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El centro de Bogotá: curioso e histórico

Por Guillermo Romero Salamanca

Lluviosa tarde en la carrera 7ª con avenida Jiménez. Foto Guillermo Romero

En la calle 13 No. 13-13 hay un edificio que tiene 13 pisos. Está en la esquina occidental del parque San Victorino, uno de los puntos de comercio más grandes de Colombia y donde se habla con acento paisa.

Un buen porcentaje de los dueños de los locales son de El Santuario, Antioquia y  cuando se les pregunta qué venden, ellos, sencillamente van diciendo: “Vea aquí hay cuadernos, bolígrafos, balones, papel de regalo, tintas, muñecas, sellos de caucho, pelotas, ropa interior, platos, platones, vajillas, sábanas, cobijas, colchas de varios colores, estropajos, lápices, reglas, compases, juguetes para piñatas, cintas, vestidos para quinceañeras, cortinas plásticas para el baño, juegos de sala, ollas, olletas, molinillos, toallas, enseres, trapeadores, escobas, camisas…y un millón de cachivaches más. ¡Lo que no tengamos, no existe!”.

El centro de Bogotá ofrece variedad de gastronomía. Se puede degustar desde caldos de costilla, changua, calentados montañeros, carne asada, pollo sudado, sopa de mute, mondongo, caldo de raíz, ajiaco, sopa de plátano, bagre sudado o pepitoria. Hay de todo. Cualquier plato nacional se consigue en el sector.

Si quiere buenas hamburguesas pase por la calle 22 con octava, en la Pesquera Jaramillo, donde don Gabriel lleva 25 años destapando gaseosas Colombiana, las salchichas con salsa roja están en El Bohemio, cocido y mazamorra en el Rincón Boyacense. Arepas de huevo en la 22 frente a la Universidad Inca.

Por la calle caminan al unísono habitantes de calle, con oficinistas de corbata y paraguas.  Deambulan músicos, malabaristas, vendedores ambulantes, agiotistas, gitanos y muchos abogados que merodean el edificio Nemqueteba donde están los juzgados penales y se mandan lustrar los zapatos donde don Mario, quien lleva 40 años escuchando historias de congresistas, tinterillos o abogados de provincia. Con las propinas que le dan compra los remedios y la jeta de res con la cual prepara su plato favorito.

Cada rincón del centro es un epicentro de la historia. Por la avenida Jiménez cruza el río San Francisco, que debió taparse hace unos 80 años. Está el banco de la República, el Museo del Oro, los mimos que hablan y piden monedas. El edificio de Avianca –que ya es sólo su nombre—alberga mil historias desde su incendio ocurrido el 23 de julio de 1973 en el piso 14 y era presidente Indalecio Liévano Aguirre, en una “palomita” que le diera Misael Pastrana Borrero.

“Aquí mataron a Gaitán”
Foto Guillermo Romero

Situarse en la Avenida Jiménez con séptima es encontrarse en un lugar de miles de historias. Desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, los encuentros de esmeralderos, la muerte de un paisano por un toro de casta en el ascensor del edificio Henry Faux, el crecimiento del diario El Tiempo, el nacimiento de CityTv, la emisión de billetes, los negocios del mercado del café en la sede de la Federación, hasta la venta de boletas los jueves de un gallo para un sancocho.

En la Séptima hacen fila para comprar buñuelos, se escuchan a serenateros amanecidos, se compran y se vende ganado, se comercializa con telas y se consiguen aretes, anillos, collares desde los cien mil pesos hasta los 10 millones, dependiendo de la pureza del oro y del color de las esmeraldas.

El reloj de la Catedral Primada.
Foto Guillermo Romero

En la Plaza de Bolívar se escuchan leyendas de terror como la toma del Palacio de Justicia, el cuento de la casa del Florero y en la catedral el reloj marca la hora con números romanos, pero el cuatro no está escrito como IV, sino que tiene cuatro palitos: IIII.

Por la cantidad, las enfermedades que transmiten y para evitar que siga en aumento su población, la alcaldía de Bogotá prohibió alimentar a las palomas que ocasionan graves daños con sus excrementos. Cada semestre, sacan más de 60 toneladas. La limpieza que hubo que hacerle para la visita del Papa Francisco costó 200 millones de pesos, pero sólo duró resplandeciente unas semanas. Sin embargo, los daños de las aves no se acercan a los ocasionados por los legisladores cada año, unos metros al sur, en el Palacio del Congreso.

 

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