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EL CAMPANARIO: Evocando al maestro Rafael Puyana

Por Tomás Nieto

Rafael Puyana (q.e.p.d.) Foto et.eltiempo.digital

Hace 50 años, por estas calendas, conquistaba con su arte musical al exigente público londinense el artista colombiano Rafael Puyana.

En su columna dedicada a registrar las noticias antañonas decía ayer el diario El Tiempo:

El triunfo de Puyana. Exitosa fue la presentación del clavicordista colombiano Rafael Puyana en el Wigmore Hall, de Londres. La prensa elogió el acto y las cifras de la boletería confirmaron la gran acogida del público inglés al músico. Puyana, de 34 años, es un embajador cultural de Colombia en el exterior. (Fin de la cita del matutino bogotano).

En homenaje a la memoria del consumado artista, rescatamos nuestra columna titulada ¡Música, Maestro”, publicada el 21 de octubre de 2005:

Una noche, después de cenar en casa de sus padres, en Bogotá, en compañía de don Andrés Segovia, el español que revitalizó la guitarra para el mundo como instrumento de concierto, el consagrado músico colombiano Rafael Puyana resolvió convertirse en el principal enemigo de la aplicación del adjetivo Maestro, tan socorrido en todas las manifestaciones culturales, especialmente en la de su arte que lo hizo ciudadano universal sin visas, aduanas, ni fronteras.

Puyana, notable ejecutor del clavicémbalo, también fue famoso porque solía llamar las cosas por su nombre. La hipocresía no hacía parte de su repertorio. Al pan le llamaba pan y vino al vino. Para sus críticos era, simplemente, un hombre de partituras y de malas pulgas, amigo de querellarse con un sector de la prensa que, en su sentir, “lo malquería”. Los adoradores de la música culta salían en su defensa y lo defendían como “un genio a veces incomprendido”.

Para justificar su oposición al empleo del apelativo que lo sacaba de quicio, el propio profesor Puyana, a quien debía aturdirlo el imperativo ¡Música, Maestro!, hizo de su puño y letra el siguiente relato:

“Basta con recordar la famosa anécdota que contó en el mundo entero don Andrés Segovia, el consumado concertista de guitarra sobre aquella tarde en que preparaba en el Teatro Colón, de Bogotá, un recital que debía presentar esa misma noche. Un carpintero que estaba martillando en lo alto de las tramoyas, mientras Segovia desesperado trataba de ensayar, oyó el estridente grito de un empleado que vociferaba: “Maestro, deje de hacer ruido, no ve que el artista está ensayando”? Atraída por semejante algarabía, acudió la directora del teatro a presentarle disculpas al célebre guitarrista español, quien enfadado le contestó: “Decididamente, en este país llaman ‘maestro’ a cualquiera. Después del recital, Segovia fue a cenar a la casa de mis padres, y por primera vez contó esta anécdota con esa gracia que lo caracterizaba. Desde entonces quedó en mi mente que el título de “maestro” dejaba de ser honorifico y se convertía para mí en una lisonja que había que evitar prodigar a toda costa. Ni que me hubieran presentado en persona al mismo Stravinsky lo hubiera llamado “maestro”. Más tarde, como en el caso de León de Greiff, percibí que el título de maestro lo distribuían indiscriminadamente quienes buscaban congraciarse con personajes de poca categoría, para halagarlos”. (Fin de la andanada con la firma del profesor Puyana).

La apostilla: En su juventud, cuando Gilberto Alzate Avendaño era un impetuoso estudiante de leyes, en Medellín, solía participar en las entretenidas tertulias que presidía don Tomás Carrasquilla, en el céntrico café “La Bastilla”. En una de esas reuniones, Alzate le preguntó al sabio costumbrista: “Oiste, Tomás, ¿a vos por qué te llaman maestro”? Y el viejo astuto, calculador y marrullero le contestó: “Hombre, Gilberto, debe ser por lo mismo que llaman a tu papá GENERAL”.

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