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El periodista Gabriel García Márquez y su crónica sobre la tragedia ocurrida en Medellín, hace 64 años

El periodista Gabriel García Márquez redactando sus crónicas de El Espectador. Foto archivo El Espectador

 

A esta hora,  hace 64 años, la ciudad de Medellín afrontaba una de sus más grandes  y repetidas tragedias que,  antes y ahora, despiertan la solidaridad de los colombianos con el pueblo antioqueño.

A finales de julio de 1954 el periodista Gabriel García Márquez publicó en el diario El Espectador una extensa crónica sobre “El Desastre de Media Luna”, un derrumbe de tierra en una ladera de Medellín que sepultó a cinco personas y atrajo la curiosidad de miles de personas, muchas de las cuales murieron en un segundo alud.

 

Tomado de los archivo de El Espectador que en la época vendía cada ejemplar en 15 centavos,  se destaca “la multitud de detalles y anécdotas significativas que García Márquez sabe encontrar en sus trabajos periodísticos y que parecen producto de la imaginación literaria”.

 

Este es el texto de la crónica del periodista Gabriel García Márquez:

 

El lunes 12 de julio, un poco antes de las siete de la mañana, los niños Jorge Alirio y Licirio Caro, de once y ocho años, salieron a cortar leña. Era un trabajo que realizaban tres veces por semana, con un pequeño machete de cachas de cuerno, gastado por el uso, después de tomar el desayuno en compañía de su padre, el arenero Guillermo Caro Gallego, de cuarenta y cinco años. Vivían, con su madre y cuatro hermanos más, en una casa situada junto a la quebrada de El espadero, que se despeña a siete kilómetros de Medellín por la carretera de Rionegro. Aquel día, sin embargo, Jorge Alirio y Licirio no desayunaron con su padre, pues éste salió más temprano que de ordinario hacia “La Iguaná”, una quebrada al otro extremo de la ciudad (diez kilómetros, aproximadamente), donde Caro extraía arena para la venta en terrenos de Luis Enrique Burgos, a quien pagaba diez pesos semanales por derechos de explotación.

 

Los niños se dirigieron por la carretera hacia la tienda de Media Luna, que da su nombre a todo el sector, porque suponían que por aquellos lados no había llovido la noche anterior y podrían encontrar madera seca. Pero no se habían alejado un kilómetro de su casa (la tienda de Media Luna está a cinco), cuando Jorge Alirio sintió un ruido, “como unos caballos” y vio que por la falda de la montaña rodaba un pequeño alud en dirección a la casa de sus padres.

 

“Corrimos para avisar –dice Jorge Alirio, el mayor y más locuaz de los niños-, pero entonces vimos que venía otro volcán, más grande que el de antes, y nos caían piedras y palos en la carretera”. Los niños se echaron a tierra hasta cuando cesó la avalancha. Un minuto después no encontraron un solo rastro de la casa.

Sepultados por el alud quedaron: Marta de Caro, la madre, que cuando sus dos hijos mayores la vieron por última vez “iba a lavar”; Amparo, de nueve, que estaba barriendo; Solange, de cinco; Cielo de dos, que acababa de levantarse , y Argemiro, de ocho meses, que aún no había despertado. Un poco más debajo de ese lugar el agricultor Alberto Rincón trabajaba su tierra sin haberse enterado de lo ocurrido, cuando los dos niños todavía ofuscados por la primera impresión, fueron a pedirle “que nos ayudara a desenterrar la casa”. Rincón, ignorante de la magnitud de la tragedia, les respondió, según dice los niños: “Ahora estoy ocupado y no puedo sacar el rato”.

 

Cuando en la estación de bomberos se recibió, a las nueve, un telefonema de la Secretaría de Gobierno solicitando el envío de personal para el rescate, la noticia se extendía por la ciudad. Los habitantes del pintoresco y tortuoso barrio de Las Estancias, que parece un pesebre de Navidad con sus casas empotradas en la montaña, se dirigían en masa al lugar de la catástrofe, saltando cercados para abreviar la distancia. Por la carretera llegaban familias del barrio Echavarría (para empleados de Coltejer, según dice la gigantesca valla de cemento armado) a tres kilómetros del lugar del derrumbe. Allí iba la familia del ciclista Ramón Hoyos. En ese momento ocurría un nuevo deslizamiento, de menores proporciones, que era el tercero en el mismo sitio: ingenieros y geólogos aseguran que hace cincuenta o sesenta años, antes de que se construyera la carretera a Rionegro, debió registrarse allí un primer deslizamiento de grandes proporciones. Desde entonces estaba agrietado el terreno, enteramente desarborizado, y por las grietas se filtraban las aguas de una acequia sin revestir que hay desde hace mucho tiempo en el sitio de los derrumbes. Prácticamente hace sesenta años comenzó a generarse la tragedia.

