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Evocación en el día del periodista

Por Oscar Domínguez Giraldo

Jorge Enrique Pulido (q.e.p.d.) Foto elespectador.com

Viejo Puli (Jorque Enrique Pulido):

 

Quisiste tanto esta hilacha de vida que a la hora de partir tu rostro lucía sereno, tranquilo. Lo dijeron los médicos que te vieron partir. Hasta el final, mostraste gran estado de ánimo.

Diste gracias al personal científico del Seguro Social que te quiso mantener entre nosotros. Pero el de arriba te tenía tiquetiado para que entraras a la leyenda por la vía del martirio.

Sólo cuando se ama la vida como la amaste tú –enamorado de profesión, según lo atestiguan las varias epístolas que te hiciste leer-, se adquiere visa para irse a averiguar, como el personaje de Papini, lo que hay más allá de la muerte, la única noticia que no habías cubierto.

Como fuiste fundamentalmente un reportero, nos vas a chiviar a todos como nos chiviaste una vez en Washington: entrevistaste al presidente Carter, junto con Juan Guillermo Ríos, mientras los demás mirábamos a los gringos descomunales de la seguridad mascando chicle o escuchando sus diminutos monitores.

Ese trabajo de alta reportería te valió el más importante premio internacional de periodismo que te adjudicaron los chapetones de la agencia EFE.

Estabas titino y severo en tu ataúd en la sala “Rodrigo Lara Bonilla” (salúdalo de nuestra parte) del Concejo de Bogotá que se comprometió a construir una biblioteca con tu nombre.

Quedaste tranquilo, viejo Pulido, porque hiciste las cosas bien. Tu esmoquin nuevo, estuvo que ni mandado a hacer. Parecías vestido para una fiesta eterna.

Una procesión interminable pasó frente a ti para rezarte un réquiem de despedida con un taco en el alma y en la garganta.

Todo Bogotá se dio cita a tu alrededor el día de tus exequias. Los del gajo de arriba, los del centro, los de abajo. Primero en el Concejo, después en la Catedral.

Hasta el club de “enemigos” de Jorge Enrique Pulido (la JEP) reventó infantería a lo largo de la Carrera Séptima arriando coche mortuorio rumbo al Mausoleo del Círculo de Periodistas de Bogotá, en el Cementerio Central.

Lo que más envidia nos dio, chiquito Pulido, fue la gente del pueblo, que, adolorida te acompañó. Fue un reconocimiento a tu oficio. Un plebiscito contra quienes te sacrificaron. Si pides más, que te piquen caña.

Detrás de los tuyos más íntimos, de tus hijos Jorge Enrique y Lina María, de tus damas, tu gente de la programadora, iba “El hombre sin rostro”, a quien le ayudaste en uno de tus programas.

Me vas a decir cañero de vereda pero la loquita que se echa todos los días el mismo discurso sobre el Holocausto del Palacio de Justicia, en pleno Parque Santander, incorporó tu muerte a su repertorio el día de tus exequias.

Armaste un lío de la madona en el tránsito bogotano, orquestada por el director de Tránsito, Rubiel Valencia Cossio, hombre fuerte de Montebello, tu entrañable amigo. Que no falten los transmóviles con la gente del Circuito Todelar, donde arrancaste tu parábola periodística, encabezando el perplejo cortejo.

En el Cementerio Central nos sorprendió un conjunto de cuerdas. Cuando llegaste, arrancó con “Amigo”, de Roberto Carlos, la canción que priva al Papa Juan Pablo II. Y para terminar nos regalaron con “Flores negras” que supongo era una de tus preferidas en tus noches de bohemia con agua aromática.

Rafael Galves, presidente del CPB, te gastó discurso a nombre de todos nosotros. Un espontáneo corrido de la teja anunció en medio de la solemnidad con suspiros del momento, que en las próximas elecciones el candidato lo pondrá Dios. El precandidato Gabriel Melo Guevara se aguantó una cierta sonrisa.

