Al instante

FARC: de grupo armado unido a fuerza política fragmentada

Por Ricardo García Duarte* (razonpublica.com)

La incertidumbre en el desarrollo del Acuerdo y los disensos propios de la política alejada de la disciplina militar han abonado el terreno para el resurgimiento de las FARC como grupo guerrillero.

De la guerra a la política

Un acuerdo de paz implica casi siempre una transición que ocurre en dos momentos: el término de la guerra, y el advenimiento de la política.

Así, el acuerdo entre las FARC y el gobierno de Santos incluía el abandono de las armas, pero también el nacimiento de un partido político. Este punto consumaba el proceso y sin él Colombia ganaría la paz, pero solo en un sentido negativo: la guerra no continuaría. Si el abandono de las armas era la prueba de fuego de la paz, la transformación del grupo guerrillero en partido era la de la política.

Paz y política no son categorías exactamente iguales, pero son dos factores de la ecuación que da lugar a un Estado, a ese que encierra una soberanía íntegra y real, no fragmentada o mutilada como la que ha exhibido Colombia durante años.

El éxito de un acuerdo de esta naturaleza está medido (y mediado) por el hecho de saber conjurar la guerra y, además, atraer la política, entendida como enfrentamiento controlado para conseguir el poder. Liquidar la guerra y hacer nacer la política es la esencia del acuerdo de paz. Conseguir que de este brote la flor de la política es abrir la posibilidad de reinventar el Estado o al menos de ampliar su soberanía.

Le recomendamos: La paz emproblemada. Y sin embargo…

Adiós a las armas

Firma de los Acuerdos de Paz con las FARC
Firma de los Acuerdos de Paz con las FARC
Foto: Secretaría de Transparencia

Las FARC efectivamente “dejaron los fierros”, sus instrumentos de existencia, y lo hicieron de manera transparente: 11.000 combatientes, incluidos los que estaban en las cárceles, les dijeron adiós a las armas bajo la verificación de Naciones Unidas.

Con ello pusieron fin al conflicto de manera casi perfecta. Pero a la postre apareció una disidencia comandada por Gentil Duarte, quien muy rápidamente regresó al monte, a la violencia y quizá a los negocios ilícitos con los que muchos grupos armados han financiado la violencia, según lo señalaron los jefes de la negociación de uno y otro lado.

Liquidar la guerra y hacer nacer la política es la esencia del acuerdo de paz.

Acto seguido, la exguerrilla comenzó a trabajar en el capítulo del acuerdo que consagraba la participación política y se convirtió, hace ya un año, en la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común. Con este acto hizo explícita su voluntad de conducir la paz hacia la política con las eventuales consecuencias positivas en términos de ampliación de la soberanía estatal que esto implica.

Con el nuevo nombre los antiguos jefes guerrilleros conservaron la sigla del pasado, aquella que los vincula con la tradición de la resistencia armada, pero ahora con un significado distinto en consonancia con la lucha política y legal en un contexto de paz.

En resumidas cuentas, FARC se ha convertido en un acrónimo que expresa una identidad ambivalente:

  • Por una parte representa una identidad anclada en el pasado, cuando justificaban la violencia por ser revolucionaria;
  • Por otra parte es la expresión de un futuro ligado a las posibilidades que ofrece la política cuando está hermanada con la ley.

Encuentre en RP: La captura de Santrich y el proceso de paz.

El tránsito a la política

Esta ambigüedad en la identidad de la FARC fue evidente en los discursos que se pronunciaron en el congreso fundacional del partido:

  • El de Iván Márquez, segundo al mando, estuvo marcado por acentos de radicalismo ideológico al postular el carácter revolucionario del movimiento en ciernes.
  • El de Rodrigo Londoño, Timochenko, antiguo comandante en jefe de las FARC, se caracterizó por una racionalidad acorde con el nuevo contexto. Esto lo llevó a pensar en un movimiento con propuestas reformistas que permitieran consolidar un liderazgo y dieran la oportunidad de influir en la opinión pública durante los acontecimientos que ocurren en cada coyuntura social y política.

Después de un año—y de una cantidad incontable de dificultades—el partido de la ex guerrilla pasó por tres experiencias que la legitiman como actor político:

  1. La participación en las elecciones para Congreso, a pesar de que sus candidatos fueron recibidos con ataques y saboteos por parte de grupos e individuos ubicados en el extremo opuesto del espectro político.
  2. El acceder, gracias a las concesiones obtenidas en el proceso de negociaciones, a una bancada parlamentaria de cinco senadores y cinco representantes a la Cámara.
  3. La invitación reciente que recibió para asistir, junto con otras fuerzas políticas, al Palacio de Nariño a propósito del resultado de la Consulta Anticorrupción, que la FARC apoyó. Los acogió ya no Santos, sino Iván Duque, presidente de la República tras haber sido candidato del Centro Democrático, que hizo de la resistencia contra la participación política de los jefes guerrilleros uno de sus caballos de batalla para fustigar al Acuerdo de paz. El argumento era que permitirla consagraba la impunidad, pues les permitía la representación congregacional sin pasar por los tribunales de justicia.

