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El dilema del ciclismo: dopaje organizado

Por Juan Carlos Rincón, Londres (El Espectador, Bogotá)

(irishtimes.com)
La nueva tendencia en el ciclismo internacional es el dopaje biológico y la recurrencia a terapias genéticas y de nutrición que incrementan el rendimiento. Sky es el líder del método.
El dilema del ciclismo: dopaje organizado
El británico Christopher Froome, campeón del Tour de Francia en 2013 y 2015. / EFE

Cuando en la tarde del martes 14 de julio el longuilíneo y desgarbado Chris Froome lanzó un violento ataque a seis kilómetros de la cima del Col de Soudet y con los ojos clavados en el potenciómetro de su bicicleta aceleró y mantuvo una cadencia de robot para ganar en solitario la primera etapa de montaña del Tour de Francia 2015, en La Pierre Saint-Martin, venciendo por 1:04” a su principal rival y consumado escalador, Nairo Quintana, las sombras de duda sobre el dopaje volvieron.

No es físicamente posible, dijeron algunos. Se habló de un motor escondido en la bicicleta (que luego se investigó y nunca se encontró). Dopado, increparon otros. Incluso se enunciaron cifras escandalosas y especulativas de haber desarrollado una potencia de 7,03 vatios por kilogramo de peso, y las alarmas sonaron azuzadas por ciclistas exdopados y poco creíbles, como el nefasto Lance Armstrong y el francés Laurent Jalabert, uno de los comentaristas principales en la televisión francesa.

La cifra de esa décima etapa fue bastante inferior y “humana”: 5,78, según ha señalado la Agencia Mundial Antidopaje (WADA), con base en los registros del equipo y el “espejito mágico” de Chris, es decir, el potenciómetro instalado en el manubrio de su ultraliviana bicicleta Dogma F8 Pinarello, la misma marca que surtió hasta 2013 a Movistar y que por pedido de exclusividad se consagró a la escuadra británica.

Froome realizó ese día una potencia por encima de los 400 vatios con una cadencia de 112 rpm, y en su pico de aceleración en la máxima pendiente de 9% mantuvo durante un minuto una serie por encima de los 500 vatios a 120 rpm. Luego dosificó su esfuerzo en la pendiente media del 6%. Nairo en cambio sólo alcanzó a seguirlo al comienzo, pero a 85 rpm y por una intoxicación muscular no pudo descontar cuando la pendiente disminuyó. Entonces mantuvo su cadencia y desarrolló la táctica adecuada.

La presunción de inocencia, que data de la Carta Magna británica de hace 800 años, es el principio universal, y hasta hoy ninguna prueba de la Unión Ciclística Internacional ha encontrado dopaje en los ciclistas del equipo británico Sky tras su creación en 2010. De hecho, el principio de su existencia es el ciclismo limpio y sería un contrasentido to cheat (hacer trampa). Es un recurso que no existe en la filosofía deportiva británica, y para comprenderlo basta la llamada “mano de Dios” de Diego Maradona en el Mundial de México-86, que es una afrenta imperdonable y no producto de la “viveza”, como se la califica en Argentina.

Pero las transiciones nunca son fáciles. En ocasiones son dolorosas y cuestan tiempo. El lastre es muy pesado y la dominación de Sky, ganador en seis años de tres de los últimos cuatro Tours de Francia (2012, 13 y 15), ha vuelto a despertar las dudas.

Regreso del infierno

Recién salido del escandaloso y triste proceso de Lance Armstrong y la década nefasta de dopaje con anabolizantes, testosterona, la hormona EPO y transfusiones sanguíneas (1996-2006), las sospechas sobre la credibilidad del ciclismo mundial no cesan. Y es entendible, por los antecedentes. El doping moderno con EPO (eritropoyetina), CERA (producido por Hoffmann-La Roche y vendido como Mircera), actovegin y transfusiones de sangre, entre otros, buscaba mejorar el rendimiento y la recuperación de los atletas de alto rendimiento, y para aumentar su fuerza y potencia muscular estaba la batería de hormonas: testosterona, nandrolona, del crecimiento, por citar algunas reconocidas.

La “Operación Puerto” y la red de dopaje del médico español Eufemiano Fuentes, destapada en 2006, salpicó a varios de los más importantes ciclistas del momento, como Jan Ullrich, Ivan Basso, Marco Pantani, Óscar Sevilla, Iban Mayo, Francisco Mancebo, Alberto Contador, Santiago Botero, Alejandro Valverde, Juan Manuel Gárate, Sergio Paulinho, Michele Scarponi, Rubén Plaza, Frank Schleck, Tyler Hamilton y el sprinter Mario Cipollini, entre otros.

Sus repercusiones aún no cesan. Algunos corredores fueron exonerados, unos más confesaron y pagaron sus culpas, pocos se retiraron, otros nunca volvieron al primer nivel y algunos sobreviven en el pelotón. Pero antes de Fuentes está el “cerebro de cerebros”, el maestro del doping moderno, desterrado de por vida del deporte pero todavía “activo” con su blog, el doctor italiano Michelle Ferrari, quien, junto con su principal “cliente”, Lance Armstrong, montó el esquema dominante del Tour con el equipo US Postal Service. Ferrari fue el discípulo más aventajado del médico deportólogo Francesco Conconi, a quien se atribuye haber introducido en 1993 la EPO en el pelotón ciclístico y es reconocido por el trabajo de transfusiones a Francesco Moser para conseguir el récord de la hora en 1984 en México. El otro alumno exitoso fue Luigi Cecchini, médico personal del Bjarne Riis, Jan Ulrich, Damiano Cunego, Ivan Basso y el equipo CSC (hoy Tinkoff-Saxo).

El médico Ferrari, que alguna vez se atrevió a comparar la eritropoyetina (EPO) con el jugo de naranja, tuvo otros campeones notables bajo su cuidado. Recibieron su asesoría farmacológica su protegido suizo Tony Rominger (Giro 1995, Vuelta a España 1992, 93 y 94), los australianos Michael Rodgers (tres campeonatos mundiales) y Cadel Evans (Tour de France 2011), el kasajo Alexander Vinokourov (medalla de oro olímpica en ruta en Londres 2012), el ruso Denis Menchov (Vuelta a España 2005 y 2007), el checo Roman Kreuziger, el español Abraham Olano (doble campeón mundial), y entre los italianos Michele Scarponi, Gianni Bugno (Giro 2010 y dos veces campeón mundial), Claudio Chiappuchi y Paolo Savoldelli (Giro 2002 y 2005). ¡Uf! Qué lista “ilustre”.

Luego vino la etapa de los culpables y confesos. Tras la descalificación del estadounidense Floyd Landis como vencedor del Tour 2006, se descubrió posteriormente que otros igualmente se habían dopado para triunfar: Bjarne Riis (1996), Jan Ulrich (1997), Marco Pantani (1998) y Alberto Contador (2010).

Con una lista de semejante alcance y alcurnia, se entiende que sea difícil aceptar que el ciclismo de hoy está limpio de dopaje. Y es aún más complejo mientras varios de los exconvictos continúan circulando activos en el pelotón o como dueños o directores de equipos. El ejemplo más patente es la serie de casos de dopaje de ciclistas de Astana (dirigido por Vinokourov), que condicionaron este año el otorgamiento de la licencia en “etapa de prueba” a la escuadra kasaja por la Unión Ciclística Internacional.

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