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EL CAMPANARIO: Una gran crónica sobre los inmigrantes

Por Tomás Nieto

Ilustración manosanta.com.uy

El infatigable genealogista antioqueño Luis Alvaro Gallo Martínez hizo un alto en la exploración de los orígenes de los apellidos para sumergirse en otro rico filón bien atractivo: las familias que inmigraron a Colombia entre los siglos XIX y XX.

En su prolija investigación, reunida en un robusto tomo de 500 páginas, el autor advierte que no están todos los extranjeros, pero es una base muy representativa que cada día va completando.

Gallo relata que muchos de los foráneos que llegaron al país lo hicieron por diversos motivos. La gran mayoría huía de la guerra en su lugar de origen, razón por la cual no dejó rastro al salir precipitadamente para salvar el pellejo y buscar nuevos y más tranquilos horizontes para sus seres queridos.

Señala que otros se establecieron en pequeñas poblaciones, en las que quedaron sus hijos y descendientes, pero nadie ha contado su historia. La huella se perdió y es difícil seguirla. Está seguro de que en cada pueblo nuestro hay un extranjero y tocaría recorrerlos uno a uno para encontrarlos.

El fundador y actual presidente de la Academia Colombiana de Genealogía plantea en el prefacio de su monumental ensayo que han sido pocos los extranjeros llegados a Colombia con miras a establecerse en forma definitiva, salvo unas dos inmigraciones en grupo: la japonesa afincada en el Valle del Cauca (atraída por la belleza de la novela La María, de Jorge Isaacs Ferrer), después de la I Guerra Mundial, y la de los lituanos (los parientes del ex alcalde bogotano Antanas Mockus Sivicas), tras la II Guerra Mundial.

La mazorca del Medio Oriente empezó a desgranarse, en forma individual, aunque numerosa, con la llegada de los turcos, denominación que arropa a sirios, palestinos, libaneses y árabes en general. Hábiles comerciantes, instituyeron en ciudades y pueblos las ventas puerta a puerta y los créditos a plazos, mediante abonos semanales, quincenales o mensuales. (En el muy efectivo fiado a domicilio entraron luego en competencia los judíos).

Cuenta el maestro Gallo que los ingleses y todo su conjunto, venidos a explotar las minas de oro en las zonas de Marmato y Supía (occidente de Caldas, limítrofe con Antioquia), no constituyó una inmigración en masa, a pesar de la trascendencia para el desarrollo de la incipiente economía de la región. Los británicos llegaron solteros y los que decidieron quedarse –porque se arruinaron o se amañaron– formaron hogares con nativas o con hijas de hogares mixtos armados por los mismos técnicos en el campo aurífero. De Francia y Alemania también vinieron médicos generales y técnicos en minería contratados por la corona española. Con la llegada de los Borbones al poder se facilitó la inmigración de los ibéricos a la Nueva Granada de entonces.

Inmigraron a Colombia después de la emancipación representantes comerciales de Europa y expertos en transportes, primero fluviales, para atender la navegación por los ríos Magdalena, Atrato y Sinú y después para la construcción y operación de los Ferrocarriles Nacionales. (Para gran vergüenza del país, hoy no existe, no funciona, ninguno de los dos medios).

El investigador se detiene en un punto importante de lo que fue la inmigración en la transición de los dos siglos precedentes:

“Para el corte entre los siglos XIX y XX, y por la desintegración del Imperio Turco Otomano, viene a nuestra Colombia un grupo muy variado de sirios, palestinos, libaneses y en general del Medio Oriente que por su pasaporte los llamamos con el calificativo de “turcos”. Una curiosidad: en este grupo algunos llegan con mercancías con las cuales inician negocios, e incluso vuelven a Europa para reponer existencias. Por esta misma época llegan los judíos de Curazao que se instalan en la costa norte y en la frontera de Cúcuta con Venezuela, que era el puerto proveedor de productos llegados del viejo continente”.

Tolón Tilín

La inmigración árabe fue de tales proporciones en ciudades y pueblos costeños que, en sus tiempos juveniles, el finado escritor David Sánchez Juliao (el papá de “El Flechas” y “El Pachanga”) le modificó el nombre a su ciudad natal: dejó de llamarla Lorica, a secas, y la puso Lorica Saudita.

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