Al instante

El Fiscal, personaje del año; En la muerte del “máistro” Salustiano Tapias

Por Oscar Domínguez Giraldo

Martínez asegura que el nombramiento del capturado Luis Gustavo Moreno como jefe Anticorrupción es “su mayor frustración” en la Fiscalía. Foto: Carlos Ortega / EL TIEMPO

En la muerte del “Máistro” Salustiano Tapias

           Hace 31 años, cuando murió el humorista santandereano Humberto Martínez Salcedo, padre del Fiscal, Néstor Humberto Martínez, el personaje del año para el diario El Tiempo, elaboré el siguiente despacho:

           El Cielo, ene. 26 de 1986.- La corte celestial en pleno se reponía hoy de la catarata de sonrisas que provoca desde su llegada aquí el humorista santandereano Humberto Martínez Salcedo. Hasta Jesús-Cristo, quien jamás sonrió, estaba totiado de la erre.

           Un infarto que quería salir del anonimato arrebató a Martínez del mundo de los vivos y lo llevó al cielo, segundo piso, sin ascensor,  donde la

jartera aburría a quienes gozan de la monotonía que supone toda una

eternidad sin estrés.

En el pabellón de cardíacos, sus colegas infartados lo recibieron

con un aplauso matazancudos. Sabían que Martínez le había dicho a su colega Hugo Patiño: “Me gustaría morirme de un infarto”.

           Martínez fue trasladado de inmediato al pabellón de los humoristas donde mangonea el gran Lucas Caballero Calderón, Klim, quien soltó su cigarrillo y lo estrechó contra su perpetua levantadora. Casi le riega el wiski encima. El tufo sí no se lo perdonó.

           La primera noche en el cielo, Klim le prestó almohada y cobija a cambio de que Humberto lo dateara en par patadas sobre la perrita

Lara, el expresidente López, Fatty Urrutia, Sanitario Cepeda y la sobrina Pálida (Clara López).

           La noticia sobre la presencia en el cielo del “máistro” Salustiano Tapias, el rey del palustre, se regó como pólvora.

           El primer sorprendido fue el incrédulo apóstol Tomás. Acartonado

como un editorialista del viejo MOIR, declaró: “Tocar para creer”

           Después de meter su dedo en el humor de Martínez, Tomás

respiró tranquilo y pidió que interpretara al “máistro” Salustiano.

Martínez sacó palustre, gorra y su overol y se puso a trabajar.

           Recordó sus actuaciones y libretos en “La Cantaleta”, “El Corcho”, “El Pereque”, “La Tapa”, “El Duende”, e imitó hasta el gato. Fue el hombre de las diez mil voces. A veces sufría crisis de identidad y no sabía cuál de todos era él. O si era todos a la vez.

           En el pabellón de los políticos, el mordaz e irrepetible crítico, no encontró mucho conocido para saludar.

En el barrio de los humoristas-escépticos se tropezó con Borges quien alguna vez dijo que un dolor de muela es la mejor prueba de que Dios no existe, pero que rezaba “porque se lo prometí a mamá”.

Como el oficio de Dios es perdonar (=Heine), Borges alcanzo a salvarse. Antes tuvo qué aclarar por qué había dicho que el cielo es demasiado premio y el infierno demasiado castigo. La metáfora parecía robada a Wilde, quien fabricaba paradojas para un muchacho que le alborotaba la libido. (Wilde estaba cerca, presidie do otro pabellón).

           En algún momento, el  maestro Klim le dio un codazo a Salustiano y lo previno: “Mérmele, maestro”. El pisotón se debió a que en ese momento pasaba un señor con mirada de sapo, gafas polarizadas, pantalón negro, zapatos verdes, pecuela mental, camisa rosada y medias rojas: era el censor de la corte celestial.

           Martínez Salcedo, un abogado culto de excelente voz que consiguió mujer (Aleyda Neira) cuando trabajaba en la HJCK,  se saludó luego con el Divino don Francisco de Quevedo y Villegas, un  hombre a una eternidad pegado y quien se entrenó para la muerte durmiendo todos los días. Por eso definió al sueño como “muda imagen de la muerte”.

           En el pabellón de los suicidas-humoristas-poetas  se tropezó con

José Asunción Silva, quien le improvisaba un nocturno a su hermana Elvira “bella solo de perfil”, según algún biógrafo ausente, el expresidente López Michelsen.

           En el mismo pabellón, Martínez se demoró poco para reconocer a un solitario que tiraba lápiz sobre el papel del infinito: el maestro Ricardo Rendón, de Rionegro, Antioquia. Se suicidó disparándose una caricatura en mitad de su biografía.

           Un colombiano en cuya voz se escuchaba al fondo el murmullo

del mar, le improvisó soneto de  bienvenida. Era el  “Tuerto” López quien desde sus zapatos viejos jugaba a los dados con su émulo de Pereira, arropado con  “capa de viejo hidalgo”: su par Luis Carlos González.

           “Llegué donde había”, comentó Martínez Salcedo acosado por las

11.000 vírgenes, felices con el libretista de “Los siete pecados capitales”.

           “De los siete pecados capitales, ¿cuál te gustaría cometer

conmigo, Humbertico?”, le preguntó, coquetona ella, la virgen número 10.999, reconocida como la más alborotada de todas.

           La pregunta tomó por sorpresa a Martínez Salcedo quien tropezaba en ese momento con un señor manco: Miguel de Cervantes Saavedra, presidente vitalicio de los humoristas celestiales. Don Miguel iba en compañía de Chaplin, a quien se le pegó desde que comprobó que el inglés “era todos los domingos del año”.

           “Ojalá me hayáis traído un ‘vídeo’ con don “Chicote de la Mancha”

que encarnabáis en la sección a reír en serio de Sábados Felices,

joder, tío”, intrigó Don Miguel.

                   Martínez no pudo ocultar su emoción cuando escuchó en un rincón  del alma la canción “Pueblito Viejo”. La tocaba, claro,  José A. Morales, su paisano, quien le dedicó otras melodías.

           Así, con sus humoristas, sus cardíacos y música de la tierra, como

quien dice, en su salsa, dejó este desviado especial a Humberto

Martínez, muerto en olor de santidad humorística.   (Este “despacho” ha sido actualizado. Originalmente publicado en El Colombiano).

 

Email this to someoneTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInShare on FacebookPrint this page