Al instante

Historias de locos bajitos

Por Oscar Domínguez Giraldo

La foto es del diseñador gráfico y poeta de la cámara, Juan Esteban Duque Arcila, primo de Sofía.

Sin más preámbulos dejemos que hablen los niños:

 

Cuenta una tía: Usando su infantil lógica, cuando mi sobrina tenía cuatro años, rebautizó así a los cocuyos: lintérnagas.

Aclaración de mi nieta Sofía, quien a sus cinco años le ayuda a su abuelo a levantar para los garbanzos con sus historias: No, mami, no me estoy sacando los mocos: estoy consintiendo la nariz por dentro.

Cuenta la madre de Sofia: Aterrizamos en Bogotá y estamos esperando las maletas. De pronto la niña respira profundo y dice: Ayyyy, mami, huele a Martin. Y le preguntó: ¿Y a qué huele Martin, Sofi? Pues a rico.

¡No, no, no me den hormigas!, le pedía un pequeño a su mamá, refiriéndose a la carne molida. Carne en punticos, le decía otro

Un niño sorprendió a su padre con esta pregunta: ¿Por qué los árbitros no celebran los goles?

A los dos años, a Jorge Eduardo se le volvió un lio oír que su mami, Teresita,  le decía mamá a su abuelita Aura. Entonces empezó a decirle a  su abuela:  “otamama o mamaota”. Y doña Aurita se convirtió en “mamaotra” para toda la familia.

Llegamos de un viaje y ya para dormir me dice Alejandro:
– Mamá, la religión está equivocada.
– ¿Por qué?
-Porque es imposible que una mujer salga de la costilla de un hombre

  • ¿Y de dónde sacas esa conclusión?
    -Darwin decía que nuestra evolución es del mono; venimos del mono. Asocié lo que dice la religión con lo que dice la ciencia y concluí eso, que la religión está equivocada.
    -Si te digo que creer que Dios sacó a la mujer de la costilla de un hombre es cuestión de fe, tú cómo lo entenderías?
    -De ningún manera lo entendería!  Y cruzó sus brazos como seguro de lo que decía.

 

La historia la cuenta Juan Carlos Zapata en su libro “Gabo nació en Caracas, no en Aracataca”:

El periodista venezolano Ángel Rivero y su hijo Diego, de diez años, visitaban al Nobel García Márquez en su casa de Cartagena. Gabo, amigo de Rivero desde cuando vivió en Caracas, preguntó por el niño:

Es Diego, mi hijo, le aclaró Rivero. Diego, este es el Nobel. Todo tuyo.

Diego soltó esta perla: Papá, ¿un Nobel para mi solito? El escritor celebró el apunte y luego invitó al niño a que lo acompañara a comprar un ejemplar de bolsillo de Cien años de soledad. Le estampó esta dedicatoria: “Para Diego, mi Nobel de bolsillo”.

Mi hijo me decía hace poco: Papi, somos un punto. Y yo le respondí: Así es, somos un punto en el tiempo y en el espacio. (Alejandro Gaviria, ministro de salud).

David, de tres años, le dice a su abuela al atardecer: Abuela, qué lindos se ven los árboles vestidos de noche. (Del libro Palabra de niños, recopiladora, Yamile Humar).

 

 

 

Ñapa

SACAR A DIOS DE UN SOMBRERO

La primera columna con las historias de los locos bajitos como los llamó originalmente el humorista español Gila, expresión que retomó Serrat en alguna de sus canciones, es la de un niño, José Luis, sobrino algo remoto mío, quien le pide a su abuelo William que saque a Dios de un sombrero. El día que se publicó en El Colombiano me llegaron tantas anécdotas similares que decidí publicar otra y otra y otra columna. Cero y van 26. Muchas de ellas se recogieron en un libro editado por Luna-Libros, ¿Adónde van los días que pasan?, con prólogo del poeta Darío Jaramillo Agudelo quien hace poco llegó al alto de Minas de sus primeros 70 años.  Felicitaciones tardías. Compren el libro antes de que me agote, od

 

 

Sacar a Dios…

 

En una ocasión, José Luis Márquez Jaramillo, envigadeño puro, de 4 años, realiza un viaje a pie con un filósofo aficionado, su peripatético abuelo, por predios del “eucalipto amigo”, vereda San Rafael, La Ceja adentro. Desde allí, se dedican a atisbar el cañón del Río Buey y el municipio de Montebello. (El “eucalipto amigo” está herido de muerte: la gente se ha dedicado a hacer sancochos entre el tronco del árbol. Hay rogativas a la familia dueña del predio, para que haga respetar los derechos humanos del amigo eucalipto que se tomó el trabajo de venir desde Australia para vivir entre nosotros).

En estas y las otras, José Luis escucha que su abuelo le habla bellezas del viento: “Mira cómo se mueve…!”.

Quién dijo miedo. El hombre que desertó de los pañales replica:

“El viento no se ve. El viento se siente, pero no se ve. El viento es como Papá Dios. Papá Dios se siente pero no se ve. Es como los fantasmas que se sienten pero no se ven”.

– ¿Quién te enseñó eso?, pregunta el perplejo abuelo, convertido en alumno de su nieto.

– Me lo enseñó mi papá. Pero Papá Dios se deja ver con magia.

– ¿Qué es magia para ti, José Luis?

– Magia es sacar un conejo de un sombrero. Abuelito: tú puedes sacar a Dios de un sombrero?

 

 

Otras historias de José Luis:

En su infancia solía visitar a su vecina, Mery, vendedora de lámparas viejas. “Mery, sabe cuántos años tengo yo? Tengo 4 años (señala con los dedos). ¿Cómo pasa el tiempo, no?”.

 

Ama los pingüinos desde cuando los vio en la televisión.

– Mami, traigamos un pingüino a vivir con nosotros.

La ecológica y rubia mamita le explica que no pueden hacerlo porque los pingüinos viven en los polos, entre la nieve. El chiquitín tiene la solución:

– Mami, es que lo metemos en la nevera!

 

En otra ocasión, se encuentra en el campo. El loco bajito está mirando las estrellas. De pronto dice:

  • Me cayó una estrellita aquí (se lleva la mano a un lado de la cabeza) y me pasó por la oreja. Pero la estrellita no me quemó. ( En realidad, era un cocuyo).
  1. Cualquier día, nuestro “loco bajito” de hoy se queda mirando fijamente el Cristo que está sobre la mesa del altar y pregunta: – Abuelita: ¿ese es Papá Dios?

    En un segundo, a la radiante abuela se le derrumba toda su infraestructura teológica. Finalmente, se le ilumina el bombillo y replica:

    – Bueno, esa es la representación de Papá Dios.

    El párvulo parece no comer cuento y revira:

    – Ahhh… Ese es un muerto ahí.

    La interpretación de la exegética abuela es la de que el pequeñín solo acepta a Dios vivo, jamás crucificado.

     

 

Ir a la barra de herramientas