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EL CAMPANARIO: El anecdotario del viejo enterrador de la comarca

Por Orlando Cadavid Correa (ocadavidcorrea@gmail.com)

Cuando la catedral de Manizales era de bahareque. Foto Sociedad de Mejoras Públicas.

El más famoso empresario de pompas fúnebres que tuvo el departamento de Caldas, en el siglo pasado, nació el 17 de agosto de 1909, en la finca “La Concordia”, de Palestina y murió en Manizales el 21 de junio de 1979 a los 70 años.

Antes de volverse un experto en la administración de duelos, su padre, don Faustino, curtido matarife, se lo trajo con la anuencia de la mamá Alejandrina a la pequeña ciudad a enseñarle su oficio, en el que el muchacho impuso una marca de respeto: llegó a destazar 36 novillos semanales para abastecer los expendios de carne de la vieja Galería.

En estas andaba el joven sacrificador de reses, en 1931, cuando don Manuel Valencia, el secretario del Padre Adolfo Hoyos Ocampo, lo convenció para que se dedicara al prometedor negocio funerario, y abrazó por el resto de su vida la carpintería, el bíblico oficio que le dio de comer a la Sagrada Familia, en Nazaret.

“La Equitativa” –reconocida socia de La Pelona— tuvo cinco lugares de funcionamiento durante su existencia: Nació en los bajos de la Catedral, en la carrera 22 con la calle 23. Se trasteó seguidamente a la carrera 23 con la calle 26, diagonal al actual Edificio Don Pedro. Se instaló luego en la Quiebra del Guayabo, en la carrera 22 entre calles 31 y 32 (sector de Fundadores). Al sufrir expropiación, en 1972, para abrirle camino a una reforma urbana, lio bártulos a los bajos de la Iglesia de Cristo Rey (en el entorno del Cementerio de San Esteban) con el apoyo del Padre Rodrigo López Gómez. Y finalmente se fue con su intimidante surtido a la esquina de la Avenida Santander con la calle 46, en donde funcionó hasta su desaparición.

El matriarcado que siempre imperó en su casa le sobrevive enterito: su viuda doña Ofelia, quien fue su secretaria en sus inicios, y sus cuatro hijas: Esperanza, la mayor, casada con William Valencia Chica; Piedad Lucía, Trinidad Ofelia y Carmenza.

Se le consideró un visionario del negocio: El palestino, que tuvo ocho hermanos, fue el primero en abrir una sala de velación en Manizales para evitarle a la clientela los duros tejemanejes del luto en la propia sala de la casa. Les puso gran pompa a los entierros llevando al finado de turno al camposanto en ostentosa carroza tirada por caballos percherones. Nada reacio a la evolución, para pasar de la tracción equina a la conducción automotor, adquirió y convirtió en coche funerario una camioneta Buick modelo 1948 que le había servido antes, como ambulancia, al Hospital Universitario de Caldas. Los caballos se murieron de viejos en “Dislandia”, la finca de su dueño, en el Guamo.

Estratega de respeto, solía trabar amistad con los familiares de los enfermos terminales para asegurarse la prestación del servicio exequial cuando llegara la mala hora. Los deudos daban aviso del deceso y el resto quedaba por cuenta del personal de planta de don Aparicio.

La gente le ha sacado partido a la exótica combinación que existió entre la funeraria y el fútbol, llegando al punto de memorizar su singular eslogan publicitario: “Funeraria La Equitativa, alegre, cultural y deportiva”. De él se dice que fue el primero en “importar” jugadores desde otras latitudes para su equipo, el Atlético Cabal, que desapareció cuando la Dimayor de entonces solo permitía dos equipos profesionales por cada ciudad: subsistieron el Once Deportivo y el Deportes Caldas. Si los jugadores de su escuadra eran demasiados y no le cabían en la casa, los ponía a dormir en los ataúdes sin estrenar, en la bodega de la funeraria. En 1947 afrontó su primera quiebra por culpa del futbol, una de sus tres grandes pasiones. Las otras dos fueron Jorge Eliécer Gaitán, en la política, y Carlos Gardel, en el tango y la milonga.

La apostilla: Primer mecenas del costarricense Carlos Arturo Rueda, a su llegada a Colombia, como boxeador, don Aparicio exhibió por varios años orgullosamente la cama en la que durmió el astro de la locución deportiva, mientras vivió en su casa, en Manizales. El mueble es tan fino y resistente que aún lo usa su viuda, doña Ofelia Missas de Díaz. ¡Genio y figura hasta a sepultura!

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