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Parábola de un retorno

Por Oscar Domínguez Giraldo, (Enviado especial al televisor)

El regreso de América a la A Foto bluradio.com

Esta vez me funcionó el voltiaerepismo. Seguidor viejo del Nacional, por una vez, el domingo 27 de noviembre, fui hincha del América de Cali para que regresara a su hábitat natural en el fútbol criollo. La dieta de cinco años por fuera de las grandes ligas terminó.

Mantuve en secreto esa aspiración, como si fuera un pecado solitario, porque mis candidatos a cualquier cosa suelen perder. Perdí en el plebiscito con mi sí rotundo al proceso. Y perdí cuando voté desde el corazón por Hillary Clinton. El platudo señor del mechón nos volvió ripió.

Ya era hora de una victoria, así haya sido a costillas del Quindío, el departamento que nos ha regalado dos jefes de las Farc: el que inició la confrontación, Tirofijo, nacido en Génova, y el que está haciendo la paz, Timochenko, de La Tebaida. Los acompaño para la próxima, amigos quindianos. Desde ya “suenan timbres” por su regreso a la profesional.

A manera de premio seco, tomo prestada una frase de una dama quindiana para expresar mi alegría por el triunfo de la Mechita, como le dicen a los rojos de Cali, ve. Decía la señora: “No me cambio por Dios ni mano a mano”.

Volví a sufrir en un partido de fútbol. Al fin y al cabo tantos triunfos del verde Nacional se están convirtiendo en monótona costumbre. Los verdolagas se tomaron un recreo y fueron a Bogotá a perder contra Millonarios. Tocará hacer fuerza por ellos en el partido de vuelta. Que se tengan finos los rolos.

En este partido América-Quindío reencarné en cada uno de los gloriosos recogebolas. Estos fugaces colegas recibieron por telepatía mis instrucciones cuando América se puso adelante con el gol del argentino el Tecla Farías: Demórense una eternidad para entregar el balón a los del Quindío.

Muchas veces los recogebolas se me salieron del libreto y simplemente no aparecían por parte alguna. Es como si se los hubiera llevado el ensanche. O hubieran sido “abducidos” por los extraterrestres. O se hubiera largado para Juanchito a celebrar de una vez.

¿Qué pasó? Algo insólito: desesperados, los jugadores del Quindío se doblaron en trabajo y, por el mismo salario, además de buscar el empate con el que volverían a la profesional, tenían que hacer de recogebolas.

También les envié mensaje a los camelleros que jugaron su partido demorándose eternidades para entrar a evacuar americanos averiados, de verdad o de mentira.

Me pareció ver que al árbitro le tocó apurar a los camelleros. No les sacó tarjeta amarilla porque el reglamento no da para tanto. Deben estar celebrando con los recogebolas,

A propósito, el árbitro, Wilmar Roldán, de Remedios, Antioquia, hizo bien la tarea. Los duchos comentaristas arbitrales le dieron clasificación de nueve sobre diez.

Hizo quedar bien a su pueblo de 1985 kilómetros cuadrados, el quinto más grande Antioquia, después de Turbo, Urrao, Ituango y Cáceres.

Fue tan impecable su actuación que, en reciprocidad, estoy que recorro los 232 que separan esta población supersticiosa, de Medellín.

Y se me acabó el recreo: chao, América, regreso a darle una mano al verde así no le quepa una copa más.

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