Al instante

Falleció la más grande impulsora de la literatura latinoamericana

Recopilación Oscar Domínguez G.

Foto teinteresa.com

La Revista Corrientes se suma a los homenajes que los escritores, casas editoriales, medios de comunicación y literatos, rinden hoy a Carmen Balcells, la agente que creó el “boom literario latinoamericano”.

El periodista Oscar Domínguez recopiló entrevistas, reportajes y comentarios que cobraron mayor relevancia raíz del fallecimiento esta semana de Balcells en Barcelona.

Foto eldiariony.com

Foto eldiariony.com  Carmen con los escritores del “boom literario”

ENTREVISTA A CARMEN BALCELLS

“Ahora mi gran sueño es comprar el teatro Principal”
“No tiene sentido que los editores en papel quieran editar libros electrónicos”
“La pérdida de un autor es lo más parecido al abandono amoroso; es terrible”
XAVI AYÉN | Santa Fe de Segarra | 22/04/2010 | Cultura

Bienvenidos al hotel Balcells. La agente literaria más famosa de la Tierra, fundadora del boom literario latinoamericano, representante –y mucho más– de autores como Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Miguel Delibes, Pablo Neruda, Juan Marsé… la mujer que comparte manteles con jefes de Estado y que –dicen– mueve con sus hilos muchos resortes del panorama editorial, se ha ido a su pueblo –en realidad, una pedanía– y ha comprado varias casas para reconvertirlas en hotel rural de lujo y organizar actividades culturales que insuflen nueva vida a la zona. Tan preocupada por grandes operaciones editoriales como por cambiar las bombillas de la piscina, Balcells recibe a este diario en su casa, junto al nuevo establecimiento hostelero.

“El boom se inventó para vender, no es un club de amigos”

En su piso de Barcelona se celebró la mítica fiesta de despedida de Barcelona a los Vargas Llosa en 1974…
Sí, entonces sólo teníamos el 3.º 3.ª, y ahora tenemos toda la planta. Aquella fiesta fue gloriosa, estaban García Márquez, Vargas Llosa, José Donoso, Jorge Edwards, Ricardo Muñoz Suay… duró dos días porque a Mario le retrasaron un día la salida de su barco al Perú. Y no se me ocurrió nada mejor que decir: “¡Que continúe la fiesta!”. Los Vargas Llosa ya habían cerrado su casa de Barcelona, ¿qué iban a hacer? ¿Irse a un hotel? Era más fácil continuar bailando.
Fue la fiesta final del boom, ¿no?

Foto-archivo chiringitopavesano.blogspot.com

Foto-archivo chiringitopavesano.blogspot.com

Fue uno de sus finales. Hay muchos finales del boom, depende de cómo se cuente. Esa fiesta fue el final feliz. Todos los desafectos son posteriores a aquella fiesta, sí.
Los otros finales no son felices…
¿Quién dice que no? Los autores vivos siguen vendiendo todos ellos montones de libros. Y los que se han muerto disfrutan de la vida eterna. ¿Se le ocurren finales más felices?
No todos siguen siendo amigos.
Pero es que esa no era la finalidad del boom. El invento de la palabra boom no fue para constituir una fraternidad de amigos, para relacionarse afablemente e irse de excursión al campo con las familias. No, no, no… Aquello era un lobby, algo que tiene que ver con el poder literario. Con vender, ¿comprende? Vender. Y, tantas décadas después, aún funciona el invento. Venden millones de ejemplares. Son excelentes escritores. Hay intentonas de imitar aquello, de crear grupos aquí y allá. Pero los que venden son los chicos del boom: Gabo, Vargas Llosa, Cortázar, Fuentes, Donoso, Allende…
¿A Isabel Allende la mete también en el boom?
Al editor Mario Lacruz le vendí a Graham Greene y, en el mismo pack, le metí La casa de los espíritus de Allende, entonces una autora inédita. Lacruz me llamó enseguida, emocionado: “¡La voy a publicar como la mujer del boom!”.
¿Por qué no funcionan otros grupos literarios?
Porque intentan imitar aquello, emular algo del pasado. Las nuevas generaciones deben construir algo diferente, no intentar repetir lo que hicieron sus padres. Cuando alguien copia, no se da cuenta pero está reproduciendo sólo lo accesorio, no lo fundamental.

