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ENTRETELONES: Después de la tragedia aérea de Chapecoense

Por Rodrigo Pareja

La magnitud de la tragedia del Chapecoense. Fotocomposición diariocorreo.pe

Quien este miércoles (30 de noviembre) queme siquiera un gramo de pólvora, en seguimiento de la nefasta costumbre de la insufrible alborada, es un descastado y no merece siquiera ser reconocido como habitante de Medellín o como un “paisa” solidario.

La capital antioqueña, en primer lugar, toda Colombia, surámerica y el mundo de fútbol, están sobrecogidos de dolor por la inmensa tragedia que desapareció del mapa deportivo al equipo brasilero Chapecoense, un cuadro chico que se engrandeció en la copa Suramericana a la cual aspiraba con sobra de méritos.

El equipo finalista que iba a enfrentar a Nacional. Foto 90min.com

El equipo finalista que iba a enfrentar a Nacional.
Foto 90min.com

El desolador ambiente que se registra en todos los ámbitos, la tristeza infinita que se vuelve pesadilla con el paso de las horas, no permite que ningún ser humano intente siquiera recibir, como aquí se acostumbra en forma nada civilizada, la época de navidad.

La salvaje costumbre, herencia maldita de la peor era vivida por Medellín bajo la égida de los narcotraficantes, tiene que desaparecer de un pueblo que se dice culto y está luchando por reivindicar el nombre mancillado por tantos facinerosos.

Desgraciadamente a tan alto precio, Medellín tendría que aprovechar el negro crespón que la cubre, para decirle al mundo que hace mucho dejó de ser solamente violencia y droga; que los esfuerzos hechos por sus autoridades y habitantes para hacerla renacer en todos los aspectos, no ha sido en vano.

 

Luctuosa oportunidad para mostrarse ante el resto del planeta como una urbe civilizada, solidaria en la inmensa tristeza que sacude a todos sus habitantes y a todo el espectro del fútbol a escala mundial.

Que los ruidosos y coloridos objetos pírotécnicos queden esta vez convertidos en antorchas que iluminen la gramilla del estadio “Atanasio Girardot”; que las papeletas, las pilas, los totes y las chispitas, sean más bien velas encendidas que desde allá, Desde el infinito donde estén, los jugadores del Chapecoense, los miembros de su cuerpo técnico y los periodistas que estaban prestos a cubrir sus hazañas deportivas, las reconozcan como el sentido pero insuficiente homenaje que en este momento se les puede hacer.

Medellín y sus habitantes no pueden tener ahora un corazón de pedernal y una mente predispuesta al goce ruidoso de la tal alborada, salvaje espectáculo –si caso merece tal nombre — que debió haber desaparecido desde hace muchos años.

El dolor de los hinchas en Chapecó. Foto cdn.rt.com

El dolor de los hinchas en Chapecó.
Foto cdn.rt.com

En esta hora de tristeza inmensa, apremian y se imponen la solidaridad, el acompañamiento a los aficionados de fútbol de todo el mundo; a las familias de las víctimas que recibirán, en cambio de la conquista de laurel esperada, las flores marchitas de otra corona fúnebre que les llegará con los restos de sus seres amados. El aliento que los aficionados brindan cada semana con sus dos equipos locales, debe convertirse en este instante luctuoso en una fuerza arrolladora e invisible que ayude a todos a superar el infausto trance. Mañana no habrá balón ni goles en el Atanasio: Tan solo luto, solidaridad y silencio.

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