Esta legitimación como partido reconocido por los actores políticos del país—incluso por sus más enconados enemigos, pues no hay que olvidar el saludo del expresidente Álvaro Uribe a la exguerrillera y congresista Victoria Sandino—ha sellado en un año la transición de la guerra a la política, la transfiguración del guerrero en parlamentario.

Sin embargo, este cambio no ha impedido la fractura interna del proyecto político. No evitó la división entre lo que representaba Iván Márquez—quien en las elecciones internas obtuvo la mayor cantidad de votos individuales—y el sector mayoritario de la Dirección Nacional, encabezada por Rodrigo Londoño.

Este último ha estado acompañado por el antiguo secretariado, especialmente por Carlos Antonio Lozada, Pastor Alape y Pablo Catatumbo. También por quien fue conocido en la época de insurgencia como el Médico, último jefe del Bloque Oriental, y—aunque con manifestaciones de apoyo menos intensas—por Joaquín Gómez.

La política como estado de cosas cuya condición inicial es la superación de la guerra ha traído para los veteranos combatientes su bautismo en la arena política y su confirmación en el juego parlamentario. No obstante, también ha ocasionado la ruptura interna, una situación menos frecuente en el tiempo de los combates, cuando la disciplina militar neutralizaba las tendencias centrífugas y atajaba los deslizamientos hacia la disidencia.

Puede leer: Las FARC, el nuevo partido y la verdad.

La tentación de la guerra

Partido político, Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, FARC.
Partido político, Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común, FARC.
Foto: Cámara de Representantes

El problema ahora es que cualquier división, lejos de limitarse al puro faccionalismo ideológico, estará acompañada por la tentación de la guerra.

Hace meses se sabía que Iván Márquez había renunciado a su curul y que se había trasladado a Miravalle, una zona del Caquetá en los bordes de la selva. Ahora no se conoce ningún dato de su paradero, y tampoco se sabe nada de Romaña o del Paisa, experimentado jefe de la temible columna móvil Teófilo Forero. Ninguno de los tres acudió a la plenaria de la dirección del partido FARC, citada para celebrar el primer año de existencia y para reafirmar la voluntad de paz.

Cualquier división, lejos de limitarse al puro faccionalismo ideológico, estará acompañada por la tentación de la guerra.

Así, la fractura interna se ha agravado por la incertidumbre acerca de la conducta que puedan adoptar los detractores de la posición oficial de la FARC. Para nadie es un secreto que Iván Márquez por un lado y Romaña y el Paisa por el otro tienen un liderazgo ideológico y una dirección militar que pueden convertirse en un foco de atracción para algunos excombatientes, sobre todo en medio de la desconfianza y frustración que no ha dejado de flotar en el ambiente de algunas Zonas Transitorias de Normalización.

De hecho, algunos mandos medios, como Iván Alí, también han desaparecido de los Espacios Territoriales de Capacitación y Reincorporación y abandonaron sus responsabilidades en los proyectos productivos y en los planes de educación.

Si en este estado de incertidumbre se impusiera la tentación de la guerra, las divisiones ideológicas darían lugar otra vez a las FARC bajo la modalidad de disidencias armadas. Esto debilitaría la paz y pondría al país frente al retorno insufrible de la violencia, con el agravante de que en este caso se trataría de un conflicto reavivado y más dependiente de los recursos provenientes de la economía ilegal.

Aun así, el partido FARC –que todavía concentra a la mayoría de la antigua guerrilla– debería afianzar su condición de actor político no solo conservando el liderazgo dentro de sus propios límites, sino involucrándose en la acción mancomunada con las otras fuerzas de oposición democrática.

 

* Cofundador de Razón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clic en este enlace.

 

Acerca de Revista Corrientes (2237 artículos)
Revista Corrientes es un propósito periodístico respetando los puntos de vista y la libertad de opinión de quienes aporten sus colaboraciones, análisis,artículos y columnas para su publicación. También se publican todos los comentarios respetuosos por desacuerdos con los contenidos de las colaboraciones publicadas.
Contacto: Sitio web
Ir a la barra de herramientas