 

Foto elperiodico.com

Foto elperiodico.com

MÁS INFORMACIÓN A FONDO
Sant Jordi 2010
Enlace: Hemeroteca: Balcells se retira (2000)
¿Dónde estamos exactamente ahora?

En mi pueblo natal, Santa Fe de Segarra, que es una pedanía de Les Oluges. Esta fachada que vemos desde aquí, con aquel letrero que dice Santa Fe de las Américas es la recepción de mi hostal, bueno, llamémoslo hostal de lujo, o ponga simplemente confortable, que estamos inaugurando en este momento.
¿Todas estas casas que vemos son su hostal?
Nooo. Son tres casas juntas que conforman seis apartamentos. Ahora sólo me falta encontrar la clientela adecuada.

¿Qué clientela busca?

Gente mayor, con una salud relativamente estable, aunque tanto el CAP de Cervera como el médico de Sant Ramon están muy cerca y son excelentes. Los requisitos para los inquilinos serían también tener buen humor, un cierto gusto por la soledad, los paseos y los juegos de cartas. Y que deseen quedarse durante periodos más o menos prolongados.

Así, ¿podemos decir que ha iniciado una nueva etapa como empresaria hostelera?

Sí. En este momento de mi vida, al borde de los 80 años, he querido volver a mi pueblo natal, a envejecer mirando el paisaje, poner un huerto, ver crecer mis árboles… ¿ve? Aquellos olivos son de Rosa Regàs, aquellos tres cipreses son Manuel Vázquez Montalbán, su mujer Anna Sallés y su hijo Daniel Vázquez Sallés… Cada árbol tiene el nombre de un escritor. Y esos bustos de Adriano y Trajano que nos contemplan eran de Terenci Moix. Pues bien, considero que, para financiar los gastos que genera mi retiro en este apacible lugar, es mi obligación generar algún ingreso. Un hostal de alta comodidad es el negocio ideal y dará vida al pueblo, que la necesita. Estaba pensando poner un anuncio en una revista alemana o llamar a Lara para que, ahora que ha comprado Círculo de Lectores, ofrezca a sus socios estancias en el hotel Balcells además de libros, pero, al final, he preferido conceder una entrevista a su diario, que tiene una larga tradición comercial y un porcentaje nada desdeñable de lectores que responden al perfil que busco.

Vaya, qué sorpresa… ¿Desea poner algún otro anuncio gratuito más?

Sí. Estoy buscando una persona bilingüe (inglés-español) que conozca el tema de los derechos extranjeros. A poder ser, alta, rubia y sueca.
No siga con más anuncios, que nos saltará encima la defensora del lector…

Es que me sale mucho más barata esta entrevista que un anuncio, con la ventaja de que aquí en la sección de Cultura nos lee gente del sector, interesada por estos temas. Estadísticamente es probable que me conteste alguien. ¿Quién sabe? Igual me llama alguien ofreciéndome 2.200.000 euros y se lo vendo todo.

¿Y por qué 2.200.000 euros exactamente?
Para que le queden 200.000 euros de comisión al vendedor.

Sobre los intentos de comprar su agencia se ha escrito bastante. Por ejemplo, Andrew Wylie, alias el Chacal, realizó una ofensiva…

Hablamos con él. Pero el elegante señor Wylie descubrió que le salía más barato seducir a algunas viudas que comprar mi agencia.

Pero entonces ¿está su agencia en venta?

Yo no diría eso, sino que aceptaría una joint venture para compartir la responsabilidad y crecer. Esta frase me ahorra otro anuncio, mira por dónde.

En una entrevista que dio usted en Chile, mientras la alojaba su conocido Max Marambio, dijo que Gabriel García Márquez no volvería a escribir…

A principios del 2006, La Vanguardia publicó una entrevista, la única que ha dado García Márquez en los últimos veinte años, que yo sepa, donde él mismo decía que había dejado de escribir. Yo debería haberme callado. Pero en una cena con periodistas hablé demasiado, no tuve la prudencia ni la diligencia necesarias que mi profesión exige. No debí haber dicho nada. Luego García Márquez salió a desmentirme, y mi obligación es no replicar a mis clientes.

