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ENTRETELONES: Paros, marchas y otras yerbas

Por Rodrigo Pareja

Imagen zonacero.com

 

Mientras los desprestigiados congresistas llamados en forma estúpida padres de la patria se trenzan como perros y gatos en desaforadas y estériles discusiones para establecer cuál de ellos es el que menos trabaja, sobre todo en beneficio de los colombianos y no en el suyo propio, Colombia sigue caminando sobre el filo de la navaja en varios asuntos fundamentales.

Por eso y para fortuna o infortunio de comentaristas y de la opinión pública, siempre habrá sobre el tapete, como suele decirse, temas para escribir algunas líneas de buen recibo para algunos y de rechazo para otros aunque en ellas esté siempre implícita la verdad.

Las marchas uribistas contra Santos. Foto efe.com

Las marchas uribistas contra Santos.
Foto efe.com

Algunos de ellos, por ejemplo, la crisis energética, el cavernario estilo de algunos funcionarios, paridos, según ellos, por el Espíritu Santo; los paros armados que coinciden sospechosamente con marchas de protesta, el estilo carnavalesco de otros ya ex funcionarios de control aficionados a los selfies, el enrarecimiento del aire y las aún más raras medidas adoptadas para disminuirlo, la resurrección de la selección colombiana de fútbol y las extrañas comunidades que evocan joyas elaboradas antes solamente en minerales preciosos.

Como colofón de este desbarajustado carnaval que viven los colombianos, se presenta un vejestorio grupo musical ante el cual rinden pleitesía unos pocos privilegiados de la llamada crema social o farandulera, boquiabiertos espectadores sustituidos días después en La Habana por otro grupo de vejetes, quienes cansados de sus crímenes de toda laya se dan ahora la gran vida mientras le maman gallo al país y al gobierno en forma indefinida.

Punto y párrafo aparte merece el vergonzoso capítulo padecido por los miserables pobladores del extremo nor oriental de Colombia, donde los más pequeños mueren de desnutrición en medio de la bonanza que para algunos brinda la minería extractiva, mientras los más grandecitos y sobrevivientes de la hambruna reciben su ración humillante a mano limpia, lo que es un decir.

La anterior es apenas una avara enumeración de hechos y situaciones – estas sí – que alimentan el insaciable morbo de los colombianos, estimulado a mañana, tarde y noche por los nuevos émulos de El Caleño, El Bogotano, El Espacio y Sucesos Sensacionales, y obvio, por los dos sanguinolentos noticieros de los canales privados de televisión.

Será exageración mencionar así, por encimita no más, el desolador panorama que en la actualidad ensombrece al país, o es apenas el boceto inicial de una pintura que todos los días irá haciéndose más y más visible, hasta convertirse – al obeso estilo Botero — en una incontenible hidra, no de siete cabezas como la del lago de Lerna, sino de decenas de problemas de muy difícil solución?

En este barco que no cesa de escorar se añora a un veterano y aguerrido capitán vencedor de vendavales y tormentas, reemplazado a duras penas por el tímido e inexperto grumete recién salido de la academia, con su pulcro y aplanchadito uniforme blanco, sin muestra alguna que acredite su reciedumbre y verraquera.

Es muy posible que en los próximos días los congresistas del antagonismo vuelvan a abrazarse y a continuar con sus componendas; que el ex fiscal farandulero y manirroto ingrese a la carrera diplomática; que el catequista Ordoñez cese en sus funciones por cuenta del Consejo de Estado, que los niños de la Guajira comiencen a padecer obesidad o que se establezca un diálogo con las nuevas bacrim.

Esto último es factible porque el gobierno ha dicho en todos los tonos que no les dará status político, y ya se sabe de que tamaño son las echadas para atrás que aplica el ejecutivo, sobre todo después de quedar en claro que la mejor fuerza pública del continente, como suele pregonarse, nada pudo hacer ante el desafío de un delincuente poderoso.

Mientras tanto los dos principales titiriteros seguirán en este guiñol manejando con sus invisibles cuerdas a los indefensos e imbéciles colombianos, cada vez más decepcionados, sensación que dejan de experimentar cuando de nuevo vengan las elecciones, las tejas, la suma irrisoria por el voto, los tamales y las promesas de empleo y de contratos.

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