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Epílogo venezolano

Por Andrés Hoyos, Diario El Espectador, Bogotá

Nicolás Maduro, dictador para rato en Venezuela. Foto runrun.es

Un viejo refrán dice que “no hay situación por mala que sea que no sea susceptible de empeorar”. Venezuela venía muy mal y ahora está peor. La cruel ironía del entramado es que el gobierno de Maduro ha demostrado ser inepto para absolutamente todo, menos para mantenerse en el poder. Poder, esto es, para martirizar a una porción muy grande y creciente de la población, mientras mantiene fieles a las minorías necesarias para su supervivencia. Hay una cita huérfana, atribuida a Camilo Torres, que dice que un pueblo con hambre no lucha, sino que se arrodilla. Por lo menos no lucha hasta el final. Pese a la crueldad del dicho, creo que en el caso venezolano aplica con claridad.

La oposición venezolana yace hoy destruida. Una moraleja del asunto es que la “democracia” sin democracia, o sea sin igualdad de oportunidades, es tanto o más dañina que una dictadura abierta. A posteriori podemos decir que se equivocaban quienes decían que era necesario participar en las recientes “elecciones” de gobernadores que convocó Maduro. Sí, la abstención en las parlamentarias de 2005 fue un grave error, pues entregó las instituciones a Chávez. Se especulaba que el hombre no podría durar, en cuyo caso esa táctica quizá lo hubiera debilitado, pero duró y pudo hacer y deshacer a su antojo. En política existe la tentación de rectificar los errores de ayer con las decisiones de hoy, sin pensar en que las cosas cambian y que esto puede constituir un nuevo error.

Popper, con ese despojo conceptual que caracteriza algunas de sus formulaciones, decía que la democracia se define en últimas como la posibilidad de sacar del poder a los gobernantes dañinos. Ni siquiera agregaba que debe servir para elegir a los virtuosos. El incumbente siempre tiene ventaja y si, además, hace trampa en forma masiva, muy difícil será ganarle unas “elecciones”. Aun así en Venezuela la oposición ganó las de la Asamblea Nacional de 2015. Después, Diosdado Cabello y sus secuaces se aseguraron de que eso no les volviera a pasar y, por ahora, no les ha vuelto a pasar. Vendrán unas presidenciales en las que la oposición, dividida y amargada, no podrá contar con sus figuras emblemáticas, inhabilitadas una por una. Sin ellas y con una alta dosis de fraude, sería raro que el régimen perdiera.

De más está decir que el 100 % de lo que pasa hoy en Venezuela es responsabilidad del chavismo. La pésima situación se seguirá deteriorando porque el modelo escogido cada vez funciona peor. Habrá que prepararse para una profundización de la crisis humanitaria.

El peligro del castrochavismo al que muchos temen está vinculado a las rentas excesivas en manos del Estado. Lo que no se debe permitir es que los gobernantes dispongan de ellas sin cortapisas muy estrictas, sobre todo cuando son un regalo de la naturaleza. Porque si un Estado está obligado a cobrar impuestos para actuar, los ciudadanos no van a permitir un saqueo como el chavista. Claro, hoy no se ve de dónde va a surgir una renta semejante a la del petróleo carísimo de hace diez años.

En fin, la catástrofe venezolana podría durar varios años. A estas alturas no parece factible que la oposición pueda participar en unas “elecciones” y ganarlas. Me dirán que no participar tampoco sirve de nada y tendría que estar de acuerdo. Uno no ve por dónde se va a desbaratar el régimen. Quizá algo en el ambiente internacional lo desestabilice lo suficiente para tumbarlo, pero habrá que esperar sentado.

andreshoyos@elmalpensante.com, @andrewholes

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