La primera página y los titulares de la tragedia de Media Luna en El Espectador hace 64 años

Una compañía de 24 bomberos inició, a las nueve y cuarto, las labores de salvamento, luchando no solo contra los naturales inconvenientes, sino con la imprudente generosidad de la multitud, cada vez más numerosa y desorganizada, que trataba de intervenir en la azarosa tarea. Una cuadrilla de trabajadores agrícolas removía la tierra, sin atender al peligro de nuevos deslizamientos originados por la violenta remoción, o al destrozar con las cuchillas de acero los cadáveres sepultados. Se trataba de rescatar los cuerpos, aun contra la amenaza de nuevos deslizamientos, y para conseguirlo estaban allí una compañía de bomberos, la casi totalidad de los habitantes de Las Estancias y el barrio Echavarría; viajeros de Medellín con destino a Rionegro y viajeros de Rionegro con destino a Medellín, que se detenían a cooperar en el rescate, o simplemente a mirar, a pesar de que el tránsito estaba interrumpido.

 

Desde las once, las emisoras de Medellín confirmaron lo que ya circulaba en toda la ciudad como un insistente rumor. A las doce se cerraron las oficinas, y multitud de empleados, en lugar de dirigirse a sus casas, se orientaron hacia la carretera de Rionegro en toda clase de vehículos. Si en ese momento hubiera ocurrido un nuevo deslizamiento, sobre una apretada y desprevenida muchedumbre de empleados, estudiantes, obreros, campesinos, comerciantes y curiosos sin profesión conocida, las víctimas habrían pasado de un millar. Un poco después de las doce, al otro extremo de la ciudad, alguien que los areneros no pudieron identificar, llegó a la quebrada donde trabajaba Guillermo Caro Gallego y le dijo “que se fuera urgentemente porque el radio había dicho que su casa se estaba cayendo”.

El periodista Gabriel García Márquez
Foto Revista El Heraldo

 

Gabo y el Jefe de Redacción.
Foto archivo El Espectador

A los cuarenta y cinco años de edad, Guillermo Caro Gallego, llevaba doce de ser arenero. Ganaba sesenta pesos semanales vendiendo a siete pesos el metro cúbico de arena. Con ciento veinte pesos mensuales, sostenía a su mujer y seis hijos, y había logrado construir una casa en terreno alquilado, con la esperanza de adquirirlo más tarde. Jorge Alirio y Licirio, los dos mayores y únicos sobrevivientes, fueron matriculados el año pasado en la escuela pública de Las Estancias, a cuatro kilómetros de su casa, pero se retiraron antes de culminar el curso “porque mi papá no podía sostenernos”, según dice Licirio.

 

En esas circunstancias Guillermo Caro era el arenero típico, entre los sesenta areneros de la playa de Burgos que a las dos de la tarde del 12 de julio consiguieron que no se le cobrara derecho de playa durante el tiempo que emplearan en el rescate de los cadáveres. Caro había estado en el lugar de la tragedia,, había pensado que los trescientos voluntarios que trataban de remover la tierra era n insuficientes, y regresó a “La Iguaná” a solicitar el auxilio de sus compañeros. Todos accedieron, menos uno, “porque el sábado me había tomado un purgante”. Dieciocho no regresaron jamás, entre ellos una mujer: Isabel Salazar, arenera, que vivía en Las Nieves con su madre y tres hijos.

