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EL CAMPANARIO: Así le llegó la vejez en tres actos a un amigo nuestro

Por Tomás Nieto

Caricatura upssoyyo.wordpress.com

Sin haberse puesto de acuerdo, la taquillera de un teatro, dos lindas universitarias y un ciclista, en tres actos diferentes, incorporaron en un tiempo record -sin ningún trámite previo- al imaginario Club de la Ancianidad, al docente emérito Leonardo Calle, apodado desde su infancia “El muchacho feliz”, por su costumbre de vivir siempre alegre y sonriente.

Acto I: El primer episodio ocurrió en la ventanilla del cinematógrafo de su barrio y fue sencillo y tajante: la taquillera le notificó que en adelante no pagaría por su boleto los $5.000 de costumbre sino la mitad, porque había quedado clasificado entre los clientes de la tercera edad que frecuentaban esa sala que está en el mismo entorno de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

La dura noticia –torpemente dada- lo aturdió y lo dejó como si fuera de bronce. Considero que era una rebaja con ofensa incluida. Su ego se derrumbó y quedó de recoger con cuchara.

Se preguntó cómo era posible que le dijeran viejo, si le faltaban seis meses para cumplir los 60 abriles; era un jubilado fuerte como un caballo y vivía orgulloso con su metro con 90 de estatura. Sintió deseos de salir corriendo, pero no tenía alientos. Como pudo, se metió a la sala. Proyectaban “Hable con ella”, de Pedro Almodovar, pero el reconcomio no lo dejó concentrarse en la trama de la película del niño terrible del cine español.

Acto II: El segundo acto fue igualmente doloroso: dos preciosas estudiantes buscaban acomodo en la sala y vieron dos butacas vacías al pie de Leonardo. Sin ninguna perversidad, una dijo: “Vení, sentémonos aquí con este viejito”.

En ese momento se apagaron las luces para dar comienzo a la función y el profesor Calle sintió ganas de ponerse a llorar o de largarse, sin ver su primera película con el amargo descuento del 50%. Finalmente, decidió quedarse. En la mitad de la proyección, la chica que estaba a su lado, al pasarle un confite de menta, le expresó: “Tenga, cuchito, para que endulce la vida” . Las tres mujeres –la taquillera y las dos universitarias- le acababan de demostrar que en el invisible calendario del alma de que hablara el maestro Manuel Mejía Vallejo, el suyo había sido un día negro, de eclipse total, No lo podía creer: Ya era tratado como un venerable anciano o un mueble viejo y su vida, en adelante, no sería la misma. ¡Le había llegado la longevidad por ventanilla!

Acto III: De regreso a casa, iba tan retraído, tan sumergido en su drama, que por poco lo atropella un ciclista. “Cuidado, abuelo”, le gritó el joven, al esquivarlo. Este incidente se sumó al drama de nuestro hombre. Quiso tomar el calificativo como una broma cruel; recordó que no tenía nietos, porque sus tres hijos permanecían solteros y se dijo: “menos mal que el de la cicla casi me arrolla, no me llamó catano, carroza o dinosaurio”.

Cuando llegó a su hogar, después de semejante matiné, su mujer (maestra pensionada, como él), no adivinó que Leonardo estrenaba infierno interior. Se negó a comer y se metió en el cuarto de estudio, a pensar, a rumiar sobre lo que sería el resto de su vida, después de los episodios con la taquillera, las vecinas de butaca y el ciclista todo terreno. No pegó el ojo en toda la noche.

A la mañana siguiente el derrumbe continuó su marcha inexorable hacia no se sabe dónde. Rehusó madrugar a dar la saludable caminata de siempre. Habló poco. No encendió la radio para saber qué pasaba. Evitó rasurarse para no verse en el espejo Pese a todo, la esposa seguía sin notar el cambio de comportamiento de su hombre que ya no se consideraba “El muchacho feliz” sino “El viejo infeliz” o “Leonardo, el otoñal”.

Coleccionista de máximas encontradas en las lecturas que lo apasionaban, Calle –que empezaba a verse acosado por una insoportable oleada de miedo y autocompasión- tuvo, en medio de su desesperación, la feliz idea de activar su computador personal. Se fue directamente al apartado de aquellas frases de los grandes escritores que tuvieran qué ver con la senectud, y encontró verdaderos bálsamos para su tormento. La que más lo impactó fue esta, del español Francisco Quevedo, que retrataba literalmente su propio caso: “Todos deseamos llegar a viejos, y todos negamos que hemos llegado”. Del vasco Fernando Savater halló en su archivo este lenitivo: “Estoy en una edad en la que uno está viejo para todo, menos para morirse o para escribir su autobiografía”. Buscó a Gabriel García Márquez y encontró esta gran verdad: “No es a la muerte a lo que el hombre teme, sino al tránsito hacia ella”. Y una más, de nuestro Carlos Castro Saavedra: “Tal como nos ocurre a todos los hombres, comenzamos a morir el día en que nacemos”.

Después de este necesario y oportuno ejercicio espiritual, Leonardo apagó el computador y se decidió a seguir en pie y no echarse a morir; a prepararse con la debida serenidad para el viaje al más allá –ligero de equipaje, sin con qué irse y sin con qué quedarse, como lo aconsejó el poeta-: a poner todas sus cosas en orden y a sacarle partido a los días que le restaban, puesto que su estado de salud era excelente . volvió al teatro, a ver –ahora sí- la película de Almadovar, y le regaló una amable sonrisa a la taquillera que le había vendido un día antes, con descuento, el boleto para la función de estreno de sus vejez.

Tolón Tilín
Matusalén, el personaje bíblico legendario por su extraordinaria longevidad, puesto que el Libro del Génesis le atribuía la friolera de 969 años, vivía feliz y dichoso, porque sus amigas le decían que apenas aparentaba 750.

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