Al instante

En el borde: ¿guerra o paz?

Por Hernando Gómez Buendía** (razonpublica.com)

Foto Juan Fernando Londoño

Un examen abreviado de los escenarios -no acuerdo; acuerdo con Uribe o sin Uribe; acuerdo con o sin un nuevo plebiscito- sugiere que la paz es mucho más probable que la guerra*.

El gran error
Juan Manuel Santos puede ser el Presidente que por fin logró la paz. O puede ser el gerente inepto que cerró un mal negocio y después lo consultó.

El negocio era sin duda muy difícil de cerrar:

Por un lado el Estado que en medio siglo no pudo derrotar a la guerrilla y tuvo que sentarse a negociar-lo que implica perdonar-.
Por otro lado una guerrilla que no representa a nadie y cuyos crímenes la gente no quiere perdonar.
Por eso, a diferencia de las “guerras civiles” de otros países, en Colombia el gobierno tenía que perdonar sin consultar los “detalles” con el pueblo.

Fue lo que hicieron –mal o bien– los gobiernos anteriores.

Fue el error garrafal del plebiscito, que además era innecesario, redundante, inútil, engañoso, polarizante, y evitable hasta el último momento.

La grave consecuencia

eduardo_aldana_sorpesas_libertad_firma_paz
Representante de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, en los procesos de paz.
Foto: Facebook FARC-EP

Así que pese a la trampa de reducir el umbral, a la presión irrespetuosa de la firma anticipada del Acuerdo y a la amenaza de volver a la violencia, el No ganó sobre la base de la rabia y las mentiras.

El resultado fue devolvernos al borde de la guerra y resucitar a Uribe como el vocero de más de media Colombia.

Lo que era un pacto complicado entre dos se convirtió en un pulso letal entre tres.

El gran peligro es que se rompa (o que alguien torcidamente rompa) el cese al fuego.
El No se basó en que a Santos se le había ido la mano en perdonar. Y en efecto, acorralado por el paso del tiempo, Santos concedió primero la no cárcel, después el cambio de la Constitución y en el último momento las ventajas políticas para las FARC. Pero

Las FARC dicen, con razón, que ese pacto está firmado.
Y Uribe va más allá del No o “interpreta” las objeciones indefinidas, distintas y dispersas de aquellos 6.431.376 votantes por el No del 2 de octubre, para exigir de hecho que las FARC se entreguen y vayan a la cárcel.
Así no puede haber acuerdo y por lo tanto seguimos al borde de la guerra.

El pronto acuerdo

kyle_johnson_papel_europa_procesos_paz_final
Firma de los acuerdos de paz entre el Gobierno y las FARC.
Foto: Facebook Juan Manuel Santos

Pero los tres actores necesitan la paz:

Santos, el Nobel, para no ser el presidente más inútil de la historia.
Las FARC, porque una nueva guerra sería su exterminio y – sobre todo- porque paradójicamente hoy son más populares y tienen más espacio político de lo que nunca antes han tenido ni tendrán.
Uribe, porque su carta ganadora fue aquello de que el acuerdo “se puede renegociar”. Si ahora no lo hace correrá con la culpa del desangre y su candidato perderá las elecciones (puesto que la mayoría de los que votaron No ya están muy asustados y hay un clamor unánime por el “acuerdo ya”).
Uribe puede pasar a la historia como “el estadista que salvó la paz”. Uribe, el de la paz, puede ser el poder detrás del trono con alguno de sus tres precandidatos, con Vargas Lleras, con Ordoñez o con Martha Lucía, en una gran coalición con el conservatismo y los cristianos.

Y Uribe tiene además la presión de Kerry y de los europeos, con todo y sus archivos sobre nuestros políticos.

Por eso a pesar de la tensión, yo creo que la paz es bastante más probable que la guerra. Las FARC ya están “dispuestas a evaluar todo lo que se plantee”, y los voceros del gobierno y el No salieron “satisfechos” de su primera y “constructiva” reunión de trabajo.

Los tres actores necesitan la paz

Y si Uribe no cede, Santos tiene todavía dos maneras de pasarle por encima:

El plebiscito del 2 de octubre se refirió precisa y exclusivamente al texto del “Acuerdo Final” que habían firmado las partes (Corte Constitucional, Sentencia C-379 de 2016). Por tanto el presidente tiene la opción de renegociar lo que pueda con las FARC y someter este “otro” acuerdo a un nuevo plebiscito, que esta vez ganaría debido a la estrechez del margen que se vio aquel domingo, al premio Nobel, al susto de los del No (por ejemplo de los empresarios), y a que esta vez la maquinaria tendría que poner los votos que faltaron (empezando por los de Vargas Lleras en la Costa).
Santos también puede modificar lo que pueda del Acuerdo, firmarlo e implementar este acuerdo “distinto” sin consulta popular. Sería por supuesto la alternativa “nuclear”. Pero es la que establece la Constitución, la que permite sin duda la sentencia de la Corte, la que usó Barco y también usó Uribe, la que Santos debió utilizar desde el comienzo.
Y Uribe sabe que Santos tiene estas dos cartas en la mano: la razón concluyente para buscar un acuerdo.

El gran peligro es que se rompa (o que alguien torcidamente rompa) el cese al fuego. Pero ahí están la prórroga hasta el final del año, la misión de la ONU y el nuevo protocolo sobre zonas de “pre-concentración” que se acordó en La Habana.

*Una versión de este texto apareció el fin de semana en El Espectador.

**Director y editor general de Razón Publica. Para ver el perfil del autor, haga clic en este enlace.

Ir a la barra de herramientas