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EL PEQUEÑO PERIODICO: El Negro

Tomado de Palabras al viento, Edit Fundación Arte & Ciencia. Colección El Aprendiz de Brujo.

Imagen wordpress.com

Ángel Galeano Higua

 

El negro está allí, tirado entre los árboles. No muerto. Tirado. Recargado. El cuello en ángulo recto. Como si quisiera mirarse el pecho. Estirados los pies, sin tensión. Descansando. Los ojos cerrados. Al primer vistazo parecía dormido. Pero luego daba la impresión de tener la mirada perdida. Viajera. Una mano sobre el pecho. Desgonzada. La otra sobre las hojas secas en el suelo. Los dedos hundidos, leves, como raíces.

Cuando lo vi, lo envidié. Por su despreocupación. Pero luego sentí compasión. Llegué a pensar que estaba allí por desconsuelo. Apartado. Pensándose a sí mismo. O que era un desplazado de Bojayá. Pero al mirarle el traje apareció en mi mente un recuerdo de jazz. De una banda de jazz. De un saxofonista. Lo digo por el traje y por el semblante de negro respetable, con pinceladas de plata en las sienes. Le calculé 60 años. No sé porqué. No tengo argumentos. Sólo le vi 60 años. Ni un año más, ni un año menos. Nunca he ido a los barrios de los negros. No sé si haya barrios sólo para negros. Como en norteamérica. O en sudáfrica. A lo mejor me trabaja la carátula de un disco de Ellington o de Gillespie. O alguna novela de Faulkner. No tengo forma de asegurarlo. Podría ser también Toni Morrison… O todos ellos juntos. No lo sé. O el afiche de aquel baterista en la cafetería de Izmenia. Le gustan tanto los blues a ella. Algo tengo que me hermana con este negro que está tirado entre los árboles. Algo de negro. Es respetable. Sí, el negro tiene aire respetable. Allí, tirado entre los árboles, y se ve tan digno. Quisiera hablarle. Oírlo. Su voz debe ser algo ronca. Gangosa. Lenta. Sosegada. Reveladora como la de todos los viejos. Los viejos negros. Pero, ¿cómo vino a parar aquí? Ya estaba cuando yo llegué. Eso le da derecho a guardar silencio. O a preguntar primero. Y yo, ¿cómo llegué aquí? ¿Por qué estoy aquí esperando al negro? Nadie más vino conmigo. De repente siento que siempre he estado aquí. Que no soy de otro lugar, sino de aquí. Esperando a que el negro despierte. A que se mueva. A que dé alguna muestra de vida. De que respira. No es que parezca muerto. No me lo parece. No. Pero qué alivio sería verlo moverse. O suspirar. Yo también suspiraría. Está vivo. Tiene que estar vivo. Si estuviera muerto se notaría en algo. En la atmósfera. En algo. En los mismos árboles. En él mismo. En mí. Sus dedos como raíces no son para un muerto. Creo verle la música en las yemas. Piano o saxofón. O trompeta. O batería… Algo mucho de tambor. Su semblante es de pura vida en reposo. Pienso en el alivio posterior a la danza. O en la paz de un sabio que espera. Es un negro inmenso. Total. La arboleda se vería desolada sin él. Es como si los árboles hubieran crecido para él. Para que se recargara en ellos. Debió llegar hace mucho tiempo. Lo digo porque parece integrado a la corteza. Pero también me sugiere que está recién recargado. O como si todavía estuviese acomodándose. Disfrutando las dificultades del acomodamiento. Como si se sintiese cómodo en la mera disposición.

El negro sigue allí. Tirado entre los árboles. Espero alguna pista de él. Relacionada con él. Procedente de él. Que llegue a él. Que me remita a él. Acostado me parece que es alto. Me hace pensar en casi dos metros de estatura. O más. Alto. Muy alto. Como si se hubiese tirado allí para no verse más alto que los demás. O para presentarse más bajo sin parecerlo. Entre los árboles, un árbol más. No me puedo cansar en esta espera. Ya no estoy al comienzo. Han pasado jornadas. Sigo aquí. Observando al negro. Aguardando. No aguardándolo, sino aguardando a que mueva un dedo. O un párpado. Creo que el mundo va a temblar cuando el negro se mueva. Cuando despierte. Cuando parpadee. La tierra se sacudirá cuando el negro suspire. Será un suspiro salido de bien adentro. De los entresijos de su alma. En voz alta. Eso pienso. Eso espero. Aquí… Una hoja cae. Lenta. Muy lenta. Testimonio de los lametazos del viento en las copas. Cae muy pero muy lenta. Como haciendo malabares en cuerdas invisibles. Trapecista que se regodea antes de caer en el pecho del negro. Cae. Cae… Sigue cayendo. Rebota. Como si se hubiera estrellado contra el nido de un pájaro. Rueda, pero alcanza a detenerse sobre el inmenso pecho del negro. Esa hoja delicada y silenciosa parece un grito que va a despertar de manera abrupta al negro. Pero se aquieta. Reposa en el reposo. Hace ver al negro más fuerte y más paciente. Pero también más tierno. Hoja tierna sobre su corazón. Un saludo susurrante. Entre sueños. Otra hoja cae. A un lado, cae. Sobre las otras hojas del suelo. Sobre el colchón amortigüante. El viento vuelve a lamer las alturas. Es la música que arrulla al negro. Otras hojas caen. Revolotean en la caída libre. Libres. Lentas. Muy lentas, perezosas de caer. En el silencio rumoroso el viento aumenta la sensación de sosiego. Es un silencio que parece gritar. Como si fuera a despertar al negro. Una de las hojas va directa a su rostro. La veo caer escondiéndose entre las demás. Debo detenerla. Sí, debo evitar que golpee al negro en el rostro. Interrumpiría con brusquedad su reflexión ensimismada… Pero no puedo moverme. Ni extender mis brazos. Si los muevo caerán más hojas y nidos con polluelos… Y el negro despertaría sobresaltado. Y podría morir. Y no tengo ningún derecho. Tampoco puedo caminar. Mis pies han echado raíces. Y la hoja cae… Sigue cayendo…

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