Pero él tenía una novela a medio hacer, una historia de amor titulada En agosto nos vemos. ¿Usted cree que la leeremos alguna vez?

Ojalá los hechos desmintieran mis palabras. Yo prefiero enfatizar que las entrevistas son algo muy peligroso, les tuve alergia durante muchos años porque es muy fácil meter la pata.

Se había dicho que estaba usted retirada, pero no hay más que verla para deducir que es falso.
Desde hace unos meses, estoy totalmente reintegrada a la agencia. He presumido demasiado de jubilada. Ahora estoy regresada.

Foto elconfidencial.com

Foto elconfidencial.com

¿Y por qué ha vuelto?

Porque ya acabé las obras de Santa Fe, que han durado diez años. Durante mi retiro emprendí demasiados proyectos…

Según el registro, su agencia ha tenido pérdidas los últimos años.

Ligeramente. El registro es público, y ahí está todo dicho. De estos temas sólo hablaré en presencia de mi abogado.

¿Ahora vive entre Santa Fe y su piso encima de la agencia en la Diagonal?
Sí. Esta noche vuelvo a Barcelona, que viene la escritora Nélida Piñón a pasar unos días en casa.

¿Aloja a sus clientes en casa?
No. Es que Nélida es mi gran amiga hace más de treinta años. Y este Sant Jordi ambas recibimos en el Liceu el premio Terenci Moix.

¿Y el pintor Miquel Barceló también es cliente suyo?
Sí. Con Gonzalo García Barcha (el hijo de Gabo), publicamos los Carnets de Peintre, unas ediciones limitadas de 99 ejemplares de obras de grandes pintores. Hemos empezado con Barceló, por sus diarios.

¿Cuánto vale cada libro?
Diez mil euros. A finales de año, Edicions 62 publicará también una edición de bibliófilo y otra más asequible, para librerías, de unas obras de Barceló sobre cuevas, con un texto de John Berger.

¿Sigue haciendo de mamá de sus autores?
¡Eso es lo que más detesto!

¿Por qué?
Porque no siento amor maternal por ellos. Tengo relaciones excelentes con la mayoría y los ayudo y cuido de sus intereses, de su carrera e incluso a veces de sus fantasías, pero siempre teniendo claro que esto es un trabajo.

A punto de cumplir 80 años, ¿qué balance hace de su vida profesional?
No sé si estoy muy satisfecha.

Es la primera agencia española, a una distancia abismal de la segunda, y una de las grandes del mundo. Tiene a los principales autores de la lengua española. Y ha revolucionado las condiciones de contratación de autores… ¿De verdad no está satisfecha?

Nunca estoy satisfecha de mí misma. Por poco que nos esforcemos, siempre encontramos algo para frustrarnos. A mí, en realidad, lo que me habría gustado es ser una mujer objeto.

Y cuando la abandona un autor, por ejemplo, ¿se siente como una esposa abandonada?

Mucho más que eso. La pérdida de un autor es lo más parecido que conozco al abandono amoroso. Es algo realmente terrible. No me hable…

¿Me puede dar un ejemplo?
Uno de los que más me destrozó fue Gustavo Martín Garzo, que acabó volviendo al redil. Cuando regresó me dio una gran alegría, pero la alegría del retorno nunca es tan intensa como el dolor de la pérdida.

¿Y le ha dolido la pérdida de Roberto Bolaño?

Me ha dolido doblemente. Porque tuve noticia casi simultáneamente de que lo representábamos y de que su viuda nos había despedido.

¿Fue uno de los motivos de su regreso a la agencia?

Sí. En cierta medida, mi viaje a Chile obedece a esto.

Da la impresión de que cada vez hay más editores grandes y microeditores, pero menos medianos. ¿Es así?

Sí. Pero nuestras fórmulas del lenguaje actual no sirven para describir acertadamente la realidad empresarial del sector. Hay un fenómeno mundial de gigantización, en todos los sectores de la sociedad, desde la educación a la salud o la distribución de alimentos. Todo cambia velozmente, la distribución del trabajo, el papel del Estado… y los viejos reglamentos y palabras ya no sirven.