Descansa en paz, viejo Puli, porque harto te lo mereces. Te lo dijo un país adolorido que te despidió para ese viaje con tiquete de ida únicamente. Ojalá que ya que no tenemos derecho a la vida, algún día, con tu muerte y tantas muertes pasadas y futuras, tus hijos, los nuestros, los hijos de ellos, tengan derecho a escoger la muerte.

 

Sir Bernardino

Bernardo Hoyos (q.e.p.d.) Foto eluniversal.com.co

Bernardo Hoyos (q.e.p.d.)
Foto eluniversal.com.co

Radialmente hablando, Bernardo Hoyos, el único londinense nacido en la fría y obispal Santa Rosa de Osos, Antioquia, murió en su ley, cuando dirigía la Emisora de la Tadeo, 106.9 FM. Había nacido en esa ley oyendo emisoras de onda corta en radios de tubo que transmitían en idiomas extraños. Perplejos, los niños de entonces nos preguntábamos por donde se metía la gente para hablar desde esa cajita.

Profesionalmente, Hoyos, el exquisito, se inició en una emisora de pedal en los sorprendentes años cincuenta: la de la Universidad Pontificia Bolivariana del famoso “Moncho” Félix Henao Botero. Asistido por el Espíritu Santo, Henao Botero lo había descubierto y fichado para su causa radial después de escuchar su voz que no daba sueño.

A veces los purpurados pecan y empatan. Henao Botero se encargaría de poner de patitas en la calle al hombre que caminaba, sonreía, se hacía el nudo de la corbata, se amarraba los cordones, y a partir de esos actos subalternos irradiaba cultura.

Lo hacía de una forma espontánea, a la manera de los cultos de verdad: sin que se le notara, sin dárselas. Por eso lo perseguían los premios de periodismo culturales que coleccionaba como las divas coleccionan amantes desechables.

Monseñor lo destituyó porque lo encontró “culpable” de que en una escasez de material, hubiera autorizado que se pasara por su emisora un programa de la BBC de Londres en el que se hacía la defensa de método de control natal en la India.

Eso iba contra el mandato bíblico de crecer y multiplicarse, que en Antioquia se aplicaba a rajatabla. Era demasiado para un Monseñor godito de amarrar en el dedo gordo.

Fue tal vez la única vez que Bernardino, como dice su cédula que se llama, fue separado de su cargo. Todos pujaban por tenerlo en su nómina. O en una informal tertulia de café, en un restaurante, haciendo cola para entrar a cine, en una primera comunión, en el más encopetado club, en la corrida de un catre.

Cuando ingresó a la Academia Colombiana de la Lengua, lo hizo de la mano de Woody Allen a quien citó en su improvisación – feliz como todas las suyas- para evocar sus primeros  “días de radio”.

En el caso de este gentleman de todo el maíz, en el principio fue la palabra. Era un conversador de profesión, de los que sabía escuchar, y hablar cuando le tocaba. Sus interlocutores salían enriquecidos lícitamente de su ámbito. Provocaba dictarle auto de detención para exprimirle información y escucharlo.

Me tocó ser testigo de excepción la vez que un poeta de la calle lo abordó para entregarle unos poemas. “¿Cómo le parecieron los que le entregué en otra ocasión?”, le preguntó el desdentado bardo, seguramente con muchos almuerzos embolatados. “Todo poema es importante”, fue la respuesta de Hoyos quien prometió leer la producción de su interlocutor que se esfumó, feliz con la respuesta.

Contaba que tenía un amigo taxista que lo transportaba a veces. No tenía inconveniente en regalarle entrada para los conciertos.

O sea, tenía empatía con los de arriba, el centro y los de abajo. Como también le gustaba toda clase de música, de cine, de literatura. Era su forma de vivir desmesuradamente. Coqueteó largo y tendido con la publicidad.

En Londres, una ciudad que rimaba con su elegancia, y donde le servía la ropa de la gélida Santa Rosa, creó un parche de amigos paisas que se reunían solo para hacer croché en antioqueño.

