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La Contraloría y el general Pedro Nel Ospina

Por Oscar Alarcón Nuñez

El presidente Pedro Nel Ospina. Foto calendariocolombia.com

 

Imagen Contraloría General de la República

La Contraloría General de la República nació cuando llegó a Colombia una gran cantidad de dinero. Era el gobierno de Pedro Nel Ospina que contó con la fortuna de recibir los 25 millones de dólares de la indemnización norteamericana por la separación de Panamá; el aumento y buen precio del café en los mercados internacionales, así como un empréstito por cinco millones de dólares que el nuevo gobierno consiguió con un banco estadounidense.

Ospina era de noble cuna. Nacido en el propio Palacio Presidencial (Palacio de San Carlos, entonces) cuando su padre, Mariano Ospina Rodríguez, fundador del Partido Conservador, ejercía la Presidencia durante la vigencia de la Constitución de la Confederación Granadina. A su padre le tocó sufrir la derrota en la guerra de 1860 a manos del general Tomas Cipriano de Mosquera, e irse con su familia al destierro a Jamaica, Puerto Rico y Guatemala.

Ospina Rodríguez fue un político controvertido. Conspirador contra el Libertador en la noche septembrina. Participó en la elección de José Hilario López el 7 de marzo de 1849 cuando en el Convento de Santo Domingo se enfrentaban quienes ya se llamaban liberales y quienes fundarían con Ospina Rodríguez el Partido Conservador. Estos apoyaban a Rufino José Cuervo pero en la tercera votación, antes de emitir su voto, Ospina Rodríguez frente a la urna declaró:

“Voto por José Hilario López, para que no asesinen al Congreso”.

A López lo apoyaban los liberales y los artesanos. Días después, el 23 de agosto, Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro redactaron el programa de lo que se llamaría el Partido Conservador.

Pero Ospina Rodríguez, repito, era un hombre controvertido. A pesar de que su partido era amigo del estado centralista, patrocinó la creación de la Confederación Granadina (Constitución de 1858), vanagloriándose de que era “católico, apostólico, romano… y federalista”. No contento con eso acompañó al procurador de la época, Florentino González, en una iniciativa de reforma constitucional, calcada de la Constitución federal norteamericana, en donde proponía que “en caso de que no se adoptara el proyecto en referencia, se decretase la anexión del territorio granadino a los Estados Unidos de América” [1]

A Ospina Rodríguez, siendo presidente, le correspondió la guerra de 1860 cuando fue derrotado por el general Tomás Cipriano de Mosquera y desapareció la Confederación Granadina, en la que ha sido la única revolución que ha triunfado en nuestro país; luego de la cual se aprobó en Rionegro la nueva Constitución que llamó a nuestra nación Estados Unidos de Colombia. Ésta era federal, y desapareció con la batalla de la Humareda, después de la cual el presidente Rafael Núñez, desde los balcones de Palacio declaró: “La Constitución de 1863 ha dejado de existir”.

Mariano Ospina Rodríguez fue condenado a muerte pero Mosquera le perdonó la vida y se vio obligado a irse al exilio con su familia y su hermano Pastor.

EL GENERAL OSPINA

Pedro Nel Ospina Vásquez, el general.
Foto Cámara de Comercio de Medellín

Pedro Nel Ospina, uno de los hijos de Ospina Rodríguez, estuvo en el exilio con su padre en Centroamérica. Luego de estudiar en el exterior regresó al país y participó en la guerra de los Mil Días y después fue ministro del vicepresidente José Manuel Marroquín quien, ante rumores de que participaba en un golpe de estado contra su gobierno, lo destituyó y le tocó tomar el camino del exilio, como hizo su padre, en esta ocasión a México y Estados Unidos. A su regreso, cuando en noviembre de 1903 llegaron a Bogotá los primeros rumores de la separación de Panamá, y a pesar de que sus relaciones con el vicepresidente Marroquín estaban rotas desde cuando fue destituido, creyó deber suyo ofrecer sus servicios al jefe del Ejecutivo. En las horas de la tarde del 5 de noviembre acudió al palacio de San Carlos. Primero le llamó su atención la soledad de la casa. Avanzó por los salones desiertos. En una habitación retirada se hallaba el señor Marroquín entregado a la lectura. Cuando el mandatario notó que alguien llegaba, se dirigió a su encuentro, con el índice de la mano izquierda entre las páginas del libro para marcar el sitio donde llevaba la lectura, y sombreando con la diestra los cristales de los anteojos. Al reconocerlo, exclamó:

–Oh, Pedro Nel, no hay mal que por bien no venga. Se nos ha separado Panamá, pero tengo el gusto de volverlo a ver en casa.