Una persona del mundo editorial ha dicho, tras la compra de Círculo de Lectores por Planeta, que, al final, en Barcelona todos acabaremos trabajando para Planeta.

Eso es excesivo. Y el gigantismo empresarial, de cualquier modo, tiene sus ventajas. Las macroempresas van comprando empresas medianas y pequeñas que siguen existiendo bajo sus alas, con lo que el efecto es que se consolidan, aunque sea dentro de un gran paquete, conducido por un Lara, Polanco, Rodrigo, como antes fueron Grijalbo, Salvat… Sin estos empresarios, muchas de esas editoriales sólo durarían seis meses.

¿Cómo van sus negocios en el espectáculo?

Van. Ahora tenemos una orquesta, BandArt, que tiene bolos en el Teatro Real y el Palau de la Música. Y a la pianista Alba Ventura, ganadora del Rising Stars. Y tengo un viejo sueño pendiente: comprarle a Balañá el teatro Principal, en la Rambla.

¿Ahora quiere el teatro Principal?

Sí, para hacer una programación independiente, de calidad, que no tenga absolutamente nada que ver con lo que programan las administraciones.

¿Y aquel proyecto de un gran museo-centro de estudio con los fondos y cartas de sus escritores?

Ya tengo edificio. Me ofrecieron el palacete del marqués de Alcarràs, la antigua sede del Síndic de Greuges. Veremos, porque el Ayuntamiento de Barcelona tiene el proyecto en pausa.

¿Y eso?

Han descubierto ahora que soy demasiado pobre para eso. Nos faltó Ferran Mascarell para cerrar el trato…

¿Percibe últimamente una gran proliferación de microeditoriales?

Esto es como las setas, y ahora es la temporada. Brotan miles de ellas, alegremente, por todos lados. Ahora hay que ver cuáles de ellas son transgénicas y cuáles no.

Si se consolida el e-book, ¿no están las editoriales en peligro?

De ninguna manera. Siempre hará falta alguien que publique. Lo que no tiene sentido es que los editores en papel de toda la vida quieran ser ahora los editores de los libros electrónicos, porque es algo que no dominan. Creen que si nacen otros editores específicos les están robando algo suyo, y a mí me da risa, nadie les quita nada en realidad porque hay tan pocos dispositivos que estamos hablando de unas dimensiones minúsculas. Esto no estallará hasta que mejoren los reproductores. Yo he sido pionera vendiendo derechos digitales de nuestros libros a un editor de Pamplona. Si me permite utilizar el nos mayestático: “Nos, lo único que perseguimos son lectores, que es lo que garantiza nuestra vida”.

¿Siguen estafando los editores a los autores, mintiéndoles sobre sus ventas reales?
Hoy en día, ningún editor está programado para robar, como en el pasado sucedía.

Algo tiene usted que ver con eso. Ha sido implacable negociando con los editores nuevas condiciones y haciéndoles auditorías. Pero ¿es verdad que se le suicidó uno?

No es muy exacto decir que se me suicidó a mí. El norteamericano Roger Klein se quitó la vida tras su salida del grupo Harper Collins. Yo no le seguí con los libros de Gabriel García Márquez en inglés a su nueva editorial, como él quería, pero eso es algo que sucede con frecuencia. Aquí lo que pasa es que Mario Vargas Llosa me atribuye el asesinato…

Como vecina de la Diagonal, ¿qué va a votar sobre la reforma de la avenida?

¡Que la dejen como está! En la Diagonal no es que exista un clamor para cambiar. Pero, eso sí, que la limpien de punta a punta, por favor, que cuiden los árboles como si fueran los del Turó Park, que los bancos no estén destrozados… Es inmoral que en tiempos de crisis se gaste tanto dinero en proyectos de este tipo. Tal vez las propuestas A y B sean buenos proyectos para dentro de diez años, yo no le digo que no, pero de ningún modo ahora.

¿Cuál ha sido su gran error?

