Al instante

EL CAMPANARIO: De la que se salvó hace seis años el gordo Javier Hernandez Bonnet

Por Tomás Nieto

Javier Hernández Bonnet, comentarista deportivo de Caracol tv. Foto El Espectador

Hace seis años el cronista deportivo Javier Hernández Bonnet pretendía decirle adiós al periodismo, cambiando micrófonos, reflectores y cámaras por una curul en el Senado de la República. Y fue tan afortunado que no le alcanzaron los votos para meterse en semejante berenjenal sin salida. Después de los escrutinios, el caldense pudo recitar con su amigo, el doctor Pacho Maturana, aquella frase de cajón, según la cual, perder es ganar un poco.

En plena campaña de esas en en la que no se le niega una promesa a nadie, a nuestro personaje le quedó para su “vanidoteca” (equivalente a su álbum familiar) esta columna que le dedicó Orlando Cadavid Correa, en el diario La Patria, de Manizales, la ciudad natal del Gordo:

Figura destacada de la reconocida Escuela de comentaristas deportivos de Manizales, Javier Hernández Bonnet ha tomado la decisión más difícil de su vida: cambiar la muy profesional rutina de las cámaras, los reflectores y los micrófonos, que le son tan familiares, por la impredecible actividad política que le significará un mundo absolutamente nuevo para él, en una época en la que el Congreso Nacional soporta niveles de desprestigio jamás alcanzados en la historia bicentenaria de Colombia.

Si las urnas le sonríen el próximo 14 de marzo, el hijo de don Pastor, como lo llamaban en la niñez sus vecinos del manizaleño Barrio Chipre, quedará convertido a sus 56 años en flamante senador de la república, en representación del partido conservador.

Sin embargo, con el paso del tiempo se convencerá, en su mullida curul, de que una sola golondrina no hace verano y que es más gratificante ser padre de los hermanos Hernández (Juan Pablo, Alejandra y Sofía) y abuelo de la pequeña Valentina, que “padre de la Patria”.

La metamorfosis del Gordo Hernández –apelativo con el que suelen denominarlo sus colegas de oficio— implicará cambios a granel: Buscará electores, en vez de televidentes o radioescuchas. Aprenderá que el costo de una campaña para una curul supera con creces los mil millones de pesos. Los expertos en manzanilla electoral le dirán que requerirá 35.000 votos para asegurar su elección, la misma gente que se requiere para un lleno total del estadio Palongrande.

Su set no estará en los estudios en el Canal Caracol, ni en el estadio El Campín, sino en el recinto del Senado, donde pasará de presentador a presentado, cuando lo ponchen los camarógrafos de Señal Colombia, en una de las tediosas sesiones parlamentarias. Lo suyo, en adelante, no será el balón de los goles “espectaculares” sino las balotas blancas y negras en cada votación.

En el Capitolio conocerá, en directo, la corrupción de carne y hueso. Se verá las caras con los manipuladores de conciencias, los compradores de votos, los más duchos en componendas y en transfuguismo. Palpará en vivo y en directo prácticas tan perniciosas como el clientelismo, el cabildeo, las canonjías y cien etcéteras más mortalmente aburridores.

En el hemiciclo senatorial, su nuevo hábitat, ya no dirá “es un placer estar con ustedes” sino “presente”, a la hora de correr lista, para poner en evidencia a los ausentistas. Ah… y lo llamarán ‘doctor’, unos, y ‘honorable’, otros, mientras porte credencial en su bolsillo, devengue dietas por encima de los 20 millones de pesos mensuales y luzca escudo de senador en la solapa del saco.

Pasará a diario por molestias como vivir escoltado por guardaespaldas armados hasta los dientes y movilizarse en vehículo blindado, por razones de seguridad. Más adelante se resolverá si se opta o no por el chaleco antibalas. Otra cosa jarta: tener que madrugar a los magros desayunos de las bancadas, en Palacio, para recibir perentorias órdenes presidenciales sobre los derroteros a seguir en las sesiones que llegan.

Dejarse invitar a cuanto acto social se programe y permitir que le impongan hasta la Orden de la Democracia, distinción que –al igual que un tinto o un cigarrillo- no se le niega a nadie. Soportar la frecuente avalancha de los lagartos disfrazados de lobistas. Y recibir homenajes a granel por haber cambiado las cámaras de televisión por las cámaras legislativas.

Ante lo que se le viene encima a Hernández Bonnet, quien ha prometido convertirse en solitario defensor de la desamparada clase media, resultaría procedente que le dieran un poco de cartilla sobre sus experiencias parlamentarias, entre otras figuras del medio, Alfonso Lizarazo, Edgar Perea, Carlos Muñoz, Edgar Artunduaga, Hugo Patiño y Lucero Cortés, antes del 20 de julio, cuando aspira a estrenar su nuevo modus vivendi.

La apostilla premonitoria: No es por aguarle el sueño senatorial a Hernández Bonnet, pero ojalá tenga un Plan B para ejecutar en caso de que las urnas le digan no y lo regresen a los goles.

Email this to someoneTweet about this on TwitterShare on Google+Share on LinkedInShare on FacebookPrint this page
Ir a la barra de herramientas