nuestro periodismo no tiene la calidad suficiente para renovar suscripciones.

El día en que aceptemos que nuestras informaciones deben ser mejores y nos apliquemos al estudio de cómo elevar su calidad, habrá reventado otra flor de la crisis.

No sigo con el ramillete porque a mí se me agotó el espacio y a ustedes la paciencia. Por eso concluyo que crisis no es una mala palabra. Que aceptarla es lo mismo que ver en el cambio una necesidad permanente y que vivir en crisis es lo mejor que le puede pasar a nuestra profesión.