El general Ospina sintió curiosidad por saber qué libro embargaba la atención del presidente de Colombia en aquella hora de angustia mortal. Era una novela de Bourget.[2]

ELECCION DE OSPINA

En 1921 el gobierno del presidente Marco Fidel Suárez defendía en el Congreso el tratado Urrutia-Thomson, cuyo primer artículo establecía una reparación moral del gobierno y del pueblo norteamericano a Colombia por la pérdida de Panamá. La propuesta encontró en la Cámara el rechazo no solo por lo que se disponía allí contra la soberanía nacional sino por actuaciones particulares del presidente Suárez quien había vendido anticipadamente su sueldo a un banco norteamericano, acto que era contrario a la dignidad de la República, según afirmación de sus críticos.

La negociación se había hecho con un banco, cuyo gerente, Frank O. Koppel, había acudido al gerente de la United Fruit, para que la compañía bananera adelantara el préstamo solicitado por el presidente. Ni siquiera el mismo Suárez sabía que los dineros que recibió provenían de un depósito de la empresa extranjera.

Dirigía la artillería parlamentaria contra Suárez un joven político, Laureano Gómez, quien con ese debate inició su carrera pública. Luego de las acusaciones, en un hecho insólito, el jefe del Estado se presentó al recinto con la banda presidencial al pecho, acompañado de todos sus ministros vestidos de etiqueta, y con voz tenue, casi imperceptible, confesó que lo que se había dicho era cierto pero que según su criterio moral no había cometido ninguna falta porque los préstamos pedidos a individuos o compañías que tenían negocios con el Estado, o aspiraban a tenerlos, habían sido garantizados con propiedades particulares suyas que de sobra alcanzaban para reembolsar los dineros recibidos. Garantizó que eso era así y que lo juraba ante Dios.

Consecuencia de lo anterior Suárez pidió licencia, no renunció, y asumió el designado Jorge Holguín. A pesar del cambio en la dirección del Estado, el debate sobre el tratado Urrutia-Thomson siguió con la férrea oposición de Laureano Gómez y del ex presidente José Vicente Concha, quien con ese propósito regresó al país desde su embajada en el Vaticano. Pero tan de malas, por una afección bronquial no pudo concurrir al Capitolio y gracias a esa ausencia se aprobó el tan aplazado tratado.

Según el presidente López Michelsen, Suárez era “un hombre del medioevo, de un beato que sinceramente estaba convencido que dándole cuenta al cielo de sus intenciones quedaba garantizada la pureza de sus propósitos”.

Y agregaba López: “La nieta de don Marco Fidel, Teresa Morales de Gómez, me comentaba alguna vez que había que entender que su abuelo era un hombre místico, más cercano a la mentalidad del siglo XV que a la del siglo XX, ajeno a las cuestiones de la vida práctica y que creía que a quien debía darle cuenta de sus intenciones era a Dios. Y por eso dijo en el Congreso: ´Juro ante Dios´”[3]

Para las elecciones de 1922, el designado Holguín impulsaba la candidatura del general Pedro Nel Ospina mientras que el presidente titular, Suárez, trató infructuosamente de combatirla. El Liberalismo, que estaba huérfano de poder, se atrevió a lanzar al general Benjamín Herrera, a pesar de que sabía que el gobierno acudiría a cualquier argucia para sacar adelante al general Ospina.

