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El cambio histórico

Por Enrique Santos Molano, Diario El Tiempo, Bogotá

Imagen Alponiente.com

Hay una fuerza sólida de ocho millones de colombianos y de colombianas que no se van a disgregar.

“Un tiempo sucede a otro tiempo” (tempora temporibus succedent) sentenció Horacio. Y eso se vió el domingo pasado 17 de junio. Un cambio de tiempo en la historia de Colombia, que se da acompasado con el que está ocurriendo en el resto del mundo, y que se viene gestando en el período de transición de un siglo al otro.

¿Qué tiempo ha terminado y que tiempo le sucede en Colombia? Ha terminado el tiempo feudal de los barones poderosos dueños del país, y de los ciudadanos vasallos que viven con la cabeza agachada. Comienza el tiempo de los ciudadanos libres, de los que levantan su cabeza para pensar por su cuenta, que ya no se dejan intimidar, que no tragan entero, resueltos a defender sus derechos de hombres y mujeres libres, pensantes y actuantes.

“Este está delirando” pensarán muchos. “Si las elecciones las ganaron los del bando feudal ¿cómo dice que hay un cambio de tiempo?”. Es verdad, las elecciones presidenciales las ganaron los del bando feudal, pero un par de consideraciones nos mostrarán cómo esa victoria solo es el último coletazo del feudalismo y pronto se habrá desvanecido como una burbuja financiera. El candidato de las fuerzas democráticas representadas en Colombia Humana obtuvo en cifras redondas ocho millones de votos reales. Y los llamo votos reales porque fueron depositados en las urnas por ciudadanos que libremente respaldaron la candidatura de Gustavo Petro, cuya campaña no tuvo recursos, los bancos se negaron a prestarle plata, e incluso a abrirle una cuenta, los medios le restaron importancia, tuvo tantas dificultades de todo género, como no los ha tenido ninguna otra campaña, mas contó con un elemento clave: el apoyo de la gente.

Los que vienen son tiempos nuevos, que van a suceder a los tiempos viejos feudales puestos en coma profundo el domingo histórico del 17 de junio.

Vimos siempre llenas, desbordadas, las plazas donde el candidato Gustavo Petro habló para exponer los programas de Colombia Humana y de la Gran Coalición por la paz. Llenas de ciudadanos y de ciudadanas que asistían con sus propios recursos y que hasta donaban espontáneamente aportes modestos (pero inmensamente valiosos como símbolo democrático), sin dejarse amedrentarar por las amenazas soslayadas o abiertas que recibían a menudo, y sin amenazar jamás a nadie. Así, un candidato, pobre en recursos, y rico en ideología y entusiasmo popular, puso en las urnas de las presidenciales ocho millones y pico de votos.

En contraste con la campaña paupérrima de Gustavo Petro, la del candidato del feudal Centro Democrático contó con recursos inagotables para su publicidad, el respaldo generoso de los medios, la asesoría ad honores de JJ Rendón (según lo dijo él), maestro del engaño y de la astucia publicitaria; pero nunca vimos en las plazas ninguna multitud apasionada aclamando al candidato Duque, no obstante que se ofrecían dádivas por la asistencia, comilona gratis, y promesas de bienaventuranza. Con toda su inmensa capacidad financiera, el hoy presidente electo apenas pudo conseguir diez millones de votos. La diferencia de condiciones económicas por las que un candidato obtuvo diez y el otro ocho, nos indica con claridad que el vencedor no puede confiar ni poquito en la solidez de su victoria, mientras que el perdedor quedó sobre un terreno firme. Si hacemos una abstracción veremos un ring en el cual se proclama vencedor al púgil que está noqueado.

En efecto, el cambio de tiempo nos dice que el feudalismo quedó noqueado en las pasadas elecciones presidenciales. Salomón Kalmanovitz, en su columna de El Espectador del día siguiente a la elección, amanece tremendamente pesimista y pronostica que vienen “tiempos difíciles”. Difíciles, sin duda, lo son todos. Los que vienen son tiempos nuevos, que van a suceder a los tiempos viejos feudales puestos en coma profundo el domingo histórico del 17 de junio.

Hay una fuerza sólida de ocho millones de colombianos y de colombianas que no se van a disgregar. Al contrario, aumentarán día por día; y hay también un equipo de dirigentes a la altura del cambio de tiempo. Gustavo Petro, Antonio Navarro, Ángela María Robledo, Claudia López, Clara López, María José Pizarro, Jorge Rojas (y cientos más a nivel municipal y universitario, sería imposible mencionarlos a todos) preparados para asumir las tareas que imponen, desde ahora, esos tiempos nuevos.

Muy mal ha comenzado el presidente electo con su orden desdichada al congreso de suspender el trámite de la ley estatutaria de la JEP. Los medios locales, y los internacionales, puestos en modo de mundial de fútbol, han calificado en tono de reproche ese paso errado como “un gol a la paz” o como que el presidente electo “puso en jaque la paz”. No hay tal. El presidente electo se hizo un autogol y se puso en jaque él mismo. En todo el país, hombres y mujeres se están organizando para defender la Paz, la integridad de los Acuerdos de la Habana y del Colón, y la continuación de los diálogos con el ELN en La Habana.

Señor presidente electo, Iván Duque, vivimos tiempos nuevos. Usted ha llegado muy joven a un cargo de responsabilidad abrumadora. Póngase al ritmo de esos tiempos nuevos y hará historia a lo grande. Que el señor lo ilumine.

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