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El lánguido Ordóñez vs. el visionario general

Por Cecilia Orozco Tascón, Diario El Espectador, Bogotá

Alejandro Ordoñez, ahora escudero de Uribe Foto pulzo.com

Desdibujado ya y desprovisto de la arrogancia que les imprimía a sus intervenciones públicas en las que hacía sentir que la Procuraduría residía en su poder subjetivo, reapareció Alejandro Ordóñez al lado de Uribe, que lo acogió enseguida para que fuera su segundo durante las lánguidas manifestaciones por el No a la paz, mientras el país y el mundo celebraban el cese de las balas.

Pues sí: ese señor de tirantes mal puestos y voz nasalizada que intentaba emular los discursos incendiarios del expresidente, no se veía, ni de lejos, como el personaje que representó el Ministerio Público cuya institucionalidad destruyó con su egocentrismo y cálculos electorales. Ordóñez quedó en lo que es, no en lo que pretendía ser. Lo que es: un politiquero alojado en la rama judicial para conseguir puestos y ascensos para sí y para sus aliados con base en el sistema de clientelas. Lo que pretendía ser: un gran jurista, un juez impecable e implacable. Su tránsito, sin un intervalo siquiera de apariencia, de la Procuraduría a la escena política, deja grandes dudas sobre la imparcialidad de las decisiones que tomó cuando destituyó e inhabilitó a quienes profesaban ideologías contrarias a la suya y, cómo no, cuando absolvió o archivó casos de militantes conservadores y uribistas, incluso de aquellos que fueron condenados penalmente. Hoy es evidente que quien abusó de su facultad disciplinaria, lo hizo por razones extrajudiciales.

En la parte opuesta a la de este extremista infiltrado en la democracia, es apenas justo recordar con respeto, esta semana histórica, al general Fernando Tapias Stahelin, un militar que honró su uniforme no obstante la doctrina guerrerista que tuvo que adoptar en una nación cruzada por los disparos. Su conducta recta, honesta y fiel a los principios constitucionales permaneció inalterable tanto en época de los combates como en la que disgustó a unos generales alevosos: la de la zona de distensión del Caguán creada en el truncado proceso de paz del gobierno Pastrana. Entonces, el general Tapias, comandante de las Fuerzas Militares, conjuró con su diplomacia el denominado “ruido de sables” que se habría gestado cuando el ministro de Defensa, Rodrigo Lloreda le renunció al jefe de Estado por estar en desacuerdo con los sucesos del Caguán. Tiempo después, ya retirado y en momentos en que Álvaro Uribe asumía su primera presidencia, el general Tapias concedió una entrevista a esta columnista (*), que hoy cobra notable actualidad. Sus frases, dichas hace 14 años, resultaban casi subversivas. Leídas hoy, corresponden a las de un visionario. Extracto unas:

“Quiero decirle algo: este conflicto termina en una mesa de negociación. No puede haber solución diferente”. “La opción más traumática sería la de las guerras de exterminio que se practicaron en el cono Sur con la intención de que no quedaran vivas la primera, la segunda ni la tercera generación para desaparecer todos los vestigios. Colombia nunca llegará a esa etapa”. “Hay que reconocer que de este lado hay algunos que sienten odio total contra la guerrilla y que no pueden aceptar que uno de sus miembros vaya a ser amnistiado o indultado”. “(Cuando se debiliten los grupos ilegales) será factible realizar un proceso de paz con posibilidades reales de llegar a acuerdos”. “Y para contestarle su pregunta, sí, deben estar presentes los militares… en el momento preciso”. “Quien vaya a representar a la institución militar, debe ser muy inteligente y tener la mente abierta, contar con ascendencia frente a otros militares y, por último, ser firme para defender sus posiciones. Admito que no es fácil encontrar a alguien con esas condiciones”. “Que si ¿estrecharía la mano de Manuel Marulanda? Si se decide a hacer la paz de forma leal, sí”. Es una lástima que el general Tapias haya muerto un año antes de la firma de Cartagena y que parte de este éxito se deba a la presencia del general Mora, su compañero de arma y de comandancia del Ejército. Honor a su memoria.

(* Libro ¿Y ahora qué? El futuro de la guerra y la paz en Colombia, año 2002).

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