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EL CAMPANARIO: En tiempos de Los Leopardos

Por Tomás Nieto

La cofradía de Los Leopardos. Foto blogspot.com

En la Bogotá de la primera mitad del siglo XX –cuando a la gran metrópoli no le llegaban todavía el pico y placa, Petro, Peñalosa y el Transmilenio—un notable intelectual caldense era la voz prima de la crónica política en la que fue, sin duda, la época de mayor esplendor del partidismo criollo y del parlamentarismo de gran factura.

En los archivos del desaparecido Instituto Colombiano de Cultura figuraba esta ficha biográfica del erudito Alejandro Vallejo: Nació en Manizales el 21 de abril de 1902.

Bachiller de Filosofía y Letras en 1919. Secretario del Departamento Nacional de Estadísticas y Secretario de Educación del Departamento de Caldas. Ocupó cargos diplomáticos entre 1936 y 1944. Fundador y Director del semanario “Comandos”. Columnista de “El Tiempo”. Redactor de “Sábado” y “Jornadas”. Fundador, con don Gustavo Santos, de la revista “Continentes”. Autor de los libros “Políticos en la intimidad”, “La Casa de Berta Ramírez”, “La cita de los aventureros”, “Entre Dios y el Diablo”, “Reportajes con la Historia”. El autor del currículo apretó en esta síntesis el vigoroso estilo del fecundo escritor manizaleño: “A través de su obra literaria trasciende la vitalidad de los personajes, la veracidad del diálogo y la gracia del relato”.

De su rica provisión de entrevistas con personajes de la vida nacional nos ha quedado como pieza maestra la que le hizo al combativo jefe conservador antioqueño Augusto Ramírez Moreno, el orador más vehemente de la irrepetible escuela de Los Leopardos, a quien pintó con singular maestría:

“Augusto Ramírez lleva varios lustros de ser como si dijéramos El héroe en busca de su pintor. Nadie en esta República de campesinos ha trabajado como este leopardo tan cuidadosamente su biografía; todos sus gestos, todas sus actitudes, todas sus palabras, todos los actos de su vida, están dirigidos a la biografía.

Con sus amigos ha sostenido una nutrida correspondencia, en la cual ha ido acumulando una ingente cantidad de material biográfico.

Todos los eslabones de su artificiosa vida. En los álbumes de recortes en donde con solícito cuidado ha coleccionado sus artículos y sus discursos, hállanse al margen de los manifiestos conservadores anotaciones como estas que son puestas evidentemente por el miedo a morir sin revelar el gran secreto; anotaciones que parecen gritos de ultratumba: “Este manifiesto es mío! “En este manifiesto no hay ni una coma de Laureano”. “Este es mío”. “Mío”. “Mío”. “Mío”. “Lo escribió Augusto Ramírez Moreno”. “Mío”.

De entrada, Vallejo le rayó las espuelas al elocuente jefe conservador con este pedido:

— Cuénteme algo de su vida íntima.

Ramírez lo miró con enojo y le respondió:

— “Notifico a usted que yo no tengo intimidad.

En mi vida no hay campo para esa grosera circunstancia. Yo soy en todo un hombre público.

Nunca, nadie ha sorprendido en mí una sola actitud que no sea cuidadosamente preparada, arreglada y perfilada. Soy un caballero arrogante, aún en la circunstancia de abrocharme los pantalones”.

Ramírez Moreno nació con el siglo en Santo Domingo, Antioquia, la misma cuna que meció a los eximios escritores Tomás Carrasquilla y Francisco de Paula Rendón, el 23 de noviembre de 1900, y dejó de existir en Bogotá el 19 de noviembre de 1974. Abogado de la Universidad Nacional, se distinguió por el ímpetu de su verbo, que sus amigos y adversarios comparaban con un volcán en erupción. El fecundo escritor y célebre editor Gonzalo Canal Ramírez, de Gramalote, Norte de Santander, lo retrató en forma certera: “Augusto, ante todo, era un `leopardo’. Ninguno de los de su grupo le ganó en felinidad. Ni Silvio Villegas con la lírica y el oro puro de su prosa. Ni Eliseo Arango con la cristalinidad de su raciocinio. Ni siquiera ese emperador de la elocuencia que fue José Camacho Carreño. Augusto era felino y rampante por derecho propio hasta en sus gestos, sus pestañas, su nariz, el ademán de sus manos, el brillo de su mirada, su personalísimo estilo de tigre de Bengala en acecho y el altanero cascabeleo de su altanería y altivez que jamás podrá confundirse con lo que quienes no lo conocieron imputaban a vanidad”.

La noche bogotana en la que dio a luz el nombre del memorable grupo político, Ramírez Moreno les dijo a los cuatro compañeros de la expedición que apuntaba a renovar la política conservadora: “Mis hijitos, ustedes se tienen que bautizar. Deben adoptar un nombre de guerra, algo que le dé la sensación de agilidad, de fiereza, algo carnicero, como Los Leopardos”. ¡Y así se quedaron!

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Del Periodista Orlando López García

Abogado: así nos duele esta Colombia atormentada que en seis decadas ha visto asesinar a más de un millón y medio de personas, la mayoría gente buena del campo que no entiende la falta de piedad de los dueños del país, señores de la guerrra, contertulios de los ¨clubs¨, dueños de la Bolsa, gerentes del Banco de la República, corruptores de las tres ramas del poder con su poder económico, propietarios de lujosos aviones, dueños de mansiones en Paris, Madrid o Roma (a veces en Miami), usuarios de todos los productos de marca, libidinosos, infieles, bien hablados, desleales, mentirosos, arrogantes, chismosos, finamente procaces, anglo-franco-parlantes, depositarios en las cuentas de Panamá, graduados en Oxford o la Sorbona cuyos títulos les sirven para adornar las oficinas o limpiarse salva sea la parte.
El Indio Romulo, al igual que el Indio Silvio, su sobrino, en nuestro programa EL CAMPO llamaban la atención del país sobre la realidad campesina pero nadie los escuchó. Porque los oidos del país tienen los tímpanos momificados.

Es imposible no llorar oyendo estas palabras de Romulo. así nos ha dolido siempre Colombia. Nuestra amada Colombia.

un abrazo,

Orlando López García
Miami

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