No lo sé. Esto es como el matrimonio, uno habría podido tomar otras cincuenta decisiones posibles pero ha tomado sólo una, y esa decisión ha configurado de modo ineluctable el resto de su vida.

¿Qué papel ha desempeñado el amor en su vida?
Lo importante del amor es haberlo conocido. Saber qué es. Y ya está. Es igual que dure siete años o tres semanas.
PEDRO CLAVIJO P

Carmen Balcells: un retrato desenfocado

Gabriel García Marquez y Carmen a comienzos del "boom" Foto archivo Revista Cromos

Gabriel García Marquez y Carmen a comienzos del “boom”
Foto archivo Revista Cromos

A la imagen de Carmen Balcells, al contrario de lo que parece, le ha hecho daño el tener tanta y tan importante gente a su alrededor —incluyendo a Gabo, El Inmortal, según El Tiempo— porque ella es más importante que la mayoría de sus representados, pro ha tenido la inteligencia de no hacerlo notar. Carmen es el gran árbol que el bosque ha impedido ver.

Carmen es como México, en donde basta sentarse a esperar y llegan todas las personalidades del mundo, llámense D.H. Lawrence, Malcom Lowry, Cartier-Bresson, Antonin Artaud, Paul Strand, Valle Inclán y Eisenstein con su inseparable Tisé (¿Que viva México). Y estamos enumerando sólo a extranjeros. Pues bien, sentado en la sala de la Balcells, atendido por una extraordinaria e inteligente empleada de servicio que más parecía una ministra de relaciones exteriores y que, además, hacía las mejores tortillas españolas jamás comidas, mientras a Carmen le contaba su niñez: “Me educó una familia que no era la mía y siempre me dijeron que las hijas de ellos y yo éramos iguales. Pero las bragas de sus niñas tenían encajes, y las mías no”. Pues bien, sólo con sentarse en el sofá de la sala de Carmen uno llegaba a conocer a Carlos Barral, a los hermanos Goytisolo, al hijo de Salinas, a Roa Bastos, a Alistair Read, a Mario Vargas Llosa y no conocí a más gente porque no me quedé más tiempo (hélas!) en Barcelona.

Carmen Balcells tiene una split personality: una es la mujer de negocios, con fría eficiencia robótica y arrolladora, negociadora inigualable e inclemente, temida por los editores, a la que no se le escapa un solo detalle. Como debe ser. La otra, la amiga, de una generosidad ilímite, inteligente, ingeniosa, divertida capaz de leer el mente del interlocutor los más borrados palimpsestos.

Es una gourmet exagerada, que la ha llevado, finalmente, a una silla de ruedas. Eran conocidas sus entradas a caros lugares de rehabilitación (no por excesos de drogas sino del buen comer) en el que la ponían a aguantar hambre a unos altísimos costos que la llevaban a reducir diez y más kilos. Que ella se encargaba de recuperar a la salida, celebrando la única pérdida que añoraba. Pero, como en sus negocios, las ganancias superaban siempre las pérdidas. Hasta que una rodilla no aguantó y, como a los futbolistas, la mandó a la banca.

Vargas Llosa, Gabo y Neruda, sus representados Foto paraderosite.blogspot.com

Vargas Llosa, Gabo y Neruda, sus representados
Foto paraderosite.blogspot.com

Es imposible saber qué parte de los éxitos financieros de sus representados —que sin duda tienen talento, algunos de ellos desmesurado— le corresponden a Carmen. Yo soy testigo de lo buena que es contratando: Una vez, en Cuba, me tocó presenciar una negociación de unos derechos de una obra de Gabo, con un amigo de Gabo y de ella. Lo primero que hizo fue decirle al contrincante: A partir de este momento, hagamos de cuenta que no somos amigos. Y en pocos momento redondeó la negociación. Al finalizar debió sentir que le había ido muy bien, porque dijo: Ahora sí, champaña para todos.

Pero quitémosle a Carmen todos sus representados, que enturbian su retrato, y veamos qué queda: primero una gran, una excelente, una sensible amiga, capaz de hacer cualquier cosa por ti. De pronto yo recibo un libro del que hablé sin decir que lo quería o una preciosa edición de la Commedia de Dante (una de mis obsesiones es no decirle Divina a la Commedia, porque Dante no la llamó así. Es como si a algún lagarto se le ocurriera decir Los divinos cien años de soledad, y los editores empezaran a imprimirla con ese título).

