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El arte de amar

Por Oscar Domínguez G, Diario El Tiempo, Bogotá

Imagen blogspot.com

Hace poco, cuando supe de la existencia de un incunable que aconseja a las mujeres a utilizar el ajedrez como instrumento para enamorar varones, me aparecí en la biblioteca Luis Echavarría Villegas de la Universidad EAFIT, en Medellín, donde se deja mirar y admirar desde 2015 cuando fue adquirido en una librería sueca.

Casi voy confesado, comulgado y perfumado a esta cita con  “El arte de amar”, de Publio Ovidio Nasón. La obra está cumpliendo dos mil años en 2017. Felizmente, del libro no tenía ni veniales el exprocurador Ordóñez en su época de pirómano.

Tanto como yo se alegró el vestido de pontificar que lucí para la ocasión. Cuando uno ha dado un paso al costado laboralmente, también van al archivo los trajes que alguna vez trituraron horarios con el dueño.

Abre usted el clóset y tiene la sensación de que los vestidos se le tiran en plancha para que les dé una segunda oportunidad.

Archivo ODG

Tiré un carisellazo mental y concluí: Esta hebra bajada con horqueta en algún hiperalmacén, merece acompañarme a conocer el delicioso libro de simplemente Ovidio (Sulmone 43 a.C- Tomi 17 d.C).

Incunables no se ven todos los días. EAFIT solo tiene ese. El término de incunable se aplica a los libros impresos entre el nacimiento de la imprenta (1453) y el 1º. de enero de 1501. La joya de la corona de la Luis Echavarría tiene fecha de edición 1494.

Llegué pisando duro, y con voz de Efromovich antes de empezar a destituir pilotos (no lo quiera la Chinca) ordené: Tráiganme el “Ars Amatoria”.

Creí que con el latín que aprendí en el seminario in illo tempore, podría encontrar la parte en la que le aconseja a la mujer “ser hábil y prudente en el juego del ajedrez”, como dice el ejemplar que me acompaña, en la traducción de Virgilio Zamorano (Altamir Ediciones). Ovidio incluía el dominio de este juego entre las argucias que debía esgrimir la fémina para pescar en el río revuelto del mercado masculino.

El libro de Ovidio apareció pero con amable chaperón a bordo, enguantado y tal. Nada de dejarlo tocar de manos sacrílegas “por conservación física, por su antigüedad, por ser único y raro”, según la explicación que me daría.

Salí feliz, con sonrisa de corrupto no pillado aún. Luego, gracias al exmagistrado Javier Henao Hidrón, ajedrecista de primera línea, supe que en tiempos de Ovidio el ajedrez no se llamaba así, sino chaturanga. Se le conoce bajo la advocación de ajedrez desde 1561, aproximadamente. Pero nadie me quita lo bailao: soy un incunable menos ignorante.

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