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Gozar leyendo

Por Darío Jaramillo Agudelo, Luna Libros

Aventuras y desventuras del chico centella (RBA) de Bill Bryson.- 

En el número 11 de Gozar Leyendo (que puede verse espichando aquí) hablé de Una breve historia de casi todo, que me llevaría a una isla desierta. Pero ya no hay islas desiertas; de modo que puedo leerlo y releerlo acá, un libro apasionante, sabio y lleno de humor. Bill Bryson, su autor, nació en 1951 en Des Moines, Iowa, y esta información es pertinente para hablar de Aventuras y desventuras del chico centella, el relato autobiográfico de su infancia. Hace poco un amigo mío fue jurado en un concurso para escoger casi cuarenta escritores menores de 39 años y se dio cuenta de que relatar la infancia es casi un deporte de esa generación. Y, perdónenme jóvenes autobiógrafos con infancias modelo ochenta o noventa, ninguno iguala la gracia del Bryson. Este entretenido libro, además de contar los avatares de un niño del medio oeste norteamericano en el decenio de los años cincuenta, también tiene la particular lucidez de referirse a cómo era el mundo hace sesenta, setenta años.
Una enumeración muestra las cosas nuevas o por inventarse en esos momentos: “bolígrafos, fast food, cenas de microondas, abrelatas eléctricos, mega superficies comerciales, autovías, supermercados, la expansión urbana hacia la periferia, el aire acondicionado de las casas, la dirección asistida, el cambio de marchas automático, los lentes de contacto, las tarjetas de crédito, los magnetófonos, los trituradores de basuras, los lavavajillas, los discos de larga duración, los tocadiscos portátiles, los equipos de béisbol al oeste de San Luis y la bomba de hidrógeno. Sí había hornos microondas, pero pesaban 350 kilos. Faltaban aún algunos años para la aparición de los vuelos a reacción, el velcro, los transistores y los ordenadores de un tamaño manejable (esto es, menores que un edificio)”.

Estas cosas faltaban pero, por desconocidas, nadie las extrañaba, aun en el país más rico del mundo. Bryson cuenta que “hacia 1951, cuando me dio por venir al mundo, casi el 90 por ciento de los hogares del país disponía de frigoríficos, y casi tres cuartas partes tenía lavadoras, teléfono, aspiradora y cocinas a gas o eléctricas, cosas con las que el resto del mundo apenas podía soñar. Los estadounidenses poseían el 80 por ciento de los electrodomésticos mundiales, controlaban dos tercios de la capacidad productiva mundial y producían el 40 por ciento de la electricidad, el 60 por ciento del petróleo y el 66 por ciento del acero del planeta. El 5 por ciento de la población mundial, es decir, Estados Unidos, disponía de mayores riquezas que el 95 por ciento restante (…) Además, la gente miraba el futuro con impaciencia, con una ilusión que no ha vuelto a repetirse. Pronto, y en eso coincidían todas las revistas, habría ciudades submarinas en cada costa, colonias espaciales protegidas por inmensas campanas de vidrio, trenes y aviones atómicos, retro propulsores portátiles, un autogiro en cada garaje, coches capaces de convertirse en barcas e incluso submarinos, aceras móviles que nos trasladarían sin esfuerzo hasta el trabajo o la escuela, automóviles de cabina vidriada que circularían solos por las súper autopistas…”.

Lo primero que observa haciendo memoria, es que la niñez es lenta: “este libro (…) habla de ser pequeño e ir creciendo poco a poco, una de las grandes patrañas de la vida es que la infancia pasa muy deprisa. En realidad, y puesto que en Chiquilandia el tiempo transcurre más despacio –cinco veces más despacio en el calor de un aula por la tarde, ocho veces más despacio que en cualquier viaje en coche de más de 10 kilómetros (…) y con tal lentitud durante la semana previa a cumpleaños, Navidades y vacaciones estivales que resulta inconmensurable a todos los efectos, la infancia, concebida en términos adultos, dura varias décadas. Es la vida adulta la que se acaba en un suspiro”. Ah, y la sabiduría infantil: “gracias (…) a la abundancia de tiempo que las hacía posible, durante los primeros diez años de mi vida supe más cosas que las que creo haber sabido en ningún momento posterior. Para empezar, sabía todo lo que podía saberse sobre nuestra casa. Sabía qué había escrito bajo las mesas, y cómo era vista desde lo alto de armarios y estanterías. Sabía lo que podría encontrarse al fondo de cada ropero, qué camas tenían debajo el mayor número de bolas de polvo, cuáles eran los trechos con las manchas más interesantes, y dónde se repetía exactamente el dibujo del papel pintado de la pared. Sabía cómo cruzar todas las habitaciones de la casa sin tocar el suelo, dónde guardaba mi padre las monedas sueltas y cuánto podía quitarle sin miedo a que se diese cuenta. (Monedas de 25 centavos, una de cada siete; de cinco y diez centavos, una de cada cinco; centavos, tantos como fuese capaz de cargar). Sabía relajarme en un sillón en más de cien posturas distintas, y sobre el suelo en otras setenta y cinco, más o menos. Sabía qué aspecto tenía el mundo visto a través de un lente de gelatina. Sabía a qué sabían las cosas: los trapos húmedos, las virutas de lápiz, las monedas, los botones, casi cualquier objeto de plástico (…) y, por supuesto, las mucosidades de cualquier tipo… de un modo que hoy apenas recuerdo. Conocía y era capaz de llevarte de inmediato a todas las ilustraciones de mujeres desnudas que había en nuestra casa…”.