Conversar con Carmen es una delicia, porque su sagacidad e inteligencia lleva la conversación por caminos nuevos, no transitados antes, llenos de agradables sorpresas, sin trampas. Una de mis grandes frustraciones es no haber podido realizar, hace poco, un viaje a Barcelona, cuyo fin era solamente hablar con Carmen, ir a su pueblo, Santa Fe de Segarra, con apenas 28 habitantes, en donde Carmen, aunque no haya sido nombrada, debe ser la alcaldesa, porque donde ella llegue, no importa quién esté, es el centro de atención. Y se le ve alrededor de la cabeza una especie de aureola, como de neón, a la que sólo le hace falta lo que no hace falta: que se prenda y se apague diciendo inteligente, inteligente, inteligente.

También lamento no poder decidir mi vida, por lazos familiares que me maniatan a este país, e irme a morir a Barcelona.

Y para que no sea muy pronto, cierro citando a Barba Jacob: “Y el día esté lejano.”

Imprimir

ELPAIS.COM

TRIBUNA: MARIO VARGAS LLOSA

El jubileo de Carmen Balcells

Vargas Llosa y Carmen Foto vozpopuli.com

Vargas Llosa y Carmen
Foto vozpopuli.com

20/08/2000

Cuando la conocí, pronto hará de eso cuarenta años, llevaba en la cabeza un rodete de señora buena y era tan sensible que la menor contrariedad la hacía llorar como una Magdalena. Para entonces, ya había administrado una compañía teatral que desapareció antes de estrenar una pieza, exportado al mundo entero unas máquinas que ella llama telares (pero yo sé que eran trenes), y, de la mano del novelista rumano exiliado Vintila Horia, abierto una agencia literaria que desfallecía de inanición hasta que el joven Carlos Barral, flamante director literario de Seix Barral, le encargó que gestionara los derechos extranjeros de sus autores. Éste fue un momento providencial para Carmen Balcells, para los escritores de nuestra lengua y para la industria editorial de España y América Latina, principalmente, pero también la de otros países, que, a consecuencia de la intrusión en sus predios de este torbellino procedente de la Cataluña recóndita, experimentaría una transformación radical y sería poco menos que catapultada a la modernidad.Que esta afirmación parezca hoy exagerada da la exacta medida de lo profundos e irreversibles que fueron los cambios en las costumbres editoriales que la Mamá Grande de Barcelona -llamada también, a veces, la agente 007- provocó. A poco de iniciar sus tareas al servicio de Seix Barral, Carmen Balcells descubrió que la verdadera función de una agente literaria no era representar a un editor frente a otros editores, sino a los autores ante quienes los publicaban. Entonces, acudió donde Carlos Barral, y éste entendió (era, claro está, el único editor que hubiera podido entender una cosa así) y le devolvió la libertad y aceptó que, a partir de entonces, los contratos de edición los firmarían los autores, sí, pero las condiciones de cada contrato las discutiría la editorial con ella, la provincianita de Santa Fe.

Las relaciones que, hasta esa época, existían entre escritores y editores en el ámbito de la lengua eran patriarcales y subjetivas. Autor y editor aceptaban como algo tácito que la editorial que consentía publicar un manuscrito nativo hacía un favor desmedido a su escribidor, y que, por lo mismo, éste debía corresponder a esa generosidad y ese riesgo asumido por el editor, entregándose a él atado de pies y manos, de por vida. Los contratos no tenían límite de tiempo, de modo que, en la práctica, aunque no de iure, había poco menos que una cesión de propiedad. Era normal que el editor se reservara la exclusiva para gestionar las eventuales traducciones, y que, concretadas éstas, recibiera por ellas cuando menos la mitad, y a veces las dos terceras partes, de los derechos del autor. A nadie parecía anormal que las cosas ocurrieran así, pues así habían sucedido siempre, y, además, hubiera sido de pésimo gusto que los escritores, esos artistas, enturbiaran esa noble y espiritualizada vocación que era la suya con sórdidas consideraciones crematísticas.

