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Hincha de Millos mientras ganamos

Por Oscar Domínguez Giraldo

Histórica final del fútbol colombiano Foto pulzo.com

Para decirlo con metáforas piratiadas, acomodadas, el hincha “es cosa vana, variable y ondeante”. También “es móvil cual pluma al viento”.  Al primer revés se sale de la ropa, no perdona, pide renuncias. Tiene más fuerza un purgado que un aficionado: reparte por igual madrazos que elogios, según la ubicación de su equipo en la tabla.

Oscar Domínguez hincha de última hora.
Foto archivo ODG

El hincha es un tránsfuga globalizado. Es hincha aquí y en Cafarnaún. Donde esté, tiene que estar padeciendo las penas y alegrías que le provoca su equipo. La calma no es su fuerte; vive de la zozobra, el estrés, la adrenalina.

En el caso colombiano, si usted es de Medellín, el menú de opciones incluye al Poderoso Independiente Medellín y al Atlético Nacional,  mi equipo desde que Dios andaba de pantalón cortico. Ah, y el Envigado donde jugaba para el Andalucía que dirigía el Ronco Martín Uribe. Y las Águilas-Rionegro, y más recientemente Leones, de Itagüí.

Pero abandona uno su terruño y queda habilitado para la infidelidad balompédica sin que lo echen de casa. Ni de su ciudad nativa. Es uno de los encantos de la diáspora. Si el corazón del hincha no está amando, sufriendo, podría incurrir en alzhéimer futbolístico. 

Al pueblo que fueres, adhiere al fútbol que vieres. A  la ciudad adonde uno va terminará de hincha de algún equipo local que hermanará con el de sus entretelas. Uno adivina – o se inventa- ciertos hilos secretos entre los equipos, los entrenadores,  los jugadores, los aguateros que tienen su patrona en la Samaritana del Evangelio).

Los goles de unos jugadores  nos parecen  cortados con las mismas tijeras que otros; los jugadores  como que tienen talentos parecidos, paralelos, heredados, clonados.

Hincha incognito de Millonarios.
Archivo ODG

Ya que no me lo han preguntado, confieso que  en Bogotá soy hincha azul del Club Millonarios por encima del Santa Fe. Haré fuerza por los azules en la finalísima del fútbol colombiano este domingo. Como me volteo más que un purgado fue hincha a regañadientes del Santa Fe cuando lo dirigió el maestro Alexis García.

Si el presidente Botero, del Nacional, el dirigente que produce más frío que calor entre la logia verde, “insiste” en invitarme a su finca, le sugeriré que repita con Alexis, el hombre que se crio en el barrio La Floresta.

Si el balón se mueve en césped español soy seguidor del Real Madrid desde que alineaba así: De portero Domínguez (ojalá seamos parientes), Marquitos, Santamaría y Cazado; Santiestéfan y Zárraga; Herrera, Rial, Di Stéfano, Puskas y Gento. Como quien dice, un “dream team” superior a todos los que vinieron luego.

En Italia, el Milán cuenta con mis afectos y desafectos de “tifoso”. Es como si en sus filas jugaran Buffalino, Italo Calvino o Alexandro Baricco. El Botafogo, de Río, es mi equipo carioca, por encima del Santos, de Pelé. Garrincha jugó en el Botafogo. De allí mi devoción por su fútbol. Un pensamiento suyo me sigue a todas partes como un mantra, como una divisa irrenunciable: “Yo vivo la vida, la vida no me vive a mí”. Alguna vez vi jugar al Botafogo contra Fluminense en el mismísimo Maracaná (hubo empate a dos goles). Humillo con la foto tomada por mi yerno, Joshua, hincha del  Boca argentino. (Y quien pagó la entrada y el transporte. Yo puse el licor y la fiebre).

Ya que Erasmo de Rotterdam es carne de eternidad hace pero muchos diluvios, que sepa que hago el elogio hasta la locura del fútbol del Ayax. En Argentina, doy tres patadas y un resbalón por  River Plate (pasé pero no entré al Monumental),  Pedernera, Rossi, Labruna y Enrique Omar Sívori. “Tuerzco” por el equipo de la banda, así Borges, “el último delicado”, haya tenido el pésimo detalle de despotricar de ese deporte.

En los mundiales o en la liga inglesa voy de Herodes a Pilatos en un travestismo deportivo que no tiene nombre ni apellido. Me he volteado más que san Lorenzo, el equipo del papa Pacho. El voltiarepismo es tal que me da pena que me mire a los ojos la señora que me vende los aguacates para el almuerzo. Y vamos Millos por la nueva estrella…

 

 

 

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