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Genocidio y violencia: distintas perras con la misma guasca

Por Octavio Quintero, El Satélite

Jorge Eliécer Gaitán Foto socialhizo.com
El diccionario de la RAE dice que genocidio es el exterminio o eliminación sistemática de un grupo humano por motivo de raza, etnia, religión, política o nacionalidad. Y nos dice que violencia es el resultado de una acción y efecto de violentar o violentarse contra el natural modo de proceder.
Genocidio y violencia no son sinónimos, aunque forzosamente tengamos que concluir en que para ejecutar un genocidio haya que incurrir en violencia.
 “Que no se repita un genocidio como el de la UP”, es la consigna que se advierte en casi todos los análisis que apuntan a consolidar el proceso de paz suscrito entre el Estado y las Farc-Ep. Las mismas Farc-Ep recuerdan con frecuencia el genocidio de la UP y han manifestado el temor de que pueda repetirse, a juzgar por la periodicidad con que se registran asesinatos de activistas de derechos humanos, vinculados o no a la lucha armada.
Pero, y aquí entra en escena la épica lucha que libra, Gloria Gaitán, la heredera del ilustre líder popular, por excelencia, Jorge Eliécer Gaitán, que se introduce con una pregunta pertinente que nos pone a pensar:
¿Por qué, a partir del asesinato de Gaitán se habla de una violencia en Colombia y no de un genocidio de gaitanistas, como se habla de un genocidio de upeistas?
Probablemente los historiadores ortodoxos no compartan “ni poquito” la genuina idea popular de que la historia está contada con arreglo a los intereses del régimen político imperante y que, tal historia, solo podría cambiar de visión si cambia, por ejemplo, el concepto del derecho a la memoria que tienen los pueblos.
¿Es la memoria popular un derecho que podría asociarse a los derechos humanos? ¿Y qué pasa entonces si por conveniencia política la memoria convencional cuenta una cosa contraria a la memoria popular?
De ese tamaño es la lucha que libra Gloria Gaitán, y por eso se puede calificar de épica. En apoyo a su lucha, acogemos el texto que nos hace llegar a RED-GES de El Satélite, en el que sucintamente plasma su visión de un antes y un después de Gaitán:
UNA COSA ES UNA COSA Y OTRA COSA ES OTRA COSA
Por Gloria Gaitán para “Viernes Liberales”
Un partido del pueblo
Un empeño central de la vida de mi padre fue conformar un partido de clase partiendo de su particular clasificación de la sociedad colombiana entre País Nacional y País Político, que se diferencia de las categorías que estableció el marxismo. Mil veces le oí decir en mi casa: “lo que queremos es que la oligarquía liberal se vaya para el partido conservador y que el pueblo conservador se venga para el partido liberal para transformarlo en el partido del pueblo. Así estaremos claros”. Estaba muy niña, pero lo entendía perfectamente, como lo demuestran las caricaturas que le hacía y le regalaba a mi papá y que aún conservo.
Esta afirmación también era pública, como se comprueba en el libro La llama y el hielo” de alguien muy lejano a las ideas de Gaitán: Plinio Apuleyo Mendoza.
Mi padre, como profundo especialista en psiquiatría y psicología se basó en los sentimientos y las ideas de los colombianos para que su accionar fuera efectivo. Por eso, declarándose abierta y reiteradamente socialista pensó que predominaba en el subconsciente colectivo un “quiste psicológico” – como él llamaba a los prejuicios – que era el apego al partido liberal y que, por eso, era más fácil tomarse al partido liberal y convertirlo en el partido del pueblo, que crear un partido socialista.
Lo explicaba y reiteraba de mil maneras diciendo que lo importante de un frasco no es su rótulo sino su contenido e, incluso, citará a Lenin para ser mejor comprendido por la izquierda: “Será desde las filas cien veces dicientes, prestantes y rememoradoras del liberalismo desde donde la actual generación realizará su obra en contra de la burguesía y por la liberación económica del trabajo. El gran calumniado, Ilich Ulianof o Nicolás Lenin, tuvo un día el deseo de cambiar el nombre de bolcheviquismo a su partido porque tal nombre apenas expresaba el hecho adjetivo de haber logrado mayoría en la Conferencia de Bruselas de 1903, no respondiendo a cuerpo de doctrina alguno. Tal no hizo porque como él mismo lo expresa: “la palabra bolchevique es un nombre universalmente respetado, pero su nombre es inexacto científicamente. No importa, puede pasar y que el partido crezca, pero que la inexactitud científica del nombre no le oculte ni estorbe su desarrollo en la dirección debida”.”