Podría haber cobrado para que lo escucharan. Además, convirtió en aliada una cuasiceguera que lo hermanaba con Borges, quien recordaba la magnífica ironía de Dios que le dio al mismo tiempo los libros y la noche. Una certera lucha le ayudaba a combatir esa anticipada noche.

En su terruño madrugó a pulirse en la lectura de Don Quijote, Proust, y en otros clásicos que había en la biblioteca de su padre notario.

Don Luis y la costurera doña Olivia Pérez, sus padres,  le inculcaron el amor por los libros.

Casi por accidente, más bien por pragmati$$$mo paisa, estudió leyes en la Bolivariana donde escribió una tesis de la que nadie se acuerda: “El derecho en la España visigótica y la obra jurídica de san Isidoro de Sevilla”. (De san Isidoro es esta perla, sostenía Hoyos: “El hombre que no ríe es capaz de mater a la madre”).

Su gusto musical, escribió José Daniel Ramírez Combariza, “era tan grande como su espíritu. Música gregoriana, el mundo del barroco encabezado por Juan Sebastián Bach (su hijo lleva ese nombre), los grandes románticos, Claude Debussy, la canción napolitana, el lied, la música sacra de todos los tiempos….”.

Ese repertorio formó parte del concierto de despedida que le brindaron en el auditorio de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, el último escenario de su andadura. Lleno a reventar, por supuesto. Los asistentes lucimos un botón en la solapa con su efigie.

Todos los temas que abordaba, por más profanos que fueran, se valorizaban bajo su batuta. Con el caldense Iván Amaya, su amigo de bohemia intelectual y etílica en el Medellín de los años cincuenta habló en una ocasión en los 106.9 sobre las múltiples versiones del tango “Triste Domingo”.

O se explayaba con el envigadeño Mario Rivero – una tractomula llena de poesía urbana- en “sesudas” controversias para tratar de dilucidar si tal gato de un cuadro de Botero “vivía” en los prostíbulos de las mellizas Arias o en la casa de Marta Pintuco, con quien se encontró una vez en el aeropuerto de Londres. Quedamos en que si la encontraba alguna vez, la entrevistaríamos entre los dos. (¿Dónde andas, Marta?)

Como los caballeros de la Edad Media, el maestro Bernardo trató de servir a su dama, doña Constanza Montes, la niña de sus ojos que veían más allá de la luz.  Su gran aspiración era ser recordado como buen padre de Juan Sebastián.

En el nombre de su único vástago  prolongó su devoción por Bach,  el cantor de Leipzig. En la bella oración que leyó en las exequias, Juan Sebastián le hizo el reconocimiento que quería: lo graduó como un padre de excepción. De Sir Bernardino, como de muy pocos, se puede decir que no lloramos su muerte, celebramos su vida.

 

 

 

Alberto Acosta, el solitario de Itagüí

Alberto Acosta (q.e.p.d.) Foto Revista Cromos

Alberto Acosta (q.e.p.d.)
Foto Revista Cromos

Bogotá, 31 de julio de 1979

 

Un abuelo solitario de 59 años -43 de ellos dedicados al periodismo- está de balde después de haber fundado diarios y noticieros de radio y televisión. Se declara dispuesto a reincidir en el “maldito oficio”, así sea de cargaladrillos.

Su nombre completo, Alberto Acosta Penagos, alias Alberto Acosta, el “Maestro” o el “Camarada”. “El Gago”, le decíamos a sus espaldas. Su belisarismo de jornada continua le valió que lo hubieran decapitado de la nueva programación de televisión.

El hombre que se inició como conductor en la imprenta del godísimo monseñor Miguel Ángel Builes, en Santa Rosa de Osos (1936), terminó el último noticiero del mediodía mostrando su libro sobre la vida y milagros del controvertido prelado.

“Será el primer libro que lea en mi nueva actividad de desocupado”, dijo ante las cámaras de televisión en su confuso idioma, del cual solía aclarar: “Mi lenguaje puede ser enredado, pero mis ideas son claras”.