Mientras Bryson crecía en el país más poderoso del mundo, el país más poderoso del mundo se dedicaba a las explosiones nucleares, cuatro por semana en el estado de Nevada. En 1951 la revista Popular Science hizo una encuesta entre periodistas especializados en ciencia sobre qué avances cabría esperar que se produjeran en los siguientes doce meses “y la mitad exactamente de ellos mencionó algún perfeccionamiento del armamento nuclear, varios incluso con auténtica ilusión. Arthur J. Snider, del Chicago Daily News, por ejemplo, anunció que las tropas de tierra estadounidenses no tardarían en encontrar con ojivas nucleares personales”. Añade Bryson que “pese a lo agradable que resultaba contemplar explosiones nucleares y recibir la cálida radiación radiactiva, la verdadera maravilla de la década –mejor que el pelo a cepillo, el correo por cohete, la mayonesa en spray y la bomba atómica juntos– fue la televisión. Resulta casi imposible no entender hasta qué punto fue bienvenida la televisión”. Y los autos; el automóvil es el mayor fetiche. El mayor objeto de culto de la american (high)way of life es el carro: “la gente estaba tan enamorada de sus coches que casi, casi intentaba vivir en ellos. Cenaban en restaurantes drive-in, pasaban las tardes en cines drive-in, cumplimentaban sus trámites en bancos drive-in, llevaban la ropa sucia a las lavanderías drive-in”.

Cuando uno se sitúa en el decenio de 1960 y se pregunta los porqués de la revolución sexual que se produjo, una de las cosas que hay que tener en cuenta (aparte del poder cultural de la píldora) es de dónde venía todo aquello: “lo del sexo no era nada fácil en la década de 1950. Dentro del matrimonio, con el hombre encima y la mujer apretando los dientes era más o menos legal, pero todo lo demás estaba prohibido en los Estados Unidos de aquella época. Casi todos los estados tenían leyes que prohibían cualquier tipo de actividad sexual que se desviase siquiera mínimamente de la norma: sexo oral y anal, por supuesto; la homosexualidad, obviamente; incluso en sexo normal y corriente entre dos adultos deseosos pero no casados. En Indiana podías pasar catorce años entre rejas por ayudar o instigar a una persona menor de veintiún años a ‘cometer masturbación’. La arquidiócesis católica de Indiana había determinado en esa misma época que el sexo extra marital no sólo era pecado y un riesgo en lo reproductivo, sino que además promovía el comunismo”. Y llegamos a una de las más grandes obsesiones norteamericanas de esos tiempos: “la preocupación por el comunismo era una actividad de lo más exigente y agotadora en los años cincuenta. El peligro rojo acechaba en todas partes: en libros y revistas, en departamentos gubernamentales, en las enseñanzas de las escuelas, en todos los puestos de trabajo… la industria del cine resultaba particularmente sospechosa”. Walt Disney declaró ante el Comité de Actividades Antinorteamericanas que el sindicato de animadores de Hollywood, “dominado por rojos furibundos había intentado hacerse con el control de su estudio… con el objetivo de convertir a Mickey Mouse en un comunista”.

Vamos redondeando el panorama: “a finales de los años cincuenta, la mayoría de la población (…) tenía prácticamente todo aquello con lo que había soñado, de modo que poco más podía hacer con su dinero salvo comprar nuevas versiones, y más grandes, de cosas que, en el fondo, no necesitaban: un segundo coche, un frigorífico con el doble de profundidad, un equipo de alta fidelidad con unos altavoces más grandes y más potenciómetros con los que juguetear, más teléfonos y televisores, intercomunicadores para hablar de una habitación a otra, hornillos de gas, utensilios de cocina, máquinas quitanieves para el patio… Tener más cosas también significaba complicarse más la vida, incurrir en más gastos, tener más cosas de las que ocuparse, más cosas que limpiar: más cosas que reparar… El número de mujeres que buscaban un trabajo para ayudar a mantener a flote toda esa estructura iba en aumento. En pocos años, millones de personas se vieron atrapadas en una espiral que les obligaba a trabajar más y más horas para adquirir cacharros que les hacían la vida más fácil pero que no habrían necesitado si, de entrada, no se hubieran puesto a trabajar con tanto empeño. (…) Los estadounidenses no aprovecharon los beneficios derivados de la productividad para permitirse nuevas actividades de ocio, sino que optaron por trabajar, comprar y poseer”.

La conclusión la saca el propio Bryson al final de este libro excelente: “me crié en el que tal vez haya sido el período más aterrador de la historia de Estados Unidos y no me enteré de nada”.

Diccionadario.–

“Si vi con mis propios ojos cosas inimaginables, ¿por qué no he de creer en los mundos que yo mismo inventé?” Stanislaw Jerzy Lec.
Tomado de Diccionadario (Pre-Textos):

Pentana: ventana de cinco lados.
Mángel: cruce de hombre con ángel.
Sásado: día para comer asados.
Sóbado: día para sobar.
Libartad: permitido beber.
Rezar: dos veces zar.

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