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EL CAMPANARIO: El día que Puyana aprendió a detestar el vocablo Maestro

Por Orlando Cadavid Correa (ocadavidcorrea@gmail.com)

Rafael Puyana Foto colarte.com

Una noche, después de cenar en casa de sus padres, en Bogotá, en compañía de don Andrés Segovia, el español que revitalizó la guitarra para el mundo como instrumento de concierto, el consagrado músico colombiano don Rafael Puyana (que en gloria esté) resolvió convertirse en el principal enemigo de la aplicación del adjetivo maestro, tan socorrido en todas las manifestaciones culturales, especialmente en la de su arte que lo hizo ciudadano universal, sin visas, aduanas, fronteras, ni cartas credenciales.
Puyana, notable ejecutor del clavicémbalo, también fue famoso porque acostumbraba llamar las cosas por su nombre. La hipocresía no hacía parte de su repertorio. Al pan le llamaba pan y vino al vino. Para sus críticos era, simplemente, un hombre de partituras y de malas pulgas, amigo de querellarse con un sector de la prensa que lo malquería. Los adoradores de la música culta salían en su defensa y lo definían como “un genio, a veces incomprendido”.

El relato de puño y letra del artista

Para justificar su oposición al empleo del calificativo que lo sacaba de quicio, el propio profesor Puyana, a quien debía aturdirlo el imperativo ¡Música, Maestro!, hizo este relato:
“Basta con recordar la famosa anécdota que contó en el mundo entero don Andrés Segovia, el consumado concertista de guitarra, sobre aquella tarde en que preparaba en el Teatro Colón, de Bogotá, un recital que debía interpretar esa misma noche. Un carpintero que estaba martillando en lo alto de las tramoyas, mientras Segovia desesperado trataba de ensayar, oyó el estridente grito de un empleado que vociferaba: “¡Maestro!, deje de hacer ruido. ¿No ve que el artista está ensayando?”. Atraída por semejante algarabía, acudió la directora del teatro a presentarle disculpas al célebre guitarrista español, quien enfadado le contestó: “Decididamente, en este país llaman ‘maestro’ a cualquiera”. Después del recital, Segovia fue a cenar a la casa de mis padres y por primera vez contó, con la gracia que lo caracterizaba, esta anécdota. Desde entonces quedó en mi mente que el título de ‘maestro’ dejaba de ser honorífico y se convirtió para mí en una lisonja que había que evitar prodigar a toda costa. Ni que me hubieran presentado en persona al mismo Stravinsky, lo hubiera llamado ‘maestro’. Más tarde, como en el caso de León de Greiff, percibí que el título de maestro lo distribuían indiscriminadamente quienes buscaban congraciarse con personajes de poca categoría, para halagarlos”.

Maestros como arroz
Aunque se moleste mucho en su tumba el Señor Puyana, en Colombia hemos tenido maestros de verdad para dar y convidar. Repasemos arbitrariamente, a vuelo de pájaro o a ojo de buen cubero, algunos nombres: en las artes plásticas, Alejandro Obregón, Fernando Botero, Enrique Grau, Pedro Nel Gómez, Rodrigo Arenas Betancur, David Manzur, Darío Morales y que no falte la maestra Débora Arango. En la música culta, Luis A. Calvo, Blas Emilio Atehortúa, Roberto Pineda Duque y Luis Biava, y en la música popular, Lucho Bermúdez, Pacho Galàn, Carlos Vieco, Rafael Escalona, José Barros, José A. Morales, Oriol Rangel, Emilio Murillo, Pedro Morales, Edmundo Arias, Luis Uribe Bueno, Jairo de Fátima Varela, Guillermo González Arenas y Jaime Llano González. En el periodismo radial, Antonio Pardo, Yamid Amat y Alfonso Castellanos. En la tauromaquia, Pepe Cáceres y César Rincón. Y muchos etcéteras más.

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