Políticamente inspirado en Nos Builes, siempre estuvo a la derecha de la derecha. Se daba ínfulas de franquista. El Generalísimo español lo condecoró. En su apartamento de Bavaria, en el centro de Bogotá, exhibía orgulloso algunos objetos que le regalaron generales nazis, según decía. También coqueteaba con ellos. Los de su “tripulación”, como decía, copiándose de Alzate, no le creíamos esas pavorosas veleidades. O nos hacíamos los locos. No sé.

Siempre coqueteó con el poder. Fue colaborador de Rojas Pinilla, amigo de presidentes. Fue muy cercano a López Michelsen. Y a Belisario Betancur, su amigo de andanzas erótico-etílicas en Medellín.

Parodiando a uno de sus ideólogos, el Mariscal Gilberto Alzate Avendaño, quien en 1952 lo llamó para que le organizara el “Diario de Colombia”, Acosta aseguró que su empresa no se hundía “con las velas encendidas”, por cuanto A3 Alfavisión continúa con un programa musical los domingos de cinco a seis.

En el lugar reservado antes al Corazón de Jesús, Acosta tenia enmarcado un texto de Alzate: “El milésimo hombre”, una oda a la mistad.

La salida espectacular de la pequeña pantalla a la que entró en 1971 con su noticiero Tv Sucesos RCN, le inspiró un chiste. Cuando lo descabezaron, llamó al presidente Turbay Ayala para decirle, a propósito del musical que le adjudicaron como premio seco: “Presidente, ustedes me confundieron con Alci Acosta, el cantante”.

Desde el sábado, Acosta había empezado a despedirse. Casi no logra movilizarse desde Pereira, donde fue “víctima” de un homenaje. Como se había llevado las llaves de los escritorios, instruyó a uno de sus camarógrafos cesantes –Isidro- para que violentara archivos y sacara los papeles para elaborar el último libreto.

Fue reportero estrella en “El Adalid” de monseñor Builes, donde empezó a publicar el resumen semanal de la guerra civil española, en 1938.

Retomemos su hoja de vida, redactada por él mismo: “Se le llamó a El Colombiano (de Medellín), como armador de avisos. Hizo la carrera total: cronista de policía, inflador de cables internacionales, jefe de armada”.

En el año 44, recuerda, se fundó la Asociación de Periodistas de Antioquia. Presentó su solicitud de ingreso. Fue rechazado por analfabeta.

“En 1967 el jefe de relaciones públicas del Sena, Ernesto Rodríguez Medina, lo invitó a que instalara en el paraninfo de la Universidad de Antioquia un congreso de periodistas. Fue la primera vez que entró a una universidad sin haberle tirado piedra”.

En su último programa, Acosta reincidió como reportero y caminó por la sala de redacción, armado de su bastón, infaltable cigarrillo extralargo en mano.

Mientras caminaba, presentaba a su tribu: Amparo Pérez, jefe de redacción, Sonia Gómez, María Victoria Torres, Ricardo Cañón, Alberto Trujillo…

El hombre a quien en 1958 contrató Mario García-Peña como creativo de frases publicitarias, ideó como eslogan de su noticiario –como suele llamar sus espacios informativos- el siguiente: “Ojos abiertos, oídos despiertos”. (Para su cliente ideó el “Lo normal es Norma”).

Alguna vez puso al Papa Juan Pablo II a hacerle un comercial para su programa “La voz del Papa”, que transmitía en directo los domingos la pontificia homilía desde San Pedro.

Sin ponerse colorado, se jactaba de que los astronautas que visitaron la luna, plagiaron una de sus frases: “Aquí estamos”. Tal fue la traducción que algunos periódicos dieron a las palabras de Neil Armstrong, fugaz habitante de la luna.

En su lamento de despedida por y de la televisión dijo que “mantendremos siempre los ojos abiertos porque no hay quien nos los cierre. Mantendremos siempre los oídos despiertos porque no hay quien nos los clausure”.

