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EL CAMPANARIO: Un filósofo de nacimiento

Por Orlando Cadavid Correa

Fernando González Ochoa, filósofo. Foto El Espectador

 

En las lecturas del último puente Emiliani de julio nos encontramos con dos versiones distintas sobre un mismo episodio relacionado con la época en la que formó parte del poder judicial de Manizales el notable escritor y abogado antioqueño Fernando González Ochoa, a quien sus coterráneos siempre han considerado un filósofo de nacimiento e irreverente de profesión.

En su libro “La Bella Villa”, el periodista Néstor Armando Alzate dedica un capítulo a esta inteligencia superior de la raza maicera que “veía el mundo en contravía de lo establecido y su vida giraba al revés de las manecillas del reloj, pues, nació anciano, el 23 de abril de 1895 (día del idioma) y murió demasiado joven, a los 69 años, en febrero de 1964”.

Ilustración akifrases.com

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El biógrafo fundamenta la precocidad del maestro González en estos hechos probados: 1) Fue expulsado del colegio de los jesuitas a los 15 años porque defendía las ideas de Nietzche y Schopenhauer. 2) A esa edad fue admitido en la cofradía literaria de Los Panidas a la que pertenecían, entre otros, León de Greiff, Ricardo Rendón y Libardo Parra Toro. 3) A sus 21 años publicó su primer libro, titulado “Pensamientos de un viejo”. 4) A los 24 le tocó cambiar el desafiante y arrogante título de su tesis (“El derecho a no obedecer”) por el simplísimo “Una tesis” para que se le permitiera graduarse de abogado en la Universidad de Antioquia.

Alzate describe en la página 158 de su libro la situación que comentamos en nuestro párrafo de entrada:

“Seguro de que con el derecho podría reivindicar a los que no tenían derechos, aceptó el cargo de magistrado del Tribunal Superior de Manizales, pero el corazón que no pudieron doblegar las autoridades universitarias fue finalmente amansado por la ausencia de su amada, y lo hizo retornar apuradamente para contraer matrimonio en 1922 con Margarita Restrepo Gaviria, hija del ex presidente Carlos E. Restrepo”.

Para buscar mayor información sobre este episodio, consultamos el libro “Fernando González, filósofo de la autenticidad”, del ex magistrado e historiador Javier Henao Hidrón, quien le aporta al segmento caldense una versión bien distinta:

“En Manizales, en donde ya por entonces estaba domiciliado su hermano Alfonso junto con esposa e hijos, desempeñó una magistratura en el Tribunal Superior a partir de 1921. Pero a los dos años surgió el problema que le impidió continuar en el ejercicio de sus funciones judiciales. La pasión partidista en el departamento de Caldas -decía en una carta de esta época- es algo aterrador y primitivo; pues esa fue precisamente la causa que motivó su renuncia del cargo de magistrado, tras presentar al Tribunal una solicitud para que iniciara la investigación”. No fue, pues, por amor a su Margarita sino por aspectos derivados de la violencia que González abandonó el poder judicial manizaleño y se regresó a Medellín, en 1923.

Unos años después, don Fernando retornaría a Caldas en su condición de caminante, en su famoso “Viaje a pié”, que hizo en compañía de don Benjamín Correa, su secretario, cuando fue Juez Segundo Civil del Circuito de Medellín, y él mismo lo define así, de acuerdo con el relato del doctor Henao Hidrón: “Medellín, El Retiro, La Ceja, Abejorral, Aguadas, Pácora, Salamina, Aranzazu, Neira, Manizales, Cali, Buenaventura, Armenia, Los Nevados, a pie y con morrales y bordones. A propósito de bordón, observa el coaficionado don Benjamín que los Ignacios afirman que el jesuita debe ser como bordón de hombre viejo. Esta observación ennobleció ante nosotros mismos nuestras figuras; nos dio aplomo. Lo airoso o desairado de la actitud humana depende de la ideología presente entonces en el campo de la conciencia. De ahí que aquellos que tienen gran movilidad espiritual sean también variadísimos en sus actitudes físicas. Respecto de los bordones, quedaban ennoblecidos por el recuerdo de la disciplina jesuítica”.

Imagen divagaciones.wordpress.com

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La apostilla: Bromista incorregible, cuando el vecino de su quinta “Otraparte”, de Envigado, lo encontraba recostado a un árbol, le soltaba un “Qui’ubo maestro, descansando”?, él lo despachaba con un “No, mijo, trabajando”. A la mañana siguiente, si lo veía ordeñando una vaca, el mismo vecino lo saludaba con un “Qui’ubo maestro, trabajando”?, don Fernando González le salía con un “No, mijo, descansando”.

 

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