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La actualidad

Por Andrés Hoyos/ andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes (Diario El Espectador, Bogotá)

Imagen la99.com

Si uno googlea la palabreja, obtiene 210 millones de hits. ¡Menuda sobreabundancia de protagonismos que se renueva ya no un par de veces al día, como hace 30 años, sino cada 15 segundos! Claro, casi todo muere a la misma velocidad. Hay escándalos que duran dos semanas, alguno que dura dos o tres meses, el más exótico por excepción dura un año y pare de contar. La actualidad ha hecho metástasis y ahora cualquier pendejada es “histórica”, mientras que lo importante sale en la página 14 del periódico o en un site inencontrable, si es que sale.

Resulta desde luego absurdo dar mayor trascendencia a lo que pasó hace un rato o ayer, que a lo que pasó hace una semana, una década o un siglo. La Revolución francesa ocurrió en julio de 1789 y fue clave, Lenin entró al Palacio de Invierno en octubre de 1917, no en otra fecha, en tanto que el Bogotazo partió en dos la historia de Colombia el 9 de abril de 1948, no el 10. Los dioses de la importancia son caóticos y marcan la realidad con su gran pezuña cuando les da la gana, no cuando ordenan los algoritmos.

Tanta obsesión con el presente es en buena parte producto de la exacerbación extrema del comercio y del mercadeo, pues las ventas que cuentan son las de hoy. Los dueños de los mercados montan la eterna fanfarria porque quieren exprimirnos hasta la última gota de atención, da igual que nos dejen exhaustos y hastiados y dispuestos a patear las pantallas. La otra fuente de la actualidad sobreactuada son las redes sociales, que otorgan a casi todo el mundo los 15 minutos de fama warholianos. Su opinión es crucial, le dicen a cualquier internauta, así usted sea apenas otro copo de nieve en el poco original torbellino que cae encima de cualquier cosa o de cualquier persona, buena o mala, meritoria o criminal. Se han organizado ejércitos de trolls para reiterar hasta la náusea cualquier punto que convenga a los caudillos.

Vivir absortos y obsesionados con el presente nos vuelve hipocondríacos. Creemos que los reportajes sobre otro corrupto u otro narco son importantes. ¿No es acaso la repetición de la repetidera? Bueno, sí, pero igual llaman nuestra atención porque son los más recientes. Uno hoy pasa el doble o el triple del tiempo, si no más, escarbando en internet, leyendo periódicos, oyendo radio o viendo algún noticiero de televisión que leyendo libros, recientes o no tan recientes, o viendo los documentales que ahora tienen un renacer espectacular en la nueva televisión.

“Tu amor es un periódico de ayer, que nadie más procura ya leer”, decía la canción de Tite Curet Alonso que cantaba Héctor Lavoe. Pues bien, debo declarar que a mí me encanta leer periódicos de hace diez, 15, 20, 50 años, cuando me los encuentro, con la aclaración de que también me lleno rápido del pasado porque en últimas el problema es de saturaciones varias.

Moderar, para no hablar de dejar del todo, la obsesión por actualidad es tan difícil como dejar cualquier otro vicio. Uno saca las mismas disculpas del fumador o del alcohólico: este es solo el último cachito o el último traguito, mi amor, no te preocupes. En fin, aquí escribe un vicioso de la actualidad, fastidiado y arrepentido. No me quiero perder ningún detalle de esa movida chueca que en este instante trina y resuena en los medios, y al mismo tiempo no le encuentro valor. Soy un hijo mayorcito de este tiempo digital: pretendo que se puede filtrar una avalancha. Perdonarán el optimismo.

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