Su refugio campestre en Fusagasugá tenía el mismo nombre del municipio antioqueño donde nació: Itagüí, donde se celebra el día mundial de la pereza, un pecado capital que el infatigable periodista jamás cometió.

El solitario de Itagüí trabajó, trabajó y trabajó; amó, amó y amó bebió; bebió, bebió y bebió, fumó, fumó y fumó. Todo en Acosta era excesivo. No nació para la vida fácil.

Cuando andaba en Itagüí de pantalón cortico, mató pinches y robó guayabas en “Guayabal”. Allí mismo fundaría “Orientación” y “Renacimiento”, unos periódicos beligerantes que editó para defender los intereses de la comunidad. En su apartamento de “cosumbosolo” (solitario) de Bavaria mostraba, orgulloso, algunos ejemplares.

Bajo la dictadura de Rojas “quien lo llamó y le ordenó que le hiciera un diario mejor o igual que El Tiempo”, le organizó “La Paz”. Negoció la maquinaria con Abdón Espinosa.

También fundó el diario “Occidente”, de Cali. De su propia inspiración fueron Todelar y Radio sucesos RCN, antes llamado Actualidades RCN. Su devoción por la radio quedó plasmada en esta hipérbole: “En Colombia puede haber cinco millones de analfabetos pero no cinco millones de sordos”.

La modestia y la vanidad son virtudes negativas, repetía. Esa falta de modestia lo llevó a publicar avisos de página entera en la que daba los nombres de sus subordinados: Gloria Valencia, Jaime Sanín Echeverri, Carlos Lemos, Luis Guillermo Vélez, Darío Silva, Ignacio Ramírez, Yamid Amat, César Fernández, Alberto Piedrahita Pacheco, Hugo Alberto Muncker, Amparo Pérez, Virginia Vallejo, Sonia Gómez.

No se le iba la mano pagando elevados salarios. Pagaba en especie: sus pupilos podían beber y comer en los restaurantes de varios trinchetes, con los que tenía canje. Firmaba todos los vales. Cuando vino a Bogotá el cantante Valen, dijo: “Tráiganmelo yo lo firmo”.

Una vez le pedí que me aumentara el salario mensual de $ 3.500. Respuesta: “Ni un peso más. Además, aquí lo están conociendo”. Como yo tenía dignidad y familia qué mantener…, me quedé.

Su currículo que nunca mereció premios de periodismo termina así: “Ha viajado por todo el mundo occidental y las Américas, siempre invitado por gobiernos amigos o por empresas aéreas”.

“Tiene hijos, tres mujeres y un hombre, casados, y siete nietos. Es abuelo solitario”.

Este mediodía, el “abuelo solitario” empezó diciendo por televisión mientras le citaba auto de detención a la emoción:

“Son las doce y diez minutos de hoy martes 31 de julio (1979). Ya todo ha terminado. Aquí solo se ven cadáveres de cosas. No se ven sino cosas arrumadas. Las cámaras quedaron colocados en su sitio, pero ya sin quién las accione”.

 

Ese día lo entrevisté:

–         ¿Y a qué se va a dedicar ahora?

–         Soy reincidente. Vuelvo a empezar. En cualquier medio. Donde me llamen, porque estoy de balde. Me encuentro reventando infantería otra vez.

–         ¿Siente tristeza?

–         Por mí, no. Por mi tripulación.

–         ¿Por qué se dedicó al periodismo?

–         Es el apostolado más bello que puede realizar una persona.

–         ¿Muchos sinsabores?

–         Pero más alegrías.

–         ¿Por qué lo descabezaron?

–         Por belisarista.

–         ¿Fue censor de pantalones verdes y zapatos blancos durante la dictadura de Rojas Pinilla?

–         No, señor, esa es una calumnia como una catedral.

–   ¿Usted por qué nunca saca vacaciones?

–   No me crea tan pendejo: ¿pa que se den cuenta de que no hago falta?

