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El lobo feroz

Por Paola Ochoa, Diario El Tiempo, Bogotá

Gustavo Petro Imagen Diario El Tiempo

A mí no me asustan con Petro: no tiene el Ejército, ni Congreso ni petrolera para acabar con esto.

A mí no me van a meter miedo con Gustavo Petro. Ni me van a asustar con las películas de terror que le inventan sin fundamento: el castrochavista, el socialista, el depredador que viene a comerse la economía y acabar con esto. Cuentos chimbos para asustar a la gente y que se llene de físico terror por dentro. Horripilantes fábulas de la ultraderecha y del escuadrón antimamertos.

 Pero a mí no me asustan con Gustavo Petro. No me asustan, primero, porque tengo un buen recuerdo de su paso por el Congreso: sus valientes denuncias sobre la parapolítica y su feroz batalla contra la corrupción como senador por mucho tiempo.

Fue Gustavo Petro quien destapó el carrusel de la contratación de Bogotá durante la administración de Samuel Moreno. Fue Petro quien hizo los debates más duros contra Álvaro García Romero, cuando este era dueño absoluto del presupuesto en el Congreso. Fue Petro quien hizo los grandes debates sobre los ‘falsos positivos’ y las matanzas de jóvenes a manos del Ejército.

También fue Petro el primero en hablar de la ‘mermelada’, cuando todavía se llamaba ‘cupos indicativos’ en el gobierno de Pastrana. Y fue quien habló, por primera vez, de la penetración del sistema electoral por parte de los contratistas que financian la política. Y fue quien lideró el debate de las chuzadas del DAS a magistrados, políticos y periodistas.

Si no fuera por Petro, no sabríamos muchas de las grandes verdades sobre los francotiradores del poder: la Contraloría y la Procuraduría, los dos órganos que se dedican a decapitar a quienes se les atraviesen a los intereses de los grandes caciques de la política. Tampoco sabríamos nada sobre las mafias que manejan las billonarias concesiones de los rellenos sanitarios y de basuras, dos protagonistas indiscutibles de la política nacional hoy en día.

No, a mí no me asustan con Gustavo Petro. Y no solo porque haya sido un buen congresista, sino porque carece de las fichas para hacer grandes reformas económicas o políticas. Nadie hace una revolución con apenas cuatro senadores y dos representantes a cuestas. Es imposible cambiar el modelo económico del país con un Congreso tan ampliamente dominado por la derecha y la ultraderecha.

Ni los amagos de una eventual constituyente me asustan a esta altura. Porque para reformar la Constitución se necesita una de tres cositas: o de la aprobación del Congreso, o del Consejo de Estado, o de la Corte Constitucional misma. Y ninguna de ellas le jalaría. No con seguridad a Petro y compañía.

Tampoco me asusta Gustavo Petro porque, sencillamente, no tiene ningún control sobre el Ejército. A diferencia, en cambio, de lo que sí sucedió con Hugo Chávez, que venía de las entrañas del Ejército veneco. A Petro lo detestan los militares colombianos desde sus épocas de guerrillero. Y lo detestarían mucho más si llega a salir como presidente electo.

Además, Petro no tiene los ríos de plata de PDVSA para regalar subsidios, casas y mercados. Esos mismos que hoy entrega Maduro a los más pobres y necesitados, a cambio de su lealtad electoral de cada año.

No, señores, a mí no me asustan con Gustavo Petro. Pero no voy a votar por él tampoco. Y no lo voy a hacer por una sencilla razón: porque pienso que fue un pésimo administrador. Un alcalde que desordenó el tránsito y la movilidad de Bogotá, que atrasó la infraestructura de la capital, que volvió un caos la recolección de basuras con su experimento clientelista de Aguas de Bogotá. Ahí peló el cobre y demostró que era igual que los demás.

No voy a votar por Petro por convicción. Pero no porque me llenen de susto con los cuentos del malvado lobo feroz.

PAOLA OCHOA
En Twitter: @PaolaOchoaAmaya

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