 

A las cuatro de la tarde, los bomberos habían logrado detener los derrumbes . Una apreciable cantidad de tierra había sido removida, pero no se había localizado una teja, ni un objeto doméstico, ni un solo rastro de la casa de Guillermo Caro. Fastidiados con la monotonía y la esterilidad del espectáculo, la mayoría de los curiosos regresaba a Medellín. Pero otros, que aún no habían estado allí, se dirigían a Media Luna. Cuatro estudiantes que conversaban en Junín, oyeron hablar de la tragedia y se fueron a verla en el automóvil de uno de ellos. Los estudiantes eran Juan Ignacio Angel, de veintidós años, estudiante de economía; Hernando Calle, de odontología; Carlos Gabriel Obregón y Jaime Uribe. Cuando llegaron a la quebrada de “El Espadero”, no eran ellos los únicos estudiantes: estaban también los niños de Las Estancias, que salían de la escuela y se dirigían directamente al lugar del derrumbe.

 

Cuando el cura párroco de Las Estancias, Octavio Giraldo, vio pasar a los niños por la puerta de la casa cural, les previno del peligro que afrontaban : “no hacían caso” dice el padre Giraldo, un antioqueño joven, inteligente y cordial que durante toda la tarde estuvo tratando de persuadir a sus feligreses. Sin embargo, hasta la propia sobrina del párroco, apremiada por la curiosidad, consiguió la licencia de su tío para presenciar el rescate de las víctimas.

 

La única prevención que recibieron los habitantes de Medellín fue la del padre Giraldo. No hubo ninguna medida oficial, y si el número de víctimas no fue mayor, se debió a que, con la caída del sol, los curiosos perdieron el interés. Empezó a trabajarse con pesimismo: en ocho horas de heroicos esfuerzos, no se había logrado rescatar ni siquiera el par de zapatos nuevos que Jorge Alirio Caro recibió dos meses antes como regalo de cumpleaños, y que la mañana anterior había dejado junto a la cama, cuando regresó de la iglesia.

 

En vista de que estaba oscureciendo, de que no pasaba nada y de que todo el mundo se iba, Yolanda Moreno decidió regresar a su casa de Las Estancias con sus hermanos menores: Orlando, de diez años, y Luz Stella, de doce. En ese momento vio llegar a Francisco Antonio Hernández, el lechero de su barrio, que acaba de encerrar las vacas en la hacienda de Jaime Arango, y se disponía a participar en el rescate. Eran las seis y diez minutos de la tarde y amenazaba lluvia.

 

Yolanda Moreno tomó de la mano a sus hermanos, se abrió paso a través de una multitud disminuida ya a doscientas personas, y se dirigió a su casa por entre un barrizal formado en la carretera por el agua de los bomberos y la tierra removida. Salía del centro de los derrumbes cuando “pasó un terremoto” que le arrebató de las manos a los dos niños, los arrastró, los devoró en una fracción de segundo, mientras ella, misteriosamente paralizada e intacta, se sentía azotada por una tremenda explosión de lodo.

 

“Se oía como un montón de radios mal sintonizados”, dice el director de los bomberos de Medellín, Efraín Betancourt. Un grupo de cincuenta personas que se había colocado en una cornisa rocosa de la montaña, vio descender sobre sus cabezas un gigantesco alud que arrasaba la vegetación y estremecía el ámbito con su fuerza desbocada. En medio de la confusión y el pánico muchos vieron caer la primera víctima: el bombero Leonardo Urrego, con la columna vertebral destrozada por una roca. Sus veintitrés compañeros se tendieron en tierra, instintivamente, y sólo cinco sufrieron lesiones leves. Impulsados por la confusión y el desconcierto, el medio centenar de curiosos de la cornisa rocosa se dividió en dos grupos: uno corrió hacia la izquierda, otro hacia la derecha. Si en vez de hacer eso hubieran permanecido inmóviles , muy probablemente se habrían salvado, porque poco antes de llegar a la cornisa el alud se bifurcó. Una sola de sus vertientes sepultó, en una grieta situada al borde de la carretera, un nidal de veintisiete personas apelotonadas. Las cosas ocurrieron con tal rapidez, que dos días más tarde el secretario de Obras Públicas del municipio, doctor Javier Mora, rescató de entre los escombros el cadáver de un conejo.

