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EL CAMPANARIO: El humor blanco de San Juan XXIII

Por Tomás Nieto

Foto infobae.com

 

Afortunadas las gentes de Paris, Venecia y Roma que tuvieron, en distintas épocas, el privilegio de paladear, en vivo y en directo, el excelente sentido del humor de que hizo gala el bondadoso Papa Juan XXIII.

Elegido en sustitución del fallecido Pío XII el 28 de octubre de 1958, en un cónclave bien difícil, puesto que no estaba entre los posibles papábiles, el cardenal Angelo Giuseppe Roncalli dejó de existir a los 82 años de edad, el 3 de junio de 1963, tras un fructífero pontificado de cinco años.

Los enciclopedistas hacen esta síntesis del inolvidable pastor de ascendencia campesina: Nacido en Sotto il Monte, en 1881, murió en Roma. Ordenado sacerdote en 1925, ocupó diversos cargos diplomáticos en Bulgaria y Turquía, antes de ser nombrado Nuncio en Paris. Patriarca de Venecia y Cardenal, fue elegido Papa. Su corto pontificado, caracterizado por el aggiornamento, (puesta al día) de la iglesia romana, estuvo especialmente marcado por la convocatoria del Concilio Vaticano II, (en 1962), del cual Juan XXIII hizo el el llamado “concilio de la apertura” y del ecumenismo. La enseñanza del “papa bueno” se amplió con dos encíclicas capitales: Mater et magistra, que precisa la posición de la iglesia acerca de la cuestión social y particularmente del problema campesino, y Pacem in terris, cuya resonancia fue enorme, puesto que constituyó una llamada a todos los hombres de buena voluntad para instaurar una paz verdadera”.

El colectivo periodístico “Coloquios de Jota Eme”, de Medellín, rescató este manojo de chispeantes anécdotas del carismático jefe de la cristiandad mundial:

En su pueblo natal. Juan XXIII nació en una familia campesina y explicaba por qué eran pobres: “Hay tres maneras de arruinarse: las mujeres, el juego y la agricultura: mi padre escogió la más tediosa de las tres”. Contaba que había aprendido latín en la escuela a razón de página por palmetazo porque su padre le había dicho al profesor: “El muchacho no es tonto, así que si se atrasa, azótelo”.
De Nuncio apostólico, en Paris. Cuando lo nombraron nuncio de la Santa Sede en Francia, comentó: “Cuando fallan los caballos, se echa mano de un asno”. En un banquete diplomático le correspondió sentarse junto a una señora muy escotada, y a la hora de los postres tomó una manzana y se la ofreció sonriendo diciéndole: “Por favor, acéptela. Sólo después de haber comido la manzana comprendió Eva lo poco que llevaba puesto”. Era gran amigo del embajador de Turquía en Francia, de quien decía que “es mi infiel favorito”.
De Cardenal, en la bella Venecia. Al posesionarse como patriarca de Venecia dijo en su primer discurso: “Ahora soy vuestro pastor, y mi deseo es contar a las ovejas una por una”.

Ordenó reformar la sede del patriarca, y como se demorara la construcción, comentó: “Cuando al fin la jaula esté concluida, el pájaro habrá muerto”. No tenía góndola propia, y a menudo se transportaba en el vaporetto, embarcación colectiva; cuando los pasajeros le dejaban sitio, les decía: “Vengan a sentarse a mi lado y charlamos. Pagan lo mismo que yo”
Inundaciones y turistas. Si la Plaza de San Marcos se anegaba por la lluvia, acortaba el camino a través de un café llamado “Cervecería de los leoncitos”; un día alguien le dijo: “Eminencia, ¿quiere humedecer la garganta?” Respondió sin detenerse: “No, gracias, ni tampoco los pies”. Al ver turistas en verano visitando la catedral de San Marcos, escasos de ropa, comentó: “Italia no está en el trópico, pero aun allá los leones llevan su melena y los cocodrilos su valiosa piel”.

Extraviado en el Vaticano. Siendo Papa, un visitante se extravió en el Vaticano y llegó a un suntuoso salón lleno de espejos y se encontró con el Papa, quien al ver el susto del hombre se llevó un dedo a los labios, diciéndole: “¡Chist! Yo también estoy extraviado” Al enfermar un día, cuando los médicos le dijeron que sufría una gastropatía, él comentó sonriendo: “Ustedes dicen así por ser yo el Papa. Si se tratara de otra persona, dirían simplemente que es dolor de estómago”.

Tolón Tilín

Pongámosle este moñito al rollo pontificio: A su regreso del colegio, el adolescente paisa con cara de rebelde sin causa le dice a su padre: “Pá, te confieso que yo no creo en Dios”. Respuesta del taita: “No te preocupes, hijo, que El tampoco cree en tí”.

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