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EL CAMPANARIO: Una columna con historia

Por Tomás Nieto

La muy leída ‘Columna Libre’ generó en el pasado un dilatado conflicto interno, en El Espectador, entre el gran patriarca don Gabriel Cano, que la defendía a capa y espada, y sus hijos Guillermo y Fidel, quienes solían hacerle, en privado, serios cuestionamientos al modus vivendi del autor Hernando Giraldo. (Que en paz descansen los cuatro caballeros citados en esta historia).

La confrontación tuvo su epílogo al fallecer el papá de los llamados “Cuatro ases”, en febrero de 1981, y desaparecer definitivamente de las páginas de opinión de “El Canódromo”, un mes después, los escritos del polémico periodista caldense.

Los otros dos hijos de don Gabriel (Alfonso y Luis Gabriel, quienes dejaron de existir en Bogotá y Cartagena, respectivamente, en menos de veinte días, entre el 31 de diciembre de 2010 y el 19 de enero de 2011) asumieron una posición neutral en el litigio familiar por respeto a su querido progenitor.

Sin discusión, Giraldo fue durante mucho tiempo uno de los columnistas más leídos de El Espectador. Con su punzante pluma, el dueño de la firma “La mano que limpia”, repartía dobles y mandobles. Denunciaba en un estilo vivo, claro y directo, sin tapujos ni rodeos, las injusticias y los malos manejos de la cosa pública. En las tertulias citadinas lo apodaban “El Calibán de Los Cano”.

En el refranero popular abundaban los aforismos para describirlo: Cuando ponía a funcionar el opinador, no tenía pelos en la lengua; no cargaba agua en la boca; no vino al mundo en el mes de los temblores; llamaba al pan, pan, y al vino, vino y no perteneció a la generación de los nerviosos.

Nacido en Neira, pueblo de eternas mayorías conservadoras situado donde comienza el norte de Caldas al que prefería llamar “Godorra”, el 28 de julio de 1928, en el hogar formado por Camilo Giraldo Peláez y Maria Alvarez Jaramillo, batió en su juventud todo un récord de planteles para coronar el bachillerato: tres años en la Escuela Apostólica de Santa Rosa de Cabal, con los padres vicentinos; año y medio en el Seminario conciliar de Manizales: cuatro años en el Instituto Universitario de Caldas y dos en el Colegio de nuestra Señora, de Manizales, bajo la égida de monseñor Baltasar Alvarez Restrepo. Mejor dicho: !casi no acaba la secundaria!

Cursó cinco años de derecho en la Universidad Javeriana, de Bogotá, en los tiempos del padre Gabriel Giraldo, y pese a que hizo, además, el año de judicatura rural en pueblos de Boyacá, no se graduó de abogado, ”no sé si por bruto, o por demasiado inteligente”, según sus propias palabras.

Giraldo, quien no tuvo parentesco alguno con los extintos “Gorilas” Iáder y Alberto Giraldo, llevó desde su retiro de la actividad periodística una vida casi monacal, hasta su muerte, en una pequeña finca en el municipio de La Mesa, cerca de Bogotá. Una decisión parecida tomó al establecerse en las afueras de la población de Mosquera, Cundinamarca, lejos del mundanal ruido de la metrópli bogotana, su amigo y coterráneo David Manzur, el notable pintor.

Invitado a definir su profesión u oficio de muchos años, don Hernando dijo: “La mía fue la de mendicante del columnista y cronista. Como diez años en La Patria, de José Restrepo Restrepo; cinco años en La República, bajo los auspicios del ilustre y hoy olvidado Silvio Villegas, y como veinticinco años en El Espectador, por obra y gracia de don Gabrielito Cano”.

El neirano compartió páginas de opinión en el otrora diario de Los Cano con columnistas de la talla de Lucas Caballero Calderón, Klim; Antonio Panesso Robledo, Panglos; Abelardo Forero Benavides, Lucio Duzán, Darío Bautista, Fabio Lozano Simonelli, Alfonso Castillo Gómez, Luis Lalinde Botero, Lino Gil Jaramillo, Gonzalo González, Gog, y Manuel Drezner, entre otros.

Incursionó fugazmente en la radio, en un programa bajo su dirección llamado “Ají Pique”, que se difundía por RCN. Nunca utilizó el apellido materno en la firma de sus escritos.

Tolón Tilín

El finado columnista Hernando Giraldo formó parte de una sociedad dueña de “El Zaguán de las Aguas”, conocido restaurante del centro de Bogotá, circunstancia que aprovechaban sus amigos para tomarlo del pelo que le queda por los altos precios de la comida, pues “allá (decían) valía más un ala de pollo que un ala de avión”.

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