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Gozar Leyendo #54

Darío Jaramillo Agudelo, Luna Libros

 

Memoria de derrotas (Alfaguara) de Rafael Baena.-

Memoria de derrotas no es una autobiografía, ni unas memorias, mucho menos un ensayo. Ni es un roman à clé, ni mucho menos una novela. Tampoco es una crónica, ni un reportaje, ni mucho menos un collage. Pero es todas esas cosas al tiempo. Y más.

Rafael Baena (1956-2015) sabía que le quedaba poco tiempo y era como si matara esas horas prescindiendo de pudores y de circunloquios y decidiera contar su vida junto con lo que él se imaginaba que era su vida, sumando a la gente y a la cultura que le tocó vivir. Y, ya que se iba, no tenía que ser complaciente, ni bien pensante, ni convencional. Podía decir lo que le diera la puta gana. Y podía decirlo como le diera la gana, cambiando las cartas, escondiendo y revelando las cartas.

Lo notable, lo divertido, lo más brillantemente literario de todo ese juego es el trastoque de las identidades, por ejemplo, y hay más, la más visible, la identidad de Marcelo, el personaje que tiene epoc y que espera la muerte: por esos datos, muy obviamente, es el propio Baena, aunque por otros no lo sea. Pero al mismo tiempo, Juan Eugenio Cavadía, el tipo que más detesta ese ¿Baena?, el mismo que le quitó a su mujer, es un novelista que escribe novelas históricas y que, por esa misma razón, es un desdoblamiento, otra vez, del mismo Baena. Como ya lo había hecho en Siempre fue ahora o nunca. En otras palabras, esa en apariencia simple estructura pasa a ser una realidad ficcional en cuarta y hasta en quinta dimensión.

El hilo principal del libro póstumo de Baena es la historia de Marcelo, pero –con sentido lúdico– el autor intercala argumentos de novelas suyas que se quedaron entre el tintero y que cumplen el papel de moderadores de la intensidad del relato principal que está siempre mirando la muerte cara a cara; diferentes formas de amor, el amor a la nieta, el amor a sus mujeres, en fin, el amor como nombre impreciso del sexo. También hay sátira, y de la buena, la principal, quizás, al sistema de salud que le tocó padecer, una crítica que va más allá y que lo pone a uno a pensar en qué tan absurdas son las ideas de enfermedad, de medicina, de relación médico-paciente en la sociedad que nos tocó (sobre)vivir.
Una apuesta literaria audaz, brillante, arriesgada, un libro que se devora.

Darse, autobiografía y testimonios (Fundación Banco Santander) de Victoria Ocampo.-

Victoria Ocampo (1890-1979), la legendaria fundadora y directora de la revista Sur, la amiga muy cercana de Keyserling, de Waldo Frank, de Borges, de André Gide, de Tagore, de Mallea, centro absoluto, para bien y para mal, de la cultura argentina, la gran dama que pertenecía a una de las más ricas y linajudas familias de su país, publicó diez tomos de una serie titulada Testimonios y otros seis volúmenes con otra, Autobiografía.
Aclara Francisco Ayala que “nadie piense que había el menor esnobismo en la vehemencia con que Victoria se desvivía por entrar en contacto con personajes (…) y acogerlos, pues no era su brillo externo, el llamado prestigio, lo que la seducía, sino los efectivos morales en que ese prestigio podía estar fundado”.

Carlos Pardo (Madrid, 1975) es conocido como uno de los más destacados poetas de una de las últimas generaciones españolas, al lado de Abraham Gragera, Mariano Peyrou, Antonio Lucas, Rafael Espejo, Juan Antonio Bernier y Andrés García Román, entre otros; también narrador, en este caso abandona sus roles de poeta y novelista y se convierte en prologuista y editor.

Lo que hizo Carlos Pardo fue tomar párrafos de aquí y de allá entre todos los escritos autobiográficos –dieciséis libros– y armar con ellos una autobiografía de Victoria Ocampo. Y lo primero que hay que decir de esta colcha es que no parece de retazos. No se le ven las costuras. Es un libro con una absoluta continuidad y una lectura deliciosa.

Lo otro que hizo Carlos Pardo fue escribir un excelente ensayo que precede su trabajo de rearmado de la prosa de doña Victoria: “en la literatura moderna –dice– ha habido algo así como un ‘giro copernicano’. De Aristóteles a Wilde, la literatura pasó de imitar a la vida a concebir la vida como ficción, como obra literaria. (…) Se ha repetido hasta la saciedad la respuesta de Nietzsche a la pregunta ¿qué es la verdad? ‘Un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas, adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, a un pueblo le parecen fijas, canónicas, obligatorias’. Victoria Ocampo no es sólo su mejor obra en el sentido nietzscheano de la vida como obra de arte, sino que su propia obra escrita es eminentemente autobiográfica, y para ella lo autobiográfico es una ficción de la que surge, si hay talento –si hay arte– el autor. Así como no hay persona antes del relato, el autor tampoco existe previamente a la escritura”.

Rafael Cadenas:
“Que cada palabra lleve lo que dice.
Que sea como el temblor que la sostiene.
Que se mantenga como un latido”.
Diccionadario.–
Tomado de Diccionadario (Pre-Textos):

Antropología: conocimiento de los antros.
Antrología: los mejores antros.
Melogio: elogio muy meloso.
Testimono: lo que declara un mono.
Macademia: lugar donde estudian las macadamias.
Avisos y noticias.–

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