Siempre mi padre tuvo perfecta claridad en que, como él mismo lo decía: “el procedimiento es doctrina”. Por ello dirá a su ingreso al partido liberal cuando se salió del Unirismo: “Las ideas que hoy proclamamos son las mismas que sosteníamos ayer como intérpretes de la masa que se halla en contraposición de sus dirigentes, aun cuando ambas fuerzas se cobijen con el nombre de liberales (el resaltado es nuestro). Bastará que las masas lleguen a un plano de relativa conciencia para que el rompimiento se presente y comprendan la trivial verdad de que sus intereses no pueden ser resueltos por quienes tienen intereses contrapuestos”.
Hay que tener claridad sobre esta posición de mi padre, totalmente adversa a ver a un pueblo dirigido por sus opresores. Por eso, hacer una mezcolanza entre gaitanismo con liberalismo es traicionarlo. Una misión que le he dado a mi vida es hacer claridad, porque esa promiscuidad entre liberalismo y gaitanismo es ir en contra de la esencia misma de la lucha del líder popular.
Tiempo después insistirá mi padre en la misma tesis diciendo: “… los intereses de las masas liberales no pueden ser resueltos por quienes las dirigen y hoy detentan el poder, porque esos dirigentes son los banqueros liberales y los latifundistas liberales, que tienen intereses contrarios a las masas que los siguen, a pesar de la identidad del rótulo. Hasta ayer podían marchar juntos porque tanto el campesino liberal como el propietario liberal podían luchar contra la pena de muerte o contra el clericalismo. Pero hoy, luchando por intereses económicos distintos, se encuentran frente a frente”.
es por esa ruptura que mi padre batalló intensamente. Tratar de asociar liberalismo con gaitanismo es ir en contra del corazón mismo de su lucha. ¿Cómo, entonces, admitir que lo metan en el mismo saco de los dirigentes liberales de ayer y de hoy, hablando genéricamente de “liberales” sin hacer distinción? Si yo permito eso, si no me opongo a esa diabólica confusión, estaría traicionándolo.  No es un capricho, es una exigencia frente a su memoria.
Mi lucha seguirá siendo la de hacer claridad, demostrando que mi papá no fue jefe del partido liberal, sino del partido liberal-gaitanista, tal como se le catalogaba en vida de mi padre, expresión que los oligarcas liberales fueron borrando poco a poco, pero que pervive en algunos libros, como el del norteamericano Cordel Robinson, quien escribió que cuando en 1947 el pueblo impuso a Gaitán como Jefe Único del partido liberal, nació un nuevo partido: el partido liberal-gaitanista.
El primer principio del gaitanismo es que quien debe dirigir los destinos del partido o de la nación ha de ser directamente el pueblo, sin intermediarios. Es por ello que el pueblo gaitanista lo proclamó Jefe Único del Partido Liberal y no director del partido, en convención que se realizó después del apoteósico triunfo que el Movimiento Gaitanista, enfrentado al liberalismo directorista u oligárquico, tuvo en las elecciones del 16 de marzo de 1947 para Congreso y Asambleas, derrotando aplastantemente al oficialismo liberal, cuando por primera vez en Colombia los senadores fueron elegidos popularmente, ya que antes eran designados por los diputados. Fueron elegidos 22 senadores gaitanistas y 13 directoristas (también llamados unionistas u oficialistas).
Mientras Gaitán quedaba al mando del Partido Liberal, como Jefe Único, los llamados “jefes naturales” se auto-exiliaron. Santos se fue para París, Alfonso López Pumarejo se quedó en Londres, Alberto Lleras fue a parar a Washington y así todos los demás, declarando que volverían en “mejores momentos”. Regresaron inmediatamente después del 9 de abril de 1948, arrebatándole al pueblo la dirección del partido liberal y retornando su ruta hacia las viejas formas oligarcas, capitalistas, pro-imperialistas y violentas que han caracterizado, la mayor parte del tiempo, al Partido Liberal. Así, después de la muerte de mi padre surgió otro partido diferente al partido del pueblo que con sacrificio enorme el pueblo había forjado y que solo se mantuvo desde finales de 1947 hasta el 9 de abril de 1948.
Una violencia de clase
Le han metido en la cabeza a la gente que el genocidio al gaitanismo fue un enfrentamiento de conservadores contra liberales y viceversa. Los académicos a sueldo le han dado el apelativo genérico de “La Violencia” para encubrir su verdadero carácter de genocidio al gaitanismo, cuyo origen está plenamente establecido. Su inicio data del gobierno de Alberto Lleras en 1945 para imponer la presidencia de Mariano Ospina Pérez, mientras que se planifica, generaliza y metodiza a partir del 7 de agosto de 1946, cuando toma posesión Ospina y encomienda al entonces jefe de la policía, el Coronel Virgilio Barco, que contrate sicarios para ejercer la violencia contra los gaitanistas, ya que el Movimiento Gaitanista avanzaba inexorablemente hacia la toma del poder. Lo hizo en Chulavia, vereda de Boyacá porque, como él mismo coronel lo escribió: “son gentes criminales”. De ahí el nombre de chulavitas que le dieron a los sicarios de la época, que fueron contratados por Ospina Pérez.