Benjamín Herrera.
Imagen wikipedia.org

“Verificadas las votaciones –cuenta Pedro Juan Navarro–, el general Benjamín Herrera obtuvo cien mil votos más, no obstante todos los fraudes del adversario. El terror del conservatismo fue tan grande que lo obligó a quitarse la careta, atropellándolo todo. Se cerró el telégrafo por tres días; y bajo la dirección personal de los respectivos jefes, se falsificaron los registros electorales, aumentando fraudulentamente en más de ciento cincuenta mil los que favorecían al general Ospina. El doctor Alfonso Villegas Restrepo, quien con valor temerario había forzado la consigna y se había entrado a las oficinas del telégrafo, sorprendió a los lideres conservadores en la maniobra y la denunció al país en su periódico La República. Consumado el delito, se reanudó el servicio telegráfico y se avisó altaneramente la nación el triunfo de Ospina y la decisión del gobierno de respaldarlo por la fuerza”. [4]

Según el presidente López Michelsen fue un “fraude monstruoso” lo que se cometió contra el Liberalismo y su candidato Benjamín Herrera, lo cual mantenía al partido desmoralizado y contrito. [5]

Los resultados oficiales fueron 413.699 del general Ospina contra 256.231 del liberal Benjamín Herrera. Era el segundo mandatario de una familia que ha logrado elegir a tres presidentes, siendo el último de ellos su primo Mariano Ospina Pérez quien lo fue en los controvertidos años de 1946 a 1950.

El gobierno del general Pedro Nel Ospina dio para dos juicios extremos. De una parte, don Marco Fidel Suárez, que era un hombre prudente, delicado, lo calificó como el régimen de la farándula y de la vil trapacería (engaño), pero, muchos historiadores, muchos políticos y muchos colombianos que conocen la historia del país, lo calificaron como un gobierno progresista, no solo desde el punto de vista del desarrollo físico del país sino desde el punto de vista del desarrollo de la administración, de la comprensión de la administración pública, de su extensión, de los servicios que se le prestaban al ciudadano. [6]

En esos años, el país era distinto a como lo es hoy. Así lo describía Eduardo Zuleta Ángel en un libro biográfico sobre Alfonso López Pumarejo:

“La tranquilidad y la calma eran completas. En Colombia no podía pasar nada. El gobierno no necesitaba de servicio de inteligencia y los presidentes salían a la calle solos, a pie, sin guardaespaldas. A las cinco de la tarde terminaban su tarea, sin dejar sobre su escritorio asuntos pendientes.

“El doctor José Vicente Concha dejaba su despacho a esa hora. De levita y chistera se dirigía a tomar té a casa de su señora suegra.

“A don Marco Fidel Suárez me lo encontraba yo todas las mañanas cuando salía por la carrera séptima hacia el Colegio del Rosario a seguir el curso de derecho público que dictaba a las siete a.m. el doctor Abadía. El regresaba solo a Palacio después de oír misa y comulgar en la iglesia de San Ignacio.

“Con el general Ospina viajé varias veces a caballo por la sabana de Bogotá, sin escolta, sin una pistola, sin guardia, sin más protección que la del respeto que el presidente de la República infundía.

“Al ascender a la Presidencia, el doctor Abadía siguió dictando su clase de derecho constitucional.

“La Presidencia de la República era un destino público que requería abnegación y sacrificio, completamente extraño a todo ambiente de fanfarria”. [7]

El general Pedro Nel Ospina fue el primer presidente en hacer giras por el país y también el primero en utilizar el avión. Tuvo la suerte de encontrar una tesorería llena de dinero que le permitió poner en ejecución una serie de obras públicas que estuvieran dirigidas por el ministro del ramo, Laureano Gómez, el controvertido político conservador que tumbó al presidente Suárez y quien mucho daría de qué hablar en los años siguientes.

Paradojas de la política. Gracias a la robustecida tesorería de la nación, Laureano Gómez, quien combatió en la Cámara el tratado con los EE.UU., se benefició de la indemnización norteamericana y pudo hacer obras como ministro del ramo en el gobierno de Pedro Nel Ospina. Él mismo las detalla: se construyó una longitud férrea igual a la ejecutada en los cincuenta años anteriores, es decir, más de quinientos kilómetros; se emprendieron y organizaron obras de grande aliento, como la apertura de las Bocas de Ceniza y la canalización del rio Magdalena; se abrió a la circulación la carretera de Cambao; se impulsó considerablemente la central del norte; en Nariño, en la Costa Atlántica, en Antioquia, en el Tolima y en el Cauca se adelantaron las carreteras que permitieron el notable aumento del tráfico inmobiliario; se terminó en Bogotá el capitolio nacional, el palacio de Justicia, el laboratorio de higiene; se construyeron las grandes estaciones del ferrocarril del sur, en Chiquinquirá, el salto de Tequendama y el hotel estación de Buenaventura; se iniciaron y construyeron en gran parte los palacios nacionales de Medellín, Manizales y Cali. [8]