Cuando Carmen Balcells comenzó, en los años sesenta, a exigir a los editores que aceptaran plazos temporales para los contratos, que renunciaran a la costumbre de reservarse el derecho de gestionar las traducciones, y, a veces, a pedirles controles de tirada y de impresión, hubo, en el mundo editorial, un escándalo parecido al que conmueve un gallinero en el que se ha metido el lobo feroz. Le dijeron traidora, materialista, pesetera, innoble saboteadora del gay saber, literaturicida y mil lindezas más. Ella derramaba vivas lágrimas, pero no daba su brazo a torcer. Le montaron innumerables conspiraciones para ponerla de su lado o asustarla; la amenazaron con apandillarse contra ella y no publicar más a sus representados; le metieron juicios; la adularon y trataron de sobornarla; quisieron quitarle a los autores, ofreciendo a éstos mejores condiciones si prescindían de su ofídico agente. Todo fue inútil. Unos cuantos años después, cuando comprendieron que sólo matándola doblegarían la terquedad metafísica de esa matriarca -y ninguno estaba dispuesto a llegar a esos extremos-, y acabaron por rendirse y aceptar que la relación editor-autor no podía seguir siendo la de antaño, las costumbres editoriales ya habían cambiado sustancialmente, y buen número de escritores, gracias a la irresistible ascensión de Carmen Balcells y a su influencia en el medio editorial, podían vivir total o parcialmente de su trabajo, o, por lo menos, trabajar con la sensación de que sus derechos eran reconocidos y respetados.

Los editores, que tanto la odiaban, se fueron reconciliando con ella, poco a poco, y, por fin, unos más pronto, otros a regañadientes y tarde, reconociendo que no sólo a los autores, también a ellos, la señora llorona de la Diagonal que los ponía a parir con cada nuevo manuscrito les había hecho un inmenso servicio, obligándolos a salir de las cavernas y asumir la actualidad. Porque si se conceden buenos anticipos y se aceptan tiempos límites para la explotación de unos derechos, los editores no tienen otro camino que promover bien los libros, y aguzar el ingenio para llegar a los lectores, y extender sus redes de distribución y conquistar nuevos mercados. Todo eso ha sucedido en la industria editorial de nuestra lengua, que es, hoy, una de las más dinámicas del mundo y la que se halla en mayor ritmo de expansión, y -aunque ya sé que a muchos lectores de este artículo les costará creerlo- ello se debe en buena parte a la batalla librada y ganada por este dínamo con faldas que, cuando las feministas se acercan a felicitarla y alabarla como un ejemplo viviente de lo que será la mujer en el tercer mílenio, las desmoraliza, asegurándoles -entre hipos llorosos, claro- que, en realidad, su vida es un gran fracaso, porque el sueño que siempre acarició fue ser una mujer-objeto, una sílfide neurótica, entretenida por los calaveras, con un largo prontuario a sus espaldas de galanes suicidados por su amor.

Foto cervantes.es

Foto cervantes.es

La historia civil y pública de Carmen Balcells, aunque importantísima —algún día, biografías y ensayos darán debida cuenta de ello—, la retrata sólo en parte, deja en la sombra esa extraordinaria, sorprendente calidad humana que hace de ella uno de los seres más admirables que me ha tocado conocer. Intratable a la hora de negociar, puede, cinco minutos después de haber estado a punto de morir o matar por la minucia de una cláusula, echar literalmente la casa por la ventana y abrumar de regalos y cariños a su adversario, desarmándolo, y haciéndolo sentir un osezno feliz en brazos de la osa regalona. Generosidad es una palabra demasiado encogida para expresar la manera desmesurada y loca como la he visto derrochar su tiempo, su afecto y su patrimonio para ayudar a tanta gente, no sólo a sus autores y amigos, sino también a conocidos de ocasión, a escritores menesterosos y a gentes sin historia, cuyo infortunio o mala suerte tocaban ese interior hipersensible del que está dotada y del que no sólo mana ese efluvio lacrimal crónico, también sus arrebatos sentimentales, y sus pataletas.

