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Dos sillas vacías

Por Yolanda Reyes | @yolandareyesv Comentar, Diario El Tiempo, Bogotá

Gustavo Petro esperó pero Duque no llegó a los estudios de RTVC. Foto El Tiempo

Es urgente pensar en los efectos de negación al debate público, que es la esencia de la democracia.

El sábado pasado, en los últimos minutos autorizados para hacer debates antes de la segunda vuelta electoral, Gustavo Petro llegó al edificio de RCTV, el sistema de medios públicos de radio y televisión de Colombia, para sostener un debate político con Iván Duque. Tal como lo había anticipado Duque, aduciendo que ya había ido a bastantes debates en primera vuelta y que la gente prefería dedicarse a ver fútbol, Petro salió solo, sin adversario, en el estudio oficial. Pero no lo vimos por los canales de RCTV, sino en las redes sociales.

Gracias a esta revolución tecnológica que ha puesto la información en tiempo real al alcance de tantas manos, pudimos ver nuevamente la típica silla vacía, que ya es una ‘marca país’ de nuestras elecciones presidenciales. Pero lo más preocupante es que vimos dos sillas vacías, pues tampoco había ninguna figura del periodismo, ningún líder de opinión, ningún director de medios encargado de dirigir el debate, o, en su defecto, de preguntar o manifestar su extrañeza por la ausencia de debate. Por tratarse del único espacio en el que los electores habrían podido ver a los candidatos enfrentados (sí, frente a frente: de eso se trata una democracia), exponiendo, sustentando y discutiendo sus ideas sobre el país que pretendían gobernar, la presencia de esa tercera figura tendría que haber sido, para usar el lenguaje oficial, ‘insubsanable’.

Todo eso lo vimos por redes sociales, mientras buscábamos algún canal de RCTV y nos preguntábamos cuáles eran esos canales, haciendo ‘zapping’ entre la maraña de opciones de televisión por cable, y no pudimos creer cuando vimos que en el canal institucional pasaban un pregrabado de Duque, hablando en su habitual tono menor y sin adversario, de lo lindo que es no polarizar. Esta escena final de campaña fue la más elocuente: en vez de debate público en el espacio diseñado para que los dos candidatos sustentaran dos proyectos políticos y los ciudadanos pudiéramos comparar no solo sus ideas de país, sino sus formas de sustentarlas y de dejarse interpelar por las ideas contrarias y por las contrapreguntas agudas de periodistas expertos, el canal público transmitía un pregrabado del candidato ausente, hablando solo.

¿Qué significa ver por redes sociales al candidato que sí aceptó debatir, en un estudio vacío de la televisión pública, mientras la misma televisión pública transmite, a la misma hora, un pregrabado del candidato que se niega al debate? ¿Qué significa para la democracia y para los medios no solo que no haya NINGÚN debate de los dos candidatos a la presidencia en segunda vuelta, sino la falta de un pronunciamiento contundente del llamado ‘cuarto poder’ para dejar constancia del efecto de semejante omisión en su trabajo? Y, ya que estamos haciendo preguntas, ¿qué significa que tantos ciudadanos, en su mayoría nativos digitales, pero no solo ellos, hayan tardado en encontrar el canal institucional y tampoco estén encontrando medios tradicionales, públicos y privados, para informarse? ¿Dónde leen, escriben y publican, y qué significan estos desplazamientos en los soportes y en los mediadores para los medios de comunicación y para los políticos?

Más allá del vencedor, es urgente pensar en los efectos de esa negación al debate público, que es la esencia de la democracia y supone un diálogo duro e implacable. En tanto que hay un sistema complejo de ideas y de objetivos que se aclaran a medida que se ponen a prueba, la confrontación es la garantía de juntar para el elector las versiones irreconciliables que circulan separadas por esas nuevas tribus construidas en las redes sociales. No acusar recibo es una bomba de tiempo. Y ya está pasando factura.

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