 

Seiscientos mil metros cúbicos de tierra descendieron violentamente sobre la multitud, lo que, en peso aproximado, era como si dos capitolios nacionales se hubieran precipitado montaña abajo. El tremendo vendaval ocasionado por la conmoción impidió que muchos pudieran ponerse a salvo. A varias cuadras del lugar de los hechos, los postes y cables del telégrafo quedaron cubiertos de lodo, hierba y desperdicios de la catástrofe. El puentecillo de la quebrada de “El Espadero”, sobre la carretera, fue bloqueado por el alud, y atascadas siete personas debajo de él, Juan Ignacio Angel, el estudiante de economía que se encontraba en la cornisa, corrió hacia abajo, precedido de una muchacha aproximadamente de catorce años, y un niño de diez. Sus compañeros, Carlos Gabriel Obregón y Fernando Calle, corrieron en sentido contrario. El primero, sepultado a medias, murió por asfixia. El segundo, que era asmático, se detuvo jadeante y dijo “no puedo más”. Nunca volvió a saberse de él.

“Cuando corría hacia abajo, con la muchacha y el niño –ha contado Juan Ignacio Angel- encontré un barranco grande. Los tres nos tiramos al suelo”. El niño no volvió a levantarse jamás. La muchacha, que Angel no identificó entre los cadáveres rescatados, se incorporó un momento, pero volvió a tenderse dando gritos desesperados, cuando vio que saltaba tierra por encima del barranco. Una avalancha de lodo se destrozó sobre ellos. Angel trató de correr nuevamente, pero sus piernas estaban paralizadas. El lodo subió de nivel en un segundo hasta el pecho del estudiante que logró liberar su brazo derecho. En esa posición permaneció hasta cuando cesaron los ruidos atronadores, y sintió en sus piernas, en el fondo de aquel denso e impenetrable mar de lodo, la mano de la muchacha que al principio se aferraba a él con fuerza desesperada, que luego lo arañaba y que, finalmente, en contracciones cada vez más débiles, se desasió de sus tobillos.

 

Cuando el padre Giraldo conoció la noticia, estaba oscureciendo. Eran las seis y veinte. Cinco minutos antes su sobrina había regresado a la casa.

 

Lo que ocurrió en la ciudad de Medellín en la noche del 12 de julio fue desde el punto de vista periodístico algo enteramente distinto de la tragedia: aquélla fue la más formidable y atolondrada explosión de espíritu público, una fabulosa manifestación de solidaridad social. Las emisoras locales suspendieron sus programas ordinarios para transmitir la noticia, en el instante en que los habitantes de Medellín se sentaban a cenar. La Radio Nutibara instaló equipos en un automóvil, a las siete, y transmitió boletines improvisados desde el lugar de la catástrofe mientras se adelantaban las labores de rescate. Minuto a minuto los habitantes de Medellín recibían versiones de la tragedia, cada vez más confusas y alarmantes. Cuando se solicitó el concurso de médicos particulares en clínicas y hospitales, todos los médicos de la ciudad, enfermeras voluntarias y estudiantes se precipitaron a ocupar su sitio. En la policlínica municipal, uno de los más completos equipos profesionales que puedan concebirse en Medellín, se disputaba la atención de heridos que, por lo general, regresaban a sus casas una vez repuestos de lo que era nada más que una tremenda impresión.

 

Cuando a las siete y media se solicitaron donaciones de sangre, los sentimientos de solidaridad del pueblo antioqueño estaban tan exaltados que en una hora se superó la capacidad de almacenamiento del banco de sangre, y fue preciso improvisar elementos para recibir las donaciones ofrecidas.. Sin embargo, es muy probable que la cantidad de plasma almacenado en el banco de sangre antes de que se hicieran las donaciones voluntarias, habría alcanzado para colmar las necesidades; muy pocos heridos necesitaban transfusiones.

 

El comandante de la brigada, coronel Emilio Tovar Lemus, salía de la función vespertina en que acaba de presenciar El salario del miedo –cuyo escenario es muy parecido al de la carretera de Rionegro- cuando la ciudad era un hervidero de confusión. Camionetas oficiales y particulares, el equipo de radio-patrullas de la Empresa de Energía Eléctrica, transformados en ambulancias, corrían en diferentes direcciones. A causa de la confusión de las noticias, del clamor de las sirenas, de la cívica derogación de las disposiciones de tránsito, originada por la emergencia, la ciudad se preparó en una hora para socorrer con amplitud a diez mil heridos. Un sereno balance final demostró que solo hubo sesenta y cinco, ninguno de extrema gravedad.

