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El Museo de la Corrupción

Por Jaime Lopera, Armenia

El celular que enredó a funcionarios públicos y congresistas con la corruptora Odebrecht. Foto El Espectador

Los museos son recintos de evocación. Cada muro, cada recodo, cada pasillo de un museo recuerda los pormenores de la historia, las hazañas individuales, los restos de una cultura o las ocurrencias de los antepasados. Pero, ¿un museo económico?

Unos argentinos, para que el futuro no se les repitiera como tragedia, inauguraron hace años en la Universidad de Buenos Aires el Museo de la Deuda Externa. Simón Pristupín, su organizador, decía que es un museo donde se evocan dolores y ansiedades: “la gente sale mal, pero en el fondo es para que se tome conciencia de que no nos lleven allá como antes”.

Decían las noticias que por este sitio habían desfilado en una semana más de cuatro mil personas de las nuevas generaciones para ver los estropicios de una deuda que creció sin pausa por treinta años hasta consolidarse como una crisis en la época de Menem. La evocación es, en este caso, absolutamente clara: la deuda era el mal, el sinsabor, la desgracia.

Además de servir como un centro de investigaciones, en el Museo de la Deuda Externa los guías absuelven dudas y rememoran los episodios para que los estudiantes de economía no se pierdan en los vericuetos de aquella historia. Al efecto, Prisputin, su fundador, señala: “si se pueden seguir los caminos de lavado de dinero, ¿cómo no se pueden seguir los de la deuda?”

En un diferente lugar pensamos que podríamos establecer en Colombia una Galería de la Corrupción, o mejor un museo vivo de la “viveza criolla”. Imaginemos un amplio espacio, abierto a toda clase de públicos, donde se puedan emplazar todos los episodios ligados a las trapisondas que han ocurrido en este país.

Así como pensábamos que podría existir un supermercado de la justicia, donde se puede comprar una casa por cárcel en una góndola, y a continuación se tiene la góndola de las prescripciones, así también esta nueva idea del Museo sería viable y didáctica: todo el mundo deberá recordar, en sucesivas generaciones, aquellos hechos desagradables que han sido un agravio contundente a la opinión pública. Al menos el inventario colombiano no parece difícil de ser realizado; el montaje y los aparadores mucho menos: hay suficiente material para trabajar esta interesante exhibición.

El Museo de la Corrupción sería como el de la Fiscalía, pero mucho más grande.
Foto lafm.com

Habría para un largo paseo: por ejemplo, en una vitrina el retrato de los expoliadores de Colpuertos y de Raficar; en aquella, la muestra de un pagaré arrugado del Banco Andino, unas acciones marchitas de Invercolsa o unos papeles de Estraval, enseguida, los retratos de unos hemofílicos costeños o unos ladrillos del edificio Acuarela; en otro mueble, la toga de un magistrado, unas cajas con alimentos que no se dieron a los niños; un recibo firmado por Pomarico, o la antigua fotocopia de un telex sobre el traslado de unos dólares a Soto Prieto. No es inusitado añadir el Porsche de Aguilar para ilustrar los momentos actuales.

Igualmente se verán en nuestro Museo, en una fotografía ampliada, los muslos de una reina de belleza que participaba de algún cohecho, el perno de un puente derrumbado, una resolución sobre regalías araucanas, la chequera de un paramilitar, un manuscrito usado de “el ajedrecista”, las acciones de una empresa de gas dejadas en custodia, y un estante especial donde se guardan las muestras de unas vajillas decoradas que un día pulverizaron la confianza de una región. No es imposible que asimismo aparezcan unos papeles antiguos de Francisco Antonio Zea, las incautas tarjetas de Marco Fidel Suárez, o una película sobre los negociados que ocurrieron en torno al canal de Panamá.

Este museo será una vergüenza para los observadores de hoy, pero las generaciones posteriores nos lo agradecerán. No obstante, con el aumento de las transgresiones lo preocupante viene a ser la expansión de la superficie del Museo ó, lo que es peor, que llegue un momento en el cual la gente ––hastiada de verlo crecer indefinidamente— nunca más vuelva a visitar esa Catedral de la Corrupción admitiendo, desconsolada, que a lo mejor ya es hora de empezar a cohabitar con semejante status quo.

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