A fines de los años sesenta, yo enseñaba literatura en el Kings College, de la Universidad de Londres. Ella súbitamente desembarcó en mi casa y me ordenó: “Renuncia a tus clases de inmediato. Tienes que dedicarte sólo a escribir”. Le repuse que tenía mujer y dos hijos y que no podía hacerles esa bellaquería de dejarlos morirse de hambre. Me preguntó cuánto ganaba enseñando. Era el equivalente de quinientos dólares. “Yo te los doy, a partir de este fin de mes. Sal de Londres e instálate en Barcelona, que es más barato”. Le obedecí —ya para entonces había descubierto, como un editor cualquiera, que era inútil resistir los ucases de Carmen— y nunca me he arrepentido de ello, porque, entre otras cosas, los cinco años que viví en la Ciudad Condal fueron los más felices de la vida. Fueron años de nuevas amistades, de entusiasmos literarios y políticos, de grandes ilusiones, de compartir lo que parecía ser una inminente revolución cultural y social, de la gran modernización de las costumbres, las ideas, los valores y las letras en España, un proceso que comenzó por Barcelona y al que esta ciudad dio, en los setenta, su mayor dinamismo. La casa, la oficina de Carmen Balcells eran el centro de la ebullición, el nido de todas las conspiraciones, el refugio de los afligidos y la caja sin fondo de los insolventes. A condición de aceptar su imperio benevolente, de ser dócil y sumiso, uno era feliz. Ella pagaba las cuentas, alquilaba los pisos y resolvía los problemas de electricidad, de transporte, de teléfono, de clandestinidad, y aprobaba o fulminaba los amoríos pecaminosos, asistía a los partos, consolaba a los cónyuges e indemnizaba a las amantes. Felicidades y tragedias, complots y alianzas o desavenencias terminaban siempre en grandes almuerzos, o cenas copiosas presididas por ella, o en excursiones lustrales a su casita de Cadaqués. Un día que, a horas de la madrugada, en un inglés idiosincrático, Carmen Balcells trataba de impedir por teléfono que el editor Roger Klein se suicidara, su hijito de pocos años la interrumpió: “Pero ¿tú no te ocupabas sólo de vender libros, mamá?”. Desconcertada, ella recapacitó, olvidó el teléfono, y, al otro lado de la línea, en el remoto New York, el pobre Roger Klein se ahorcó.

Foto infobae.com

Foto infobae.com

 

Han pasado una punta de años desde entonces, y, ahora, Carmen Balcells se ha convertido, sin quererlo ni saberlo, en una figura mítica, sobre la que corren fantásticas leyendas a ambas orillas del océano, y cuyo solo nombre hace suspirar de codicia a millares de autores primerizos, que sueñan con poner en sus manos sus manuscritos y sus anhelos. Todos hemos cambiado y, por supuesto, ella también. Sigue engriendo y riñendo a los autores en dosis simétricas, pero éstos tenemos ahora que competir, en el dominio del afecto, con sus nietas, por las que se le cae la baba, y sus oficinas han crecido y se han multiplicado hasta rozar la impersonalidad de una trasnacional. Y ella se empeña en decir, a quien se lo pregunta, que piensa retirarse del mundo citadino, que se va a construir una casa rodeada de árboles olorosos en las afueras de Santa Fe, a la que, eso sí, llenará de teléfonos, faxes y computadoras, porque ¿cómo podría mantener de otro modo el contacto con el mundo editorial, sobre todo en estos años, cuando está cambiando tanto debido a la revolución informática?
No hay peligro, pues. Tenemos Carmen Balcells para rato. Ahí está, con sus setenta años recién cumplidos, algo pasadita de peso y con algunos huesos descolocados, pero bullendo de vida y llena de proyectos delirantes, como siempre, esperando que le echen por delante a cualquier editor para comérselo crudo en un dos por tres.

© EDICIONES EL PAÍS S.L. – Miguel Yuste 40 – 28037 Madrid [España] – Tel. 91 337 8200
© 2015 Microsoft Términos Privacidad y cookies Desarrolladores Español

Email this to someoneTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInShare on FacebookPrint this page