Al instante

EL CAMPANARIO: Un médico enfermo por el buen humor

Por Tomás Nieto

(accionsolidariaya.org)

En los albores del siglo XX, cuando Medellín era un pueblo grande con alcalde, gobernador y obispo que estrenaba su alumbrado público y el servicio de tranvía, contaba entre sus habitantes con el médico Jesús Antonio Gutiérrez, un manizaleño de chispa adelantada, apodado “Carramplón” desde los claustros universitarios.

Los cronistas de su época reseñaban entre las peculiaridades de este personaje que era capaz de sacarle capul a una calavera o a una bola de billar.

Se burlaba de tal manera de la medicina que soltaba chascarrillos como estos: “En materia de microbios, yo no creo sino de cucarrón para arriba”… “El hombre no debe matar al zancudo que lo pica porque el bicho lleva su propia sangre”… “Debe ser impresionante acostarse vivo y levantarse muerto”.

Después de ver y escuchar al locuaz galeno caldense, la gente concluía que sus pacientes no se morían como consecuencia de sus enfermedades… se morían pero de la risa, ante sus singulares diagnósticos humorísticos. Para él no había quebrantos de salud dignos de ser tomados en serio, por muy graves que estos parecieran.

El doctor Gutiérrez era todo un judío errante de la medicina. No permanecía más de un año en el mismo villorrio. Si alguien cuestionaba su vocación andariega, le respondía: “Me gusta recetar en todas partes para tener amigos en todos los cementerios”.

Su colega y paisano Alfonso Robledo, ministro de la época, decidió tomarse unos días de descanso y se fue a pasarlos en un bucólico pueblo cercano a Bogotá, donde el médico Jesús Antonio había establecido su consultorio. Como buenos godos e hijos de Manizales, los dos amigos madrugaron a la santa misa dominical. Al salir el templo, Robledo le dijo a Gutiérrez:
“Hombre, Jesús Antonio, ahora muéstrame cuales son los principales de este pueblo”…
El médico respondió: “Aquí no hay principales, Alfonso. Aquí todos son suplentes”…

Esta anécdota del doctor Gutiérrez es una de las más divertidas. Ocurrió en Ibagué, ciudad que también figuró en el itinerario de este errante hijo de Hipócrates:
Lo llamaron a ver a una señora enferma, ya desahuciada por la ciencia médica tolimense. El doctor Gutiérrez le practicó el examen concienzudo y vio que la paciente no tenía cura. Lo informó así a una de las hijas de aquella, quien, a su turno, le hizo saber que la señora estaba sometida a una dieta rigurosa.
“Esa dieta es inútil y no sirve sino para atormentarla”, le contestó el facultativo. Y el diálogo continuó:
De modo, doctor, que podemos darle tamales, que le gustan mucho?
— Dele tamales, señorita.
También quiere comer carne de cerdo, doctor.
— Déjela que se coma su marranito.
Chocolate, puedo darle, doctor?
— Claro, que se tome su cacaíto.
Y puede comer lo demás, doctor?
— Sí, señorita… Lo demás es obra de carpintería!

Tolón Tilín
A uno de los sobrinos del doctor “Carramplón” le preguntaron en su colegio si su tío era buen médico. El muchacho respondió con la misma frescura de su pariente: “Yo no sé si será buen médico; lo único que sé es que todos los pacientes se le mueren, pero como el hombre es tan buena gente, a todos los acompaña, vestido de riguroso luto, hasta el cementerio”.

Email this to someoneTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInShare on FacebookPrint this page