Se mostró así Laureano Gómez como gran ejecutor y comenzó a construir su camino hacia la Presidencia de la República. Por su parte, José Vicente Concha, quien regresó al país para combatir el tratado Urrutia-Thomson y buscar infructuosamente la reelección presidencial, le tocó conformarse con aceptar la propuesta del designado Jorge Holguín de volver a la Embajada en el Vaticano. La gripa que lo afectó para impedir el hundimiento del tratado le permitió regresar a su querida ciudad eterna. En esa sede diplomática murió y tuvo la misma suerte del expresidente Enrique Olaya Herrera, fallecido también en olor de santidad. Fue padre del cardenal Luis Concha Córdoba.

Era mucha plata los veinticinco millones de dólares que recibió la nación por la indemnización por la separación de Panamá. Equivalía en su época a diez veces más que todas las reservas bancarias colombianas en aquel momento.

A lo anterior se sumó el incremento de un 300 por ciento en las exportaciones de café entre 1913 y 1929 y en ese mismo lapso los precios del producto aumentaron en un cincuenta por ciento.

CREACIÓN DE LA CONTRALORIA

Alfonso Lopez Pumarejo, Enrique Olaya Herera y Benjamín Herrera.
Foto Twiter

Tan pronto asumió Ospina la Presidencia y contando con la colaboración de nuestro embajador en Washington, Enrique Olaya Herrera, contrataron los servicios del economista de la Universidad de Princenton, Edwin Walter Kemmerer, quien junto con una comisión que él presidía asesoró al gobierno para la creación del Banco Central. Coincidió la llegada de la Comisión con la quiebra, decretada por el Gobierno, del banco más grande del país, el Banco López, cuyo dueño principal era Pedro A. López, uno de los hombres más ricos de entonces, padre de López Pumarejo y abuelo de López Michelsen. El Ejecutivo se vio obligado a prolongar durante tres días la fiesta nacional de la independencia, hasta el 23 de julio, para implementar las nuevas políticas económicas.

Edwin Walter Kemmerer
Foto wikipedia.org

Varias fueron las leyes que se aprobaron en 1923 por recomendación de la Misión Kemmerer, una de ellas la que permitió la creación de la Contraloría General la República, así como otras que en su momento introdujeron nuevas y sanas prácticas bancarias y comerciales, organizaron la función del crédito delimitando la órbita de sus actividades, encausándola por rumbos benéficos para los asociados y bajo la vigilancia del Estado, ejercida por la Superintendencia Bancaria, así como la creación del Banco de la República. La ley de la Contraloría sustituyó la llamada Corte de Cuentas, un organismo menor que no llevaba libros de contabilidad ni producía balances. El organismo estaba integrado por diez magistrados, elegidos para un período de cuatro años por el Senado y la Cámara.

Cuenta Pedro Juan Navarro, parlamentario de la época, que las leyes recomendadas por la Misión fueron expedidas sin discusión por exigencia del general Ospina, “de ahí que consagraran errores de tanta magnitud”.

“El Banco de la República –precisa—fue fundado en los momentos de pánico producido por la suspensión de pagos del Banco López, se consumó la insalvable equivocación de haberle dado mayoría en la junta directiva de la institución, que tiene el privilegio de emitir billetes, a los intereses particulares, que solo contribuyeron con medio millón de pesos al capital inicial, contra cinco millones que aportó la nación” [9]

El presidente Ospina, cuando se tramitaba esa ley, pretendía que el contralor no necesariamente fuera colombiano porque su interés era que quien ejerciera el cargo fuera Thomas Russell Lill, quien había hecho parte de la Misión, pero la bancada liberal de oposición se resistió a que así quedara en la ley y por consiguiente esa responsabilidad se reservara a los nacionales.

A pesar de que hubo recomendaciones en materia tributaria, el Congreso no las adoptó sino en 1935, durante el gobierno de López Pumarejo. Así lo reconoce Enrique Caballero Escobar quien sostiene que en esa administración se aprobó una reforma tributaria en donde el fisco descansaba primordialmente sobre impuestos directos, poniendo a funcionar el impuesto progresivo sobre la renta y el complementario sobre el patrimonio.

