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La clausura con wasap de sor Margarita

Foto archivo particular.odg

Como monja de clausura de la era de Internet, sor Margarita, SM, maneja celular, correo electrónico y wasap. Por pragmatismo teológico vive a un clic de  Dios y de los negocios.

Suelo llamarla el 29 de marzo para felicitarla por su cumpleaños. También la llamo en mayo  para felicitarla por el día de la madre que le celebran ruidosamente sus colegas de silencio, maitines, salmos, pobreza, castidad y obediencia. Le repito llamada en septiembre para renovar nuestra amistad.

Sor Sonrisa, oriunda de san Pedro de los Milagros,  vive lejos “del mundanal ruido” en su convento de clausura del barrio Mesa, algo retirado del  bullicioso parque de Envigado.

Para domesticar la soberbia, unos años es la madre superiora y otras, como en la actualidad, ejerce el oficio de religiosa rasa. Es como si el presidente del Éxito se diera relejados sabáticos y se pusiera a vender ollas. O cucos rebajados.

En su monasterio concepcionista, SM se dedica a rezar, rezar y rezar. Cree en Dios, pero le ayuda cerrando bien las puertas del monasterio. En sus mínimos ocios ejerce como exitosa ejecutiva.

Tiene claro que no solo de oraciones vive el hombre. Y como la moderna clausura no riñe con los negocios, financia con tentaciones. gastronómicas la “descansada vida” de cartuja de su treintena de sores. La carga laboral es altísima. Dios no paga EPS ni cotiza para pensiones.

Las monjas sí.

La galguería estrella son los bizcochuelos hechos por inspiración del Espíritu Santo. El colesterol corre por cuenta de tamales y fiambres.

Al lado de los bizcochuelos, mueren de envidia las exquisiteces  del Versalles, Santa Clara y  el Ástor. La fórmula de los bizcochuelos es más secreta que el misterio de la Trinidad y de la Coca-Cola juntos.

“El Señor”, como le dice al que reparte las cartas, la reclutó desde los 14 años.  Hace algunas décadas  vive retirada  del “mundo”, como diría su amado Kempis, el de la Imitación.

Ama y recuerda a doña María, su progenitora, quien le rezó a todos los santos para que no profesara los incómodos votos que rigen a las pupilas de Santa Beatriz de Silva, la fundadora.

 “Pero el Señor me regaló esta semilla de la vocación”, comenta SM quien practica la oración como dieta exclusiva para mantener la figura de Amparito Grisales de Dios. Es delgada como el salmo 23.

Conserva la línea pero perdió la falange del índice del dedo derecho haciendo hostias. Ese día su ángel de la guarda había tomado compensatorio. O andaba de puente en el purgatorio llamado La Pintada.

La abadesa –en ese momento- no retiró a tiempo el dedo de la máquina que corta las hostias y… “habemus” una falange menos.

Le pidió  al padre Ramón Arcila, la hormiguita de María Auxiliadora, de Sabaneta, el milagrito de que le volviera a florecer la falange. El padrecito, quien marcha camino de los altares ante el desgano de la parroquia y de la Arquidiócesis, nunca dijo esta boca es mía.

Ensayó con prótesis pero ni Chopin ni Bach se dejaban tocar con una falange hechiza. El fallecido padre Gustavo Vélez, Calixto, le sugirió tocar únicamente piezas para una sola mano. O promover una “indicetón”.

Finalmente, recurrió al sabio Salomón, cuota inicial de Perogrullo, y decidió repartir entre los demás dedos la sabiduría musical acumulada en la falange desaparecida. Santo remedio.

LOS BIZCOCHUELOS DE DIOS

Las monjitas que obedecen la batuta de sor Margarita demuestran todos los días la existencia de Dios haciendo los mejores bizcochuelos del mundo.

Para dar con el convento en el barrio Mesa, de Envigado, Antioquia, los interesados se pueden guiar por el olor de los bizcochuelos y por lo que la pintora-reportera Catalina Jaramillo denomina “olor al misterio de la santidad” que se desprende del “Monasterio de la Inmaculada y de San José de Envigado. Hermanas Concepcionistas”, según reza la placa exterior con exceso de mayúsculas.

Hace treintaipico de  años, cuando fue fundado el monasterio, el Espíritu Santo aportó el “modus fabricandi” de los bizcochuelos. Para empezar, la materia prima es la oración y una metáfora estremecedora que se lee en una de las paredes de la pequeña sala de recepción del claustro: “La vida es un relámpago entre dos eternidades”.

Oraciones y metáfora se revuelven con 6 huevos, 12 cucharaditas de azúcar, 16 cucharadas de maizena, 1 cucharaditas de bicarbonato y una pizca de sal.

He mentido piadosamente en las medidas para evitar que a las monjitas les monten competencia. Tampoco diré cómo se baten las claras a punto de nieve, en qué momento se les incorporan las yemas y el azúcar hasta hacer un ponche grande. Sólo por cristiana caridad  adelantaré que la batidora debe ser de las grandes, pues las caseras no dan un brinco.

En los mínimos ratos de ocio que les quedan, las hermanitas –suspiros de Dios- preparan fiambres para paseos, tamales, empanadas, pan, pandequeso, panelitas, merengues y rollos de pechuga hechos por encargo. Todo adobado con la salsa celestial de la espiritualidad que todavía no venden en la tienda de la esquina ni en el más sofisticado supermercado. (Cómprenles que voy con un avaro 20% sobre las ventas).

Claro que como no solo de pan y de rosarios viven las monjitas, también le jalan a la fabricación y venta de bordados, pinturas, tarjetas, pergaminos y marcado de diplomas.

Para eso, de tanto oír el sonido del silencio de la clausura, han perfeccionado una hermosa letra de monje benedictino de tiempos de internet.

La hermana-madre Margarita, delgada como un pecado venial, alegre, risueña, trabajadora infatigable, no se quita la edad. Para conservar su piel blanca usa una pomada hecha a base de jaculatorias, más efectiva que la Crema S de Ponds o la pomada Peña de las abuelas.

El que piense que es una gordita  al estilo de la Madre Superiora del pintor Fernando Botero, o  de Sor Palacio, la Monja de Osuna que vive en el palacio de los presidentes, barajaron mal; quienes crean que se trata de una viejecita que le lleva diez años a cualquier solar de Cartago, se montaron en el bus que no es.

En sus cumpleaños los regalos los recibe en padrenuestros y avemarías.

Dice que el Señor le regaló un buen oído que ella comparte con sus compañeras de clausura a las que les dicta clase de órgano que en el convento suena como si todos los días fueran jueves y viernes santos. O domingo de Resurrección.

Después de consumir los bizcochuelos de clausura uno queda con la hoja de vida gastronómica mejorada para siempre, y con la sensación de haber ido a misa y de haberse confesado y comulgado. Todo por el mismo precio. (Notas publicadas inicialmente en El Colombiano, de Medellín).

Postulaciones en comunicaciones@envigado.gov.co

 

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