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EL CAMPANARIO: Las hormiguitas de Santa Laura Montoya

Por Tomás Nieto

(medellin.lopaisa.com)

Un minúsculo grupo de laboriosas hormigas al que de niña solía ayudar a una cuadra de su casa, en su natal Jericó, en el transporte del frágil alimento para la diminuta comunidad, fue la primera demostración que tuvo sobre la existencia de Dios Santa Laura Montoya Upegui. Mañana martes se cumple el segundo aniversario de su memorable ingreso al santoral.

La venerable religiosa –fundadora de la Congregación “Misioneras de María Inmaculada y de “Santa Catalina de Siena”, también conocidas como “Las Lauritas”— nació el 26 de mayo de 1874 en la citada comarca cafetera y falleció el 21 de octubre 1949, en su convento del barrio Belencito, de Medellín.

Este fue el recorrido que en medio siglo tuvo el proceso hacia la santificación de la misionera antioqueña:

La causa para la beatificación de la Madre Laura fue introducida el 4 de julio de 1963 por la Arquidiócesis de Medellín. El 11 de julio de 1968 la congregación religiosa de misioneras fundada por ella recibió la aprobación pontificia. Fue declarada siervo de Dios en 1973 y posteriormente declarada venerable el 22 de enero de 1991 por el papa Juan Pablo II. El propio Pontífice la beatificó el día 25 de abril de 2004 en una ceremonia religiosa realizada en la Plaza de San Pedro en Roma en presencia de 30.000 fieles. El arzobispo de Medellín, monseñor Alberto Giraldo Jaramillo, erigió por medio del Decreto 73 de 2004 el Santuario en donde reposan las reliquias de la Madre Laura. Posteriormente, el Congreso de Colombia aprobó la ley 959 del 27 de junio de 2005 por la cual se le rinde homenaje a la Madre Laura y reconocimiento a su obra evangelizadora. Su fiesta se celebra el 21 de octubre. El papa Francisco inscribió su nombre en el libro de los santos mediante la fórmula canónica en solemne concelebración eucarística en la plaza de San Pedro el 12 de mayo de 2013.

Hija del médico Juan de la Cruz Montoya, quien murió asesinado en una de las guerras civiles del siglo XIX, y doña Dolores Upegui, los historiadores de la región señalan que le correspondió vivir una difícil niñez y juventud, en un ambiente lleno de hostilidades. En sus 75 años fue una incansable religiosa, educadora, escritora y misionera. Pasó los diez últimos años de su vida postrada en una silla de ruedas.

Google ofrece al navegante esta apretada síntesis de su misión en la tierra: En 1893 se graduó como maestra. Profesora y pedagoga notoria, se dedicó a formar jóvenes dentro de la fe cristiana y católica. A la edad de 30 años, siendo subdirectora de un colegio de niñas de familias de ingresos altos en Medellín, decidió trasladarse a Dabeiba (Antioquia) para trabajar con los indígenas Emberá Chamí y desde entonces el resto de su vida al apostolado y las misiones. Practicó igualmente la literatura, escribiendo muy castizamente con un estilo comprensible y atractivo. Cultivó también, mientras desarrollaba su carrera pedagógica, la mística profunda y la oración contemplativa. En 1914 fundó la Congregación de Misioneras de María Auxiliadora y Santa Catalina de Siena.

Justamente, en su autobiografía titulada “Historia de la Misericordia de Dios en un alma”, la Madre Laura recrea así el hermoso episodio de las hormigas:
“… Me entretenía, como siempre, en seguir unas hormiguitas que cargaban sus provisiones de hojas. Era una mañana, ¡la que llamo la más bella de mi vida! Estaba a una cuadra más o menos de mi casa, en sitio perfectamente visible. Iba con las hormigas hasta el árbol que deshojaban y volvía con ellas al hormiguero. Observaba los saludos que se daban, las veía dejar su carga, darla a otra, entrar por la boca del hormiguero. Les quitaba la carga y me complacía en ayudarlas llevándoles las hojitas hasta la entrada de la mansión en tierra, en donde me las recibían las que salían de aquel misterioso hoyo. ¿Cómo fue esto? !Imposible decirlo! Supe que había Dios, como lo sé ahora y más intensamente; no sé decir más”.

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