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El harakiri de Vicky Dávila

Por Ricardo Rondón (laplumaherida.blogspot.com.co)

El capitán de la Policía Nacional Anyelo Palacios y el ex viceministro Carlos Ferro. Fotos confidencialcolombia.com

 

En los anaqueles del periodismo criollo, y como material de consulta para futuras generaciones de reporteros, Vicky Dávila aparecerá como la heroína que desde su tribuna de la FM Radio sacudió los cimientos de la Policía Nacional con una serie de escándalos, entre ellos, el de la vergonzante ‘Comunidad del anillo’ – investigación a fondo que con su equipo le valió un Premio CPB-, y a la institución armada la renuncia de su director, y con esa misma daga, luego de cortarle la cabeza a la serpiente, hacerse el harakiri con la publicación del video del exviceministro Carlos Ferro Solanilla y el oficial Ányelo Palacios que, en guardadas proporciones, resultó un documento farandulero como uno íntimo que hace años sacó al aire La Negra Candela de la actriz Luly Bosa, y que a la Reina del chisme y la maledicencia le costó un largo y engorroso lío judicial, y una sanción millonaria.

Esto sucede cuando quien ejerce el oficio de la información no mide consecuencias, y llevado por el ego sobredimensionado de estar frente a un micrófono o ante una cámara, con una sed inagotable de protagonismo y audiencia, pretende ser juez y parte. Varias veces lo ha recalcado el adalid de la ética, Javier Darío Restrepo: “A un periodista le corresponde la tarea de investigar y de informar. No la de juzgar”. Y ya se volvió un lugar común afirmar que en Colombia las salas de redacción y las cabinas de radio son tribunales de justicia, en un país donde la Justicia, como otros estamentos, legislativos y del consorcio estatal, o están corruptos, o sencillamente inoperantes e idiotizados.

Foto twimg.com

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Seguramente a Vicky le espera un amargo proceso con el lío del cuestionado señor Ferro. El vídeo solo revela la conversación de dos hombres que en apariencia se gustan y quieren gozar de un solaz íntimo en el motel más cercano, pero que nada aporta a la investigación que ella venía siguiendo, la de la red de prostitución y acoso sexual a uniformados por parte de congresistas. De hecho, en esa grabación que data de 2008, es el oficial Ányelo Palacios quien provoca e insiste en sacarle información de sus apetencias viriles al entonces senador.

En finadas cuentas, el de verde oliva quiso dejar constancia de que quien está al timón es homosexual y pieza clave en las pesquisas que adelanta la Procuraduría y la Fiscalía -valga el pleonasmo- alrededor de la ‘Comunidad del anillo’. Pero el trámite quedó a medias. El vídeo no refiere nada de las intermediaciones de altos mandos de la Policía para proveerles jovencitos uniformados a los congresistas, como lo ha venido asegurando Palacios, que fue el primero en revelarle a la directora de la FM Radio haber sido en el pasado engañado y violado por sus superiores.

El gran pecado de Dávila fue su ligereza emocional. Como en 1999, cuando era reportera de RCN y en medio del dolor y la angustia del terremoto que estremeció a la población de Armenia, metió su micrófono entre los escombros de lo que había sido una edificación para preguntarle con frialdad pasmosa a uno de los sobrevivientes, “qué se siente estar ahí…”.

Esta vez, la ligereza fue mayor, cuando se deduce sin mayores obstáculos que la publicación del vídeo Ferro-Palacios la hizo sin consulta previa, sin asesorarse primero, sin acudir a la sabiduría de un superior, incluso de un subalterno, quien le hubiera dado luces al respecto: primero, que el contenido es de carácter privado, por más que sus protagonistas sean dos personajes públicos. Segundo, que la conversación alude a un affaire entre dos conocidos. Tercero, que la grabación fue malintencionada. Y, cuarto, la más grave, que las consecuencias a la postre serían catastróficas cuando hay familias y menores de edad de por medio.

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