 

 

HOMBRE QUE AMAba LA DUDA

Antonio Panesso Robledo (q.e.p.d.) Foto elespectador.com

Antonio Panesso Robledo (q.e.p.d.)
Foto elespectador.com

El fallecido Antonio Panesso Robledo, Pangloss, quien fue premio de periodismo Simón Bolívar por su vida y obra dedicada al oficio de pensar escribiendo y de escribir pensando, vivió en el mejor de los mundos posible: el de la duda, una virtud que heredó del francés Montaigne, la niña de sus ojos.

Dadme una duda y moveré el mundo, podría haber sido el caballo de Troya de Panesso Robledo que tomó su seudónimo de un personaje de Voltaire.

Se dejó influenciar también por Quevedo y Villegas, Bernard Shaw, Chesterton, Wilde, Ortega y Gasset. Con ellos pulió su demoledor humor negro mezclado con gotas de sarcasmo y erudición sin estridencias.

No es sino aplicar el espejo retrovisor de la memoria para verlo en plena actuación en programas como “Los catedráticos informan”, al lado de otras enciclopedias con zapatos como Gonzalo González, GOG, Otto de Greiff y Joaquín Pérez Villa.

O en “Veinte mil pesos por su respuesta”, con la intervención de Gloria Valencia de Castaño, quien formulaba las preguntas.

Dejaba de salir el sol o el viento entraba en huelga de hambre, antes de que Panesso se abstuviera de hacer alguna pertinente adición a la respuesta de los concursantes.

A los oyentes nos daba una cosa por allá adentro al escuchar los agregados de Panesso. Esa “cosita por allá” era la envidia, que es pesar del bien ajeno.

Lo primero que hizo fue nacer en Sonsón, Antioquia, un día de paseo de olla (6 de enero) de 1918.

De allí en adelante todo se le facilitó, incluidos los idiomas que dominaba o traducía, aparte del de Gregorio Gutiérrez González: francés, inglés, portugués, italiano, hebreo (fue embajador en Israel), griego y latín.

La ropa de los habitantes de Sonsón tiene una virtud: sirve en cualquier parte del mundo. ¿La razón? Allí conviven los climas frío, templado y caliente.

Por eso Panesso – quien desarrolló un séptimo sentido: la memoria- se dio una exclusiva rodadita por las Universidades de Notthinghan y Cambridge, en Inglaterra. Lo que aprendió lo compartió luego en universidades bogotanas y a través de la cátedra periodística.

Al filólogo de gafas gruesas, siempre escaso de sonrisa, no le gustaba saber para él sólo, confesó la vez que sus colegas lo llamaron a felicitarlo por el premio Simón Bolívar.

Aprendía para los demás: así lo hizo como profesor de la Escuela Normal Superior, como profesor de la lingüística general y romana en el Instituto de Filología de la Universidad de Antioquia y en la Facultad de Letras del Colegio del Rosario y en Los Andes.

Fue subdirector de El Tiempo, pero emigró a tiempo, porque llegar más arriba en medio de un santoral tan competido era un imposible.

Su columna en El Espectador que escribió durante años por encargo de Don Gabriel Cano, era un concierto diario de la mejor prosa. A veces era la contraria del pueblo, pero lo que sucede es que Panesso no estaba hecho para coincidir. Discrepaba y luego existía.

Sus columnas-ensayos corren publicadas en obras como El tercer mundo en Ginebra (1965), La espada en el arado (1975) y La torre de marfil (1979).

Lo que no supiera el profesor Panesso, simplemente no existía. “Antoñitos como Antoñito Panesso sólo hay uno; cuando las enciclopedias lo ven, se les ruborizan todas las páginas, avergonzadas de su ignorancia”, escribió Lucas Caballero Calderón, Klim.

Que fuera sólo información lo que llevaba por dentro, no sería gracia: tenía opinión sobre todo. O sea, no vivió al fiado, pensaba autónomamente. Feliz viaje, profesor.

 

 

 

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