En 1947, proclamado Gaitán Jefe Único del liberalismo, el genocidio se extiende a todos los liberales del pueblo, porque ya la orientación del partido era gaitanista, habiendo sido adoptada oficialmente, como guía ideológica, la plataforma del gaitanismo aprobada en 1946 en la Convención Popular que se llevó a cabo en la Plaza de Santamaría.
Gaitán recorrió todo el país para crear consciencia sobre el hecho de que no era, como trataba de hacerlo creer la prensa oligarca, un genocidio por sectarismo de partido, sino un claro genocidio de clase y así dirá: “Pueblo de todos los partidos: ¡os están engañando las oligarquías! Ellas crean deliberadamente el odio y el rencor a través de sus agentes, asesinando y persiguiendo a los humildes, mientras la sangre del pueblo les facilita la repartición de los beneficios económicos y políticos que genera tan monstruosa política”.
En Fusagasugá dirá: “… No me importan los partidos. Combato al país político, a esa pequeña casta insensible de los hombres que necesitan embajadas y ministerios y negocios con el Estado, que comprenden con claridad que la única manera de tener esas influencias, de enriquecerse a la sombra del gobierno, es provocando el odio y la violencia entre los colombianos… Todo esto es una inmensa farsa. Todo esto es un drama del país político. Ellos se ríen allá en las alturas de Bogotá. Allá se abrazan con los adversarios, pero siguen fomentando el odio y la muerte en las lejanas tierras. Yo quisiera que el odio y la muerte entre hermanos, cuya sangre me es igualmente sagrada, no se sembrara en la ignorancia del pueblo, que hubiera coraje en el podrido país político para enfrentarse a sus adversarios, en vez de derramar la sangre humilde por conducto de las autoridades“.
Mi padre insistió siempre en señalar que la sangre derramada era responsabilidad de las autoridades. Así lo dirá también en la Oración por la Paz: “Señor Presidente: en esta ocasión no os reclamamos tesis económicas o políticas. Apenas os pedimos que nuestra patria no transite por caminos que nos avergüencen ante propios y extraños. ¡Os pedimos hechos de paz y de civilización! Os pedimos que cese la persecución de las autoridades; así os lo pide esta inmensa muchedumbre. Os pedimos una pequeña y grande cosa: que las luchas políticas se desarrollen por los cauces de la constitucionalidad”.
Muchos de estos hechos han quedado olvidados, porque como lo plantea el profesor Harald Welzaer, director del grupo Recuerdo y Memoria, miembro del Instituto Científico de Cultura de Essen (Alemania), en su carácter de psicólogo social habla de la memoria comunicativa, afirmando que “los recuerdos se forman en comunidad con otros, por medio de la comunicación. Un suceso no es lo que pasó, sino lo que se cuenta sobre lo que pasó”. A su vez Elizabeth Loftus comprobará que la memoria se altera y deforma si se agregan informaciones posteriores al recuerdo de un evento. Es lo que han hecho los académicos comprometidos con el establecimiento, los periodistas a sueldo y los que hacen de su memoria un compendio sin discusión, formateando el imaginario colectivo respecto a Gaitán y al genocidio al gaitanismo, contando y repitiendo dos falcedades:
1º. Que Gaitán era simplemente liberal. Con ello “succionan” su imagen, haciendo creer que era un liberal igual a los liberales oligarcas y que no existió el Movimiento Gaitanista ni el liberalismo-gaitanista. Decretan entonces el MEMORICIDIO al gaitanismo.
2º. Que el genocidio al Movimiento Gaitanista, que se inició entre 1945 y 1946 fue un enfrentamiento entre liberales y conservadores (echándole la culpa solo a los conservadores). Así, queda como culpable el pueblo, lavando de toda responsabilidad al Estado, el verdadero victimario, para lo cual no hablan de genocidio al gaitanismo sino que le dan el término encubridor de “La Violencia” con mayúsculas, que ha hecho camino y que sirve para ocultar el contenido verdadero de ese genocidio. Todo ello no siendo más que una maniobra para blanquear sepulcros.
Nota leída por la autora el 9 de abril del 2014 ante la audiencia convocada por los denominados “Viernes Liberales”.
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