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Imposible defensa del cigarrillo

Por Oscar Domínguez Giraldo

(conectanoticias.com)

El corrido mexicano cuenta que de los balazos que recibió fulano solo uno era mortal. Lo mismo puede decirse a propósito del tabaco: un mero cigarrillo es suficiente para ponernos a chupar gladiolos. El cáncer lanza señales de peligro a través del humo.

Las estadísticas conocidas este 31 de mayo, día mundial sin tabaco, ponen los pelos de punta. Según la Organización Mundial de la Salud, OMS, cada seis segundos pasa a mejor –o peor vida- un fumador.

Otras estadísticas precisan que la adicción causa la muerte de 4 millones de personas al año. El 30% de las muertes por cáncer se le deben al tabaco.

¿Qué el cigarrillo tiene efectos devastadores sobre la piel, anticipa la vejez, lo vuelve a uno más feo, perjudica al prójimo que no fuma, agiliza la llegada de la pate’gallina y otras arrugas, y reduce las expectativas de vida? De malas.

Es más: desde mi esquina de fumador social vergonzante en uso de pésimo buen (?¡) retiro, protesto por el acoso “infame” de que somos víctima quienes no hemos podido dejar el vicio del todo.

Nuestros detractores – ayatolas de la salud- siguen atentando contra “el libre desarrollo” de nuestra personalidad. Somos personas ingratas en todas partes. En las reuniones nos extraditan de una malacara cuando sacamos el anoréxico pucho.

Los que seguimos enriqueciendo la industria sin chimeneas del tabaco alegamos con un ilustre exfumador, el senador caldense Víctor Renán Barco, que los cementerios están llenos de aliviados. (Y de imprescindibles, diría Napoleón).

Un amigo fumador – tampoco nos acompaña- se burlaba de quienes dicen que los fumadores nos suicidamos lentamente en primavera. “No tenemos afán”, alegaba tomando la altiva e irresponsable vocería del gremio.

G. Bernard Shaw lo dijo “irlandésmente”: “Es fácil dejar el cigarrillo. Yo lo he dejado setenta veces”. La misma frase circula atribuida a otros ingenios en un caso de chiste trasnacional, globalizado.

Por supuesto, lo más original en el arte de fumar lo dijo un presidente made in Usa, Bill Clinton, cuando confesó que fumó pero no aspiró marihuana. A otro perro con ese hueso. Lo dicho por “Bill” es tan inverosímil como embarazar solo parcialmente a la novia.

Sin duda, esa marihuana clintoniana era made in Usa, con tecnología colombiana. ¿Cuándo les exportaremos “a los hermanos pudientes del norte” la coca con todo el know how que llaman, para que se queden con el pecado y con el género, y nos aligeren de tanto problema que genera el consumo de perica, uno de los alias de la coca? ¿Cómo así que la mata de coca no pega en USA? ¡No podemos ser tan de malas!

Ni siquiera la leyenda, en grandes caracteres – antes venía en letra pequeña, de edicto- acobarda a los fumadores: el consumo de tabaco es nocivo para la salud.

Actualmente, los pobres fumadorcitos de fin de semana, o los de todas las horas, tenemos que pedir permiso, asilarnos en el baño, o salir a las escaleras o terrazas a echar inútil humo por boca y nariz.

A qué grado de hostilidad ha llegado la especie en represalia contra quienes practicamos el vicio solitario más bobo y acompañado del mundo.

La ofensiva hace tiempos se tomó los sitios públicos. Lo irónico es que donde reina la prohibición, por ejemplo en restaurantes, la zona de fumadores está separada de los “abstemios” fumatéricos por una especie de risible ecuador, auténtico rey de burlas que no impide que el humo llegue a todos los pulmones.

Con el deseo de que algún día dejemos de fumar, repitámoslo en la jerga de Benito Juárez: los derechos del fumador terminan donde empieza el pulmón del prójimo.

Ahora, si seguimos fumando, más temprano que tarde, tendremos que pedirle prestado su epitafio preferido a Groucho Marx, consumidor empedernido de puros: “Señora, perdone que no me ponga de pie”.

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