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LA COLUMNA DE RODRIGO : Encuestas

Por Rodrigo Pareja

(ankiety.com)

 

Convertir el agua en vino, hacer caminar a un paralítico, flotar sobre las aguas y convertir cinco pececillos y cinco panes en cinco mil unidades de cada alimento para saciar una hambrienta multitud, fueron milagros de Jesús cuando todavía andaba por estos andurriales antes de morir crucificado.

Así por lo menos lo registran los evangelios y todos los libros que refieren sus 33 años de existencia, textos en los cuales – ni por asomo – se hace alusión a algo que por el momento le vendría bien denominarla la milagrería del siglo XXI.

Taumaturgia que ahora corre por cuenta de empresas que en forma genérica son denominadas encuestadoras, y que hacen generalmente su agosto antes de las elecciones, así éstas se celebren en meses distintos, como ocurre este año con las que se cumplirán en octubre para elegir nuevos gobernadores, alcaldes, diputados y concejales.

Estas entidades dedicadas a indagar las preferencias del ciudadano del común sobre los diferentes candidatos que han puesto sus nombres a la consideración pública, repiten diariamente estos asombrosos actos de prestidigitación, dignos todos ellos de un auditorio repleto con teatro que luzca en sus taquillas el famoso letrerito de “no hay entradas”.

Para evitar suspicacias y hasta airadas reacciones de algún tipo jurídico, no vale la pena identificar por su nombre comercial a cualquiera de ellas, y es preferible dejarlas así, simplemente como firmas encuestadoras que como ocurre con los polvoreros en diciembre, tienen su máximo apogeo en vísperas de elecciones, cualquiera sea su carácter o importancia.

La diferencia en estos momentos es que los acuáticos animalitos y los panes se llaman ahora votos, no se multiplican milagrosamente y por el contrario pueden aparecer o desaparecer de un momento a otro según quien haga la encuesta, quien la pague, quien y a quienes se pregunte y con cual intención se realice.

Llegará el momento en que a estas encuestadoras les suceda lo del fabulador parstorcito mentiroso, quien de tanto alertar falsamente sobre la presunta llegada del lobo feroz, cuando realmente éste hizo su aparición los cogió a todos como se dice coloquialmente “con los calzones abajo”.

Resulta difícil de explicar, así se recurra a una serie de sofísticos indicadores y a presuntas e imposibles justificaciones, cómo es posible que determinado candidato aparezca un día con un 19% de intención de voto y al otro día figure en el último lugar de otra encuesta con apenas el cinco por ciento de esa presunta preferencia de los votantes.

La opinión está asombrada con estas incongruencias detectadas en las encuestas para las grandes ciudades capitales, pero valdría la pena preguntar si los responsables de esas firmas trabajan también en escala más reducida, vale decir en aquellas ciudades que ni siquiera alcanzan el calificativo de intermedias y en las cuales los caciques y dueños de haciendas y dinero hacen lo que quieren.

Con el agregado, además, de que en esos sitios no hay mayor grado de educación o mediana formación que les permita a los votantes establecer diferencias y cuestionar políticas y programas, por lo que generalmente terminan haciendo el papel de sumisa recua detrás del potentado de turno que haya tenido con qué costear su propia encuesta.

Sobre el tema vale la pena repetir – con todo el respeto y permiso del caso – lo que escribió el pasado 7 de agosto, Mario Fernando Prado en su columna de El Espectador al referirse a estas firmas:

“Algo tiene que hacer el Estado para ponerle coto a lo que se está convirtiendo en un cartel tan descarado como perverso, que manipula la opinión pública groseramente y plantea además una guerra en la que gana el que más billete tenga”.

Aunque suene a lugar común y ante la credibilidad de las encuestadoras que día a día va barranca abajo, habría que rematar esta nota a la manera de Perogrullo: la encuesta última y definitiva será la del 25 de octubre próximo. Por el momento siéntanse todos ganadores.

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