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EL CAMPANARIO: Unas sabrosas erratas cazadas por José Luis Díaz-Granados

Por Tomás Nieto

José Luis Diaz-Granados, escritor samario. Foto elpaís.com.co

Volvemos a tener noticias del consumado escritor samario José Luis Díaz-Granados, quien apareció citado en una reciente columna de su coterráneo Oscar Alarcón Núñez, en el diario El Espectador.

A petición de unos amigos de El Campanario proclives a la cacería de anécdotas cargadas de metidas de pata monumentales, procedemos a rescatar su delicioso ”Nido de erratas”, en el que el notable periodista magdalenense se pasea con donosura por los berenjenales de la errata que define como la mayor tortura que puede experimentar un escritor.

Apunta que “nadie como él puede sentir el desequilibrio absoluto de su sistema nervioso, de su cerebro y de su corazón, a causa de un cambio o supresión de letra, palabra o frase por algo que deforme o confunda lo que quiso decir en su escrito”.

Fiel al principio caballeresco de darles paso primero a las damas, el maestro Díaz-Granados estrenó su ejercicio con este episodio:
“Debió ser inenarrable la satisfacción que experimentó don Ricardo León, aquel monárquico obsesivo y obstinado, cuando escribió esta frase feliz: “Tocaba el arpa, jubiloso y absorto, como si estuviera esculpiendo el rostro de la reina”. No cabía duda: un ángel superior lo había iluminado como nunca antes.

Después de revisar minuciosamente la totalidad del texto, se dirigió al periódico y esa noche durmió el sueño de los inocentes.
Pero al otro día, debió sentir también algo inenarrable cuando abrió el diario recién impreso y al pasear sus ojos sobre la frase feliz, encontró que un diablillo había escrito lo siguiente: “Tocaba el arpa, jubiloso y absorto, como si estuvieraescupiendo el rostro de la reina”. Dicen que entonces, el ultramontano autor de “Casta de hidalgos” y “Alcalá de los Zegríes” apretó los dientes con furia y ante lo irremediable arrojó el periódico al piso y comenzó a pisotearlo al tiempo que lanzaba en voz alta “carajos y maldiciones” del más alto calibre. Acababa de sufrir los estragos fatales de la errata”.

Otros huevitos sacados del singular nido del catedrático caribe:

*¡Qué vergüenza y qué horror de horrores debió sentir aquel delicado poeta místico de un oscuro puerto suramericano sobre el Pacífico, cuando en la advocación destinada al altar de la “Madonna Purísima”, le cambiaron en la lápida una ere por una monstruosa y fatídica te, lo cual le hizo acreedor a una fulminante excomunión!
*El escritor Luis Toledo Sande refirió que en un monólogo cinematográfico donde Alejo Carpentier rememoró con particular delicia e intensidad La Habana de su juventud, contó que en la página social de un diario capitalino se informó que “una ilustre dama había atendido con exquisitez a numerosos invitados en su mansión, a quienes prodigó con elegante entrega su aristocrático celo”. Sólo que en esta última palabra, según Carpentier, la e terminó trocada por u.

*Pablo Neruda confesaba el sufrimiento que sentía cuando abría una antología de sus versos y en el famoso “Farewell” encontraba que al “amor que se reparte en besos, lecho y pan”, le trocaban lecho por leche.

*Cuando el poeta cartagenero Luis Mangel publicó uno de sus afamados cantos de exaltación de la raza negra, casi sufre un colapso cuando vio la portada de su libro. El editor le había anotado con lápiz al diseñador el tipo de letra que debía usarse para el nombre del autor. Cuando el libro salió de la imprenta, en la carátula decía: “Luis Mangel, Negrilla Bastardilla”.

*En 1982, con ocasión del centenario del nacimiento de James Joyce, se publicó en París una edición “perfecta y fiel” del Ulises, pues los estudiosos habían descubierto al cabo de mucho años que la primera impresión de 1922 había salido con cinco mil (!) erratas. Como quien dice, era de cabo a rabo, otro libro.
Según Díaz-Granados, La historia de la literatura está repleta de erratas. Poemas enteros han perdido su sentido neurálgico a causa de un “barco chibcha” donde debía decir “barro chibcha”o un “hombre púbico” en lugar de un “hombre público”.

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