 

“Había trescientos jefes de operaciones”, calcula un testigo al recordar la forma en que esa noche operaba en el rescate una muchedumbre desconcertada que no sabía con precisión qué estaba ocurriendo. El padre Jairo Mejía, que conoció la noticia cuando salía de predicar en la iglesia de Buenos Aires, fue uno de los primeros que lograron imponer un principio de organización en las labores, con su serenidad y la experiencia adquirida en una emergencia semejante, hace pocos años, en el incendio que destruyó un apreciable sector de Rionegro.

 

El secretario de Obras Públicas del municipio, doctor Javier Mora Mora, que a pesar de su cordialidad no habla mucho de la noche del 12 de julio “porque no quiero recordarla”, intentó la coordinación de las actividades y lo consiguió hasta donde fue posible lograrlo en un tenebroso infierno de lodo, iluminado con linternas de mano. No menos de un millar de personas impartían y desobedecían  ordenes, a gritos, a través de altoparlantes, sin ninguna orientación  determinada.

 

“Los muertos parecían estatuas de barro” dice un testigo. Y ese fue uno de los factores de la confusión. La gran mayoría de los participantes en el rescate se empeñaban en localizar una víctima de su familia, porque alguno de sus parientes no estaba en la casa cuando se conoció la noticia, o había hablado de ella y luego no había sido visto, o sencillamente porque no había ido a comer a la hora habitual.

 

En la policlínica municipal, una familia reclamó el cadáver de un niño identificado por todos como uno de los suyos. Cuando la familia llegó a la casa con el cadáver, encontró al niño verdadero, aturdido porque al llegar y no encontrarla, creyó que toda su familia había perecido en la tragedia.

 

El caso contrario fue el de Cristina López, residente en Villahermosa, que identificó como el de su hijo Marco Antonio López, de treinta y cinco años, un cadáver a medio vestir. Cristina López se despojó de parte de sus ropas y fue a su casa a preparar las velaciones. Cuando regresó al “cuarto del olvido” del Hospital San Vicente, donde una multitud desesperada trataba de identificar los cadáveres, el supuesto cadáver de Marco Antonio López había sido entregado a otra persona: una mujer que lo identificó y lo sepultó como el de su esposo, Crisanto Arango. Hasta el viernes pasado, Cristina no había encontrado a su hijo, ni vivo ni muerto, e insistía en que era suyo el cadáver disputado, que no sufrió desfiguraciones.

 

Los cadáveres eran localizados en las tinieblas y conducidos a los puestos de emergencia, en donde los médicos pronunciaban, generalmente, el mismo dictamen: “Asfixia”. El ingeniero del plano regulador, Hugo D’Amato, asegura haber visto esa noche un agente de la policía conduciendo una pierna humana en un volquete. Pero no fue apreciable el número de cadáveres mutilados.

 

En el lugar de la tragedia no había tiempo, ni manera, ni organización para contabilizar las víctimas. No se sabía quién las llevaba, ni hacia dónde. A las nueve se habría podido decir que los muertos ascendían a un millar. A las diez y media, cuando el gobernador del departamento, brigadier general Rengifo, impartió por un altoparlante la orden de suspender el rescate hasta el día siguiente, se calculaba que por lo menos trescientos cuerpos quedaban sepultados.

 

En ese momento había en el lugar de la catástrofe alrededor de mil personas. En la noche estuvieron allí no menos de dos mil. A nadie se le ocurrió pensar entonces en un nuevo deslizamiento, que habría podido sepultar a los gobernantes del departamento y el municipio; autoridades eclesíasticas, industriales, comerciantes, profesionales y gente de todas las clases. Y, sin embargo,, una comisión de ingenieros consideró, en la mañana del 13, que milagrosamente no hubo en la noche del rescate una nueva tragedia de proporciones gigantescas. Dice el informe de los ingenieros: “En la actualidad hay un bloque aproximado de cinco mil metros cúbicos, y por las grietas y tajaduras que presenta, de un momento a otro puede rodar ocasionando con su velocidad e impacto más movimientos en las partes inferiores cubiertas de material movido”. Uno de los ingenieros informantes, Conrado Guendica, considera que ese nuevo alud puede arrastrar cincuenta mil metros cúbicos de material, si no se remueve, se drena y se arboriza el terreno.

