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ÉTICA CONVERSADA: La risa es cosa seria

Por Javier Darío Restrepo, Fundación Colombiana de Periodismo

Javier Darío Restrepo Foto Fundación Colombiana de Periodismo

El caricaturista perdieron fue “entutelado” por esta caricatura publicada en El Tiempo

La caricatura de Matador que la justicia tiene ahora en su balanza, ha traído de regreso el tema del humor en el periodismo y, al mismo tiempo, se ha convertido en un test sobre el equilibrio periodístico en tiempos electorales.

Sinceramente, ¿por qué acepta o rechaza usted esa caricatura? ¿Hay alguna preferencia política detrás del rechazo o acogida de esa imagen?

El justo medio entre ese rechazo y esa acogida sería el examen sereno y sin adjetivos, del papel de la caricatura en la información periodística y, luego, de lo que se ve en una caricatura desde la ética.

Omitir esta clase de consideraciones e ir directamente a la acogida o al rechazo es parte del problema que hoy enfrentamos: la polarización del país. Un país polarizado no piensa, solamente siente. Como barras bravas aplaudimos a rabiar la caricatura cuando coincide con nuestros rechazos; la condenamos y pedimos sanciones cuando no encaja con nuestras lealtades.

Ayuda a mantener el equilibrio si uno tiene claro cuál es el papel que tiene el humor en la actividad periodística. Que es como preguntar sobre el papel que cumplieron Jaime Garzón, o Alfonso Castillo, o Pepón, o Chapete, Osuna, u Oscar Domínguez o el propio Matador, o Tola y Maruja. Entre aciertos y desaciertos estos columnistas y caricaturistas han contribuido a la formación o consolidación de un talante crítico entre los colombianos. En efecto, el humor del caricaturista o del escritor “recoge los matices, las debilidades, garrulerías, aspavientos, mentiras y máscaras de los protagonistas políticos”, escribió Carlos Castro Saavedra refiriéndose a Ricardo Rendón; o como escribió Hernando Téllez “(el caricaturista) deja entrever los pies de barro en la estatua de bronce, el torpe gesto dentro del conjunto solemne, lo pintoresco en medio del drama”. Así como el periodista no se limita a dar noticias sino que promueve un conocimiento, el caricaturista o el escritor de humor no solo hacen reir, revelan partes desconocidas de la realidad. “Hay caricaturas que reemplazan con éxito brillante, editoriales, controversias y campañas”, dijo en Popayán el maestro Guillermo Valencia, y se podría repetir hoy de los personajes creados por Jaime Garzón, o de las caricaturas de Matador y de Osuna.

Alberto Lleras admiraba en el caricaturista “ la simplicidad y la penetración astuta y mordaz de la sicología del mundo político…su capacidad para ver el fondo de las cosas y su indignación contra la miseria y la explotación”. Sabía por qué lo decía, Carlos Lleras cuando señalaba “la crueldad necesaria” del caricaturista que puede lograr, sin embargo “una representación impresionante y bastante justa de la política”.

Al activar el talante crítico de la sociedad, los profesionales del humor periodístico “no dejan adormecer a la sociedad” observaba Alvaro Gómez Hurtado. Escribía este brillante político y periodista: “la caricatura cuando da en el blanco no puede ser contrarrestada, ni es susceptible de réplica ni de rectificaciones. Su efecto es milagroso, instantáneo, como un disparo”.

El humor es, pues, un poderoso instrumento que, como sucede con todos los instrumentos, puede aplicarse para bien o para mal, depende de quien lo utilice y con qué fin; y esto nos deja en el terreno de lo ético.

Si los profesionales del humor periodístico son correctos o incorrectos, es asunto que se puede aclarar con un examen de los valores éticos del humor. Consideración necesaria porque es un hecho, subrayado por el mismo Gómez Hurtado que “hay dibujantes que bravuconamente usan el lápiz para la calumnia y la afrenta”.

Cuando en vez de despertar, el humor se vuelve pesadilla es porque el poderoso instrumento de la risa ha perdido uno de sus valores.

El humor, en efecto, es un licor sano cuando tiene entre sus componentes la verdad. La risa estalla a veces por el impacto de la verdad desconocida y puesta en evidencia por el humorista. Lo decía Gabriel García Márquez: “(el caricaturista) no está tan pendiente de los gestos como de los pensamientos menos pensados que se quieren esconder detrás de las palabras”. Si esa clarividencia del humor pone a la defensiva al mundo político es porque “el caricaturista es el vidente de los pecados hechos hombres y sucesos” explicaba Fernando González; agregaba Guillermo Valencia que el dibujante de caricaturas “logra sintetizar la amargura de la comunidad humana en los breves trazos de su firma ondulante y diabólica”.

El político, sometido al examen del caricaturista no siempre lo enfrenta con sentido del humor, sino con la seca perplejidad del que hace escaso uso de la imaginación. La caricatura #deforma intencionadamente la realidad y así busca despertar la curiosidad”; y mediante la hipérbole lleva al lector a descubrir lo que se mantenía invisible. El lápiz del caricaturista es como una lente de aumento que resalta las imágenes sin alterarlas, las aumenta para hacerla más visibles. Es lo que hace el buen caricaturista. Los otros, los mediocres y los malos, falsean y alteran lo real. Diferenciar estas dos clases de dibujos es tan necesario como distinguir entre el polvo y la paja, entre el oro y la chatarra dorada.

Respuesta magistral al autor de la tutela contra la libertad de expresión.
Diario El Tiempo

El humor que relativiza todo, pone en duda las verdades absolutas. Las inteligencias rígidas, con Asus verdades de museo, desprovistas de vida en desarrollo, no llegan a comprender a los profesionales del humor periodístico.

Estos, sin embargo, les dan brillo y peso moral a sus verdades cuando las iluminan con su respeto al otro y a sus derechos, y con la sabiduría de su reconocimiento de los límites hasta donde la risa puede llegar. Hay derechos y realidades que no se deben tocar ni con una sonrisa. Toda persona tiene ese coto cerrado e inviolable, y mantenerlo intacto mediante el rechazo de la burla y el escarnio es el valor que diferencia al buen humor de la risa canalla. Hay, pues, calumnia cuando la verdad desaparece; y afrenta cuando el respeto al otro está ausente en la expresión del humor.

Si el caricaturista o el escritor de humor hacen buena a la sociedad es porque   prefiere la risa inteligente a la burla; y el regocijo del espíritu que descubre dimensiones nuevas, a la malignidad de quien envuelve en risa el escarnio, la calumnia y la afrenta.

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