Caballero Escobar, quien fue crítico acérrimo del segundo gobierno de López Pumarejo, le hace sin embargo ese reconocimiento señalando que asistió a la gestación de esa reforma tributaria en la que colaboró Jorge Soto del Corral.[10]

Contra el gobierno del general Ospina se fraguaron dos conspiraciones: la llamada de la Regadera, por el sitio en que se verificó la reunión de los posibles revolucionarios y que no fue sino un delirio alcohólico de alguno de los oficiales, ninguno de los cuales llegaba a capitán, y el otro en el que participó el segundo designado presidencial, Miguel Arroyo Díez.

Este se planeó aprovechando un viaje a Medellín del presidente Ospina en noviembre de 1925, para asistir al festejo de los doscientos cincuenta años de la fundación de la ciudad. El plan consistía en que el primer mandatario sería secuestrado por la guardia entre Girardot y Bogotá, durante su regreso; el primer designado José Joaquín Casas sería apresado en la capital, mientras que el segundo designado, Miguel Arroyo Díez, se posesionaría de la Presidencia, lanzando un manifiesto al país con diversas promesas y ofreciendo entre ellas algunas prerrogativas para el liberalismo. La conspiración abortó porque el presidente, enterado de la situación, regresó precipitadamente a Bogotá y se presentó de improviso a Palacio. [11]

Luego no la tuvo fácil el general Ospina en los años de su gobierno.

CONSTITUCIÓN DEL 91

 

La Asamblea Constituyente, aprueba la Constitución de 1991, promulgada oficialmente el 4 de julio de ese año.
Imagen Señal Memoria

Para concluir la historia de la Contraloría General de la República que estuvo tan ligada a los hechos políticos de la época, bueno es anotar que la Constitución de 1991 se ocupó del control fiscal y de la función pública que ejerce la entidad en el artículo 267. Sin embargo en la primera versión de la Carta publicada en la Gaceta Constitucional 114 del 7 de julio de 1991 aparecen solo los cuatro primeros incisos, “comiéndose” los cinco subsiguientes que se referían a la elección del contralor. Igual sucedió con el artículo siguiente, el 268, que enumera las 13 funciones del contralor, “comiéndose” el inciso final: “Presentar a la Cámara de Representantes la cuenta general del Presupuesto y del Tesoro y certificar el balance de la Hacienda presentado al Congreso por el contador general”.

Como consecuencia de estas y de otras omisiones que se detectaron en la primera publicación, el secretario general de la Constituyente, Jacobo Pérez Escobar, ordenó una segunda en la Gaceta Constitucional número 116 del 20 de julio de 1991, en donde aparecieron las disposiciones que se habían “comido”.[12]

Bibliografía:

[1] De la Vega, José. La federación en Colombia. Biblioteca de Autores Colombinos. Editorial ABC. Bogotá. 1952. p.170

[2] Gómez, Laureano. El carácter del general Ospina. Ediciones Colombia. Bogotá, 1928. p. 39.

[3] López Michelsen, Alfonso. Palabras pendientes. Conversaciones con Enrique Santos Calderón. El Áncora Editores. Bogotá. 2001. pp 137, 138

[4] Navarro, Pedro Juan. El parlamento en pijama. Talleres Mundo al Día. Bogotá, pp. 45, 46

 

[5] López Michelsen, Alfonso. Mis memorias. Editorial Oveja Negra. Bogotá. 2009. p.121

[6] Villalba Bustillo, Carlos. Conferencia en Cartagena, 2013

[7] Zuleta Ángel, Eduardo. El presidente López. Ediciones Albon. Medellín. 1966. p. 63

[8] Gómez, Laureano. op.cit., pp 66, 67.

[9] Navarro, Pedro Juan. op.cit. p. 63.

[10] Caballero Escobar, Enrique. La revolución tributaria de López. Publicada en Noguera Mendoza, Aníbal. Aproximación a Alfonso López. Banco de la República. Bogotá. Tomo I, pp. 310, 311

[11] Aguilera Peña, Mario. La designatura presidencial. Una genuina institución colombiana. Credencial Historia, edición 94, octubre 1997

[12] Alarcón Núñez, Óscar. La cara oculta de la Constitución del 91. Planeta. Bogotá, 2011. pp. 196, 197, 216, 217, 218.

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