 

El martes 13 fue en realidad un día fatídico para Medellín. En una sola cuadra del barrio de Las Estancias –calle cincuenta y dos entre catorce A y quince- hubo siete velaciones. En una sola de las casas hubo dos víctimas: Orlando y Luz Stella Moreno, los niños que “un terremoto” arrancó de las manos de su hermana, Yolanda, cuando se disponían a regresar a su casa. Yolanda sufrió lesiones de poca gravedad.

 

La parroquia de Las Estancias sepultó oficialmente a veintitrés víctimas identificadas y una que fue rescatada por particulares doce días después de la tragedia, en estado de descomposición, y que fue sepultada como N. N.

 

Seis de las víctimas totales eran estudiantes de las escuelas “Beato Salomón” y “Miguel de Aguinaga” para varones, y tres de la escuela “Manuel José Caycedo”, para niñas. Es muy probable que la mayoría de ellas hubiera oído las prevenciones del padre Octavio Giraldo, cuando se dirigían al lugar de la catástrofe.

 

La parroquia de Buenos Aires sepultó diez víctimas. Y en un mismo día dos cadáveres registrados con el mismo nombre completo: Marco A Grajales Agudelo. Uno de ellos, sin embargo, no murió en la tragedia de la Media Luna, sino aplastado por un árbol, en otro lugar del municipio.

 

De los sesenta areneros que prestaron su concurso a Guillermo Caro, dieciocho murieron y sus cadáveres fueron rescatados, identificados y sepultados oficialmente. Entre ellos el mismo Guillermo Caro, quien horas antes del deslizamiento de las seis y cuarto hizo conducir a sus hijos sobrevivientes a casa de unos parientes, en “El Coco”, donde viven en la actualidad.

 

El jueves 22 –diez días después de la catástrofe, cuando ya estaban oficialmente suspendidos los rescates- el alcalde de Medellín, doctor Jorge Botero Ospina, suministró la cifra de cadáveres rescatados: sesenta y cuatro. En los días siguientes, un grupo de particulares, burlando la vigilancia, rescató cinco más. La cifra exacta de víctimas rescatadas: sesenta y nueve.

 

Con la familia de Guillermo Caro, ninguno de cuyos cinco miembros sepultados por el primer derrumbe pudo ser rescatado, la cifra total de víctimas conocidas asciende a setenta y cuatro. A pesar de que las autoridades de Medellín han solicitado se denuncien desapariciones, el número de ellas no es apreciable, y algunas no merecen crédito, pues es versión muy popularizada la de que algunas personas con dificultades económicas o de cualquier otra índole, se han ausentado de Medellín para que se les considere víctimas no rescatadas.

 

Por otra parte, son inexactas las informaciones de que se perciben olores repugnantes en el sitio de la tragedia, cosa que se tomaría como indicio de que es considerable el número de cadáveres sin rescatar. El lugar de la tragedia es apacible, el tránsito se ha reanudado, y reviste la engañosa y pacífica apariencia de que no ocurrirá un nuevo deslizamiento.

 

Medellín se repone rápidamente de la conmoción. El barrio de Las Estancias, que por su cercanía a la Media Luna sufrió la mayoría de las víctimas, ha vuelto a recobrar su sereno y pintoresco aspecto de pesebre de Navidad. Ni siquiera ha dejado de repartirse la leche, todas las mañanas a las seis, a pesar de que el lechero, Francisco Antonio Hernández, murió en la catástrofe. El 13 de julio, estando aún el cadáver en la casa de su mujer, Carmen Rosa Bedoya, y sus dos hijos, repartieron la leche como de costumbre, y desde entonces no han dejado de repartirla.

 

Se dice: “La absurda tragedia de Medellín”. Y se dice verdad. Ha sido esa, tal vez, la más absurda de cuantas tragedias han ocurrido en el país, porque era la más evitable. El deslizamiento de las seis y cuarto, con haber sido mucho mayor que el de las siete de la mañana y el segundo de las nueve, fue un fenómeno geológicamente insignificante. Inferior al que ocurrió hace vente años en Envigado y sepultó una fábrica de textiles. En este mismo instante, afirman los entendidos, puede que en diferentes sitios de Antioquia y Caldas, estén registrándose deslizamientos de proporciones más importantes que los de la Media Luna, y sin embargo, no son sino inapreciables fenómenos naturales.

 

Hace diez años una comisión oficial de técnicos inspeccionó los terrenos de la población de Jericó, donde un colegio de religiosos se estaba rodando de sus bases, montaña abajo. Después de un estudio de las condiciones geológicas de la región, se recomendó trasladar a Jericó a un lugar más seguro. Allí hay en la actualidad casas agrietadas por movimientos del terreno, y la zona de Guacas (Heliconia) a cuarenta kilómetros de Medellín, está amenazada por hundimientos del suelo.

 

En comparación con esos lugares, el sitio de la Media Luna no ofrecía un peligro alarmante si se hubiera evitado e impedido la circunstancia de que doscientas personas estuvieran debajo cuando se derrumbó una cantidad de tierra tan inapreciable que ni siquiera logró ocasionar desperfectos irreparables en la carretera de Rionegro.

 

Numerosos estudios coinciden en afirmar que hubo explosión. La presencia de lodo y hierbas a varias cuadras del lugar de la tragedia, podrían ser indicios de que hubo dispersión de materiales debida al estampido, aunque esa dispersión pudo obedecer así mismo a la conmoción ocasionada por una gigantesca masa de material pesado precipitada cuesta abajo. Las mismas hipótesis podrían explicar el violento sacudimiento que arrebató de las manos de Yolanda Moreno a sus dos hermanos, y el hecho de que muchas víctimas no hubieran podido ponerse a salvo porque una tremenda conmoción las arrojó a tierra.

 

Hay en Medellín una versión muy generalizada: en lo alto del cerro donde ocurrieron los derrumbes, se estuvo tratado de explotar hace mucho tiempo una mina de oro clandestina. Los trabajos fueron suspendidos, pero quedó el túnel, en donde se formó un depósito de agua como resultado de las infiltraciones de una acequia sin revestir. Uno de los ingenieros designados oficialmente para estudiar el terreno, doctor Conrado Guendica, considera bastante razonable esa versión, comparte la creencia de que hubo explosión y se explica el derrumbe de las seis y cuarto de la siguiente manera: Los derrumbes de la mañana debilitaron el piso situado sobre el túnel, ejercieron una presión sobre él e hicieron estallar el depósito de agua. Ese mecanismo habría originado el violento estampido y la inmediata formación de lodo, que aumentó notablemente la magnitud de la catástrofe.

 

Esa teoría es tanto más creíble cuanto que parece haber quedado enteramente demostrado que los derrumbamientos de la mañana se originaron a mayor altura que el de las seis y cuarto. En cuanto a la teoría de que había en el lugar de origen del deslizamiento un volcán de lodo (que explicaría la explosión y la presencia inmediata de lodo), ha sido descartada por algunos geólogos. Una tercera teoría, que admite la existencia del túnel perforado para explotar una mina de oro, pretende demostrar que la explosión se debió a la formación de gases en el túnel. Esta última teoría habría podido demostrarse mediante un inmediato análisis químico del lodo que se precipitó sobre la multitud, cosa que al parecer no se hizo, hasta donde llegan nuestras informaciones.

 

La actual peligrosidad del cerro de Santa Elena, en el cual, según los ingenieros “hay un bloque aproximado de cinco mil metros cúbicos…que de un momento a otro puede rodar”, tiene un remedio inmediato: remover el bloque artificialmente, drenar el terreno y arborizar. Los deslizamientos ocurren porque el agua lubrica la tierra que descansa sobre una roca inclinada, y la hace resbalar.

 

Los árboles tienen la virtud de absorber el agua, eliminarla lentamente, y evitar la lubricación del terreno. El árbol más recomendable, según declaraciones autorizadas, es el eucalipto, “porque absorbe su peso en humedad”. El pino, muy usado en estas circunstancias, tiene –según el mismo informante- la desventaja de producir y soltar una resina que impermeabiliza el suelo. No se explicó por qué la impermeabilidad del suelo sería una desventaja.

 

Las precauciones que se tomen en ese sentido, contribuirían a disminuir notablemente la probabilidad de nuevas tragedias, semejantes a las de la Media Luna, ya que por motivos tan absurdos y evitables se repitan casos como el de Emilia Pérez viuda de Agudelo, que vive ahora desamparada en Robledo, con quince personas más, porque su hijo, Jesús Gilberto Agudelo, arenero de cuarenta y cinco años, caminó diez kilómetros en la tarde del 12 de julio para colaborar en el rescate de la familia Caro. Jesús Gilberto Agudelo, que sostenía con ciento veinte pesos mensuales a quince personas, desayunó en su casa, recibió a las doce el almuerzo que su madre le hacía llegar todos los días a “La Iguaná”, y cuando uno de sus sobrinos le llevó el “alguito” (mazamorra con dulce), a las dos, ya se había ido a la Media Luna. Jesús, quien “de vez en cuando se tomaba sus traguitos, pero nunca llegaba tarde”, según dice su madre, pertenecía a la sociedad de mutuo auxilio de la Virgen del Carmen, cuyos miembros le dieron cristiana sepultura y costearon los funerales por valor de doscientos cincuenta pesos. El cadáver no estaba desfigurado: la única señal de violencia que se observó en él, una vez lavado del lodo que lo cubría, fue una superficial herida de una pulgada en la sien izquierda.

 

En la actualidad Emilia Pérez viuda de Agudelo sigue viviendo en la misma casa de dos piezas, por la que paga quince pesos mensuales de alquiler, y en la que viven, comen y duermen quince personas: una hija “con seis muchachitos y el rancho ardiendo”, tres hijas más (de quince, trece y doce), la mayor de las cuales “está en la escuela, pero no aprende nada y yo no sé por qué”; y entre otros, “la esperanza de la familia”: Julio, de veinticuatro años, que trató de hacerse arenero pero descubrió que es alérgico a la quebrada. Cada vez que entra en ella “le salen unas costras que se vuelven llagas”.

 

“En esta casa llueve más por dentro que por fuera”, dice Emilia Pérez, el más damnificado de todos los damnificados, una mujer de sesenta y cinco años, pequeña, frágil y dispuesta a contestar lo que se le pregunte, sin manifestar incomodidad. “Por qué no parece triste con la muerte de su hijo y el desamparo en que se encuentra?”. “porque nada se saca con llorar –responde-; Dios da al mismo tiempo la enfermedad y el remedio”.

 

El sentimiento de solidaridad de los antioqueños tuvo otra oportunidad de manifestarse el 28 de julio, cuando Livia Rojas, mujer de José Alejandro Atehortúa, uno de los dieciocho muertos de “La Iguaná”, necesitó el auxilio de los areneros, como el 12 lo había necesitado Guillermo Caro. Livia Rojas estaba de parto, dieciséis días después de muerto su marido, con quien tenía cuatro hijos más. Las mujeres de los areneros la asistieron, y a las dos de la tarde tuvo el hijo póstumo de José Alejandro Atehortúa: un varón que aún no tiene nombre, pues “lo quería poner José Alejandro, como su papá”, pero ya hay uno de los mayores que lleva ese nombre.

Atehortúa estaba considerado como “el más de malas” de los areneros: nunca quiso tener ese oficio: “Cada vez que podía se iba”, dice su capataz, De la Pava, y durante un tiempo estuvo trabajando en la central hidroeléctrica de Río Grande. El primero de julio volvió a “La Iguaná”, a donde había prometido no regresar nunca. Trece días después lo desenterraron en la Media Luna para volverlo a enterrar definitivamente en el humilde y desolado cementerio de San Lorenzo, “el de los pobres”, como le dicen en Medellín.

 

Tan resignados como la familia de José Alejandro Atehortúa, como Emilia Pérez viuda de Agudelo –que hasta el viernes había recibido ciento quince pesos del servicio social del municipio- están todos los bravos y seguros antioqueños que perdieron alguno de los suyos en la tragedia: “Esperando que Dios nos mande el remedio”.

 

Fuente: Reportaje de la Historia de Colombia, Editorial Planeta, 1989

 

 

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