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El viceministro Ferro Solanilla y el asesinato de su socio

Por Edgar Artunduaga Sánchez, Diario del Huila, Neiva

Viceministro Carlos Ferro. Foto Colprensa

El viceministro Ferro Solanilla y el asesinato de su socio

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El propio presidente de la República posesionó a Carlos Roberto Ferro Solanilla, nuevo viceministro de asuntos políticos, “para enriquecer las relaciones entre los poderes”.

También comentó que Ferro se defendía como tigre en el Congreso en tareas legislativas para bien del país. Eso no es del todo cierto, pero no es motivo central de esta nota.

En el episodio que sí ha demostrado ser un tigre es uno muy oscuro, relacionado con el asesinato de su socio político, patrocinador económico y compinche, Segundo Eduardo Díaz Pinzón, ocurrido hace cinco años. El proceso permanece “sepultado” en una fiscalía de Fusagasugá, donde el nuevo viceministro domina todos los hilos de la política y la justicia.

Ferro y Díaz fueron secretarios de la gobernadora Leonor Serrano y desde ese entonces se hicieron socios y amigos, continuos visitantes del festival vallenato y otras fiestas nacionales, generalmente acompañados por parejas homosexuales.

El joven patrullero de la policía John Harold Arias Berján, por aquellos tiempos en el esquema de seguridad de Ferro, fue “cedido” a Díaz Pinzón. Mantuvieron una relación de pareja, mientras Ferro se hacía acompañar por un hermano del agente, notoriamente femenino.

Díaz Pinzón y Ferro tenían negocios grandes y hay testigos de que el primero solía entregar o girar importantes cifras de dinero al congresista, elegido con su apoyo económico, convertido en el mecenas de aquel muchacho que fue periodista de provincia, concejal de Fusa y después abogado, cuando ya era alto funcionario del gobierno de Cundinamarca.

Como ya lo he relatado, existe un video (registrado en las cámaras del edificio donde convivían) donde quedó esta evidencia: los dos (Díaz –el muerto- y Arias, el policía) entran de manera normal. Una hora después el ascensor desciende al sótano, con el policía que arrastra un bulto muy pesado, claramente un cuerpo. Otro hombre lo espera en un vehículo que rápidamente se acerca a la puerta del ascensor. Un tercer hombre vigila. “La carga” es introducida al baúl. Y el carro sale raudo del lugar. Cinco días después las autoridades descubren el cadáver, con señales de tortura.

No es claro que el patrullero haya asesinado a su amante, pero la familia de Díaz Pinzón no encuentra explicación a las presiones de Ferro y sus influencias para protegerlo. Después del asesinato lo mantuvo en el Congreso, y después lo hizo trasladar a su ciudad de origen.

El caso no ha pasado, en casi 70 meses, de la etapa de “indagación”, aunque no se ha movido un centímetro. Ni siquiera el policía indiciado ha sido obligado a comparecer. La Procuradora Claudia Chaparro Durán miró el asunto con indiferencia por casi cuatro años, el mismo tiempo que el fiscal segundo de Fusa (protegido de Ferro) ha dilatado el estudio, por una supuesta falta de ayudas técnicas y “excesiva carga laboral”.

El exsenador y ahora viceministro Ferro Solanilla, además de abrigar al policía, principal sospechoso del asesinato, se limitó a visitar a la madre del occiso y sin que le preguntaran nada dijo que no tenía nada que ver con la muerte de Segundo Eduardo. Aunque era cercano a toda la familia de la víctima, evadió todo contacto, excepto con un hermano a quien ayudó a pensionar como empleado del Congreso.

En la investigación han aparecido otros nombres como el de Luis Carlos S. Pero las mayores sospechas recaen sobre el patrullero Arias Berján, quien hoy se encarga de “ejercer autoridad” en Ibagué.

En un papelito, con su puño y letra, escribió en algún momento desesperado: “Mi padre un ladrón, mi madre una empleada, mi hermano un delincuente y yo no tengo amigos ni nada, un fracasado”.

Ferro Solanilla, entre tanto, se ha mantenido en silencio, convencido –quizá- que lo mejor es dejar morir la investigación y el proceso, que hoy agoniza en la fiscalía de Fusagasugá, como también murió en esa jurisdicción su amigo y socio Eduardo Díaz Pinzón.

Por